mi valedor

El largo trayecto de un emigrante

Por Alejandro Peña

Con su pieza para Mirada Camarada, el valedor Alejandro Peña cuenta,  a través de las palabras, cómo ha sido su travesía y con sus fotografías captura los rastros simbólicos de las ciudades que ha habitado. Es valedor desde 2021.

hecho por valedores

Venezuela

Explicar la sensación de intenso desgarre que se aloja en ti cuando abandonas tu país de nacimiento no es tarea fácil. Es una situación que debes vivir para comprender cuán abrumadora es. Poco antes de salir de Venezuela, la crisis humanitaria me afectaba de muchas formas. Me sentía atormentado, agobiado, vulnerable, sin esperanzas. Cada vez se hacía más imposible comprar alimentos, pagar la renta, obtener medicinas, salir a pasear… Con el pasar de los días me costaba muchísimo levantarme, no disfrutaba nada. Me mantenía en pie a duras penas. Tenía empleo, pero el sueldo me duraba dos días como máximo, algo normal en una economía con hiperinflación. Mi delgadez progresiva me alarmaba siempre que me veía en el espejo.

Un día tomé la decisión de salir o, mejor dicho, de escapar. Compré un pasaje por tierra hasta Ecuador. Empaqué lo que cupo de mi vida en dos maletas. Días antes de irme, salí varias veces a caminar para despedirme de mi universidad y de algunos lugares de Caracas. Es extraño, pero no sé por qué veía todo más hermoso. Al momento de mi partida llegué a la terminal con mi pesado equipaje, acompañado de mi mamá. Me sentía en una especie de trance. Era como si mi mente hubiese bloqueado cualquier sentimiento mientras esperaba el autobús, como un mecanismo de defensa. Antes de embarcar, abracé a mi mamá y me despedí sin saber cuándo nos volveríamos a ver, o si nos íbamos a reencontrar alguna vez. Cuando el autobús inició su marcha y vi a mi mamá por la ventana, llorando, todo el mecanismo de defensa falló. Comencé a llorar sin poder controlarme y me di cuenta de que emprendía un viaje a lo desconocido. No había tenido tiempo de pensar en eso. Ahora sentía un nudo en la garganta tan duro como una roca.

Al llegar a la frontera con Colombia, nos bajamos y atravesamos el puente Simón Bolívar, que une a ambos países, para montarnos en otro autobús. A mitad de camino volteé para mirar por última vez el territorio que me vio nacer. Por dentro me decía: “hasta pronto Venezuela”, pero muy en el fondo no estaba seguro de ello. Así dejé a todo un país atrás, en ruinas, desmoronándose un poco cada día, secuestrado, saqueado, ultrajado, en las sombras… La indignación la llevo clavada en medio de mi corazón. Pronto me daría cuenta de que extrañaría hasta las cosas más sencillas, como, por ejemplo, el cielo. Porque, aunque el cielo se ve igual en todas partes, el de tu país será diferente: siempre será el más hermoso para ti. 

Ecuador

Llegué a Ecuador de madrugada, luego de un accidentado viaje por carretera de cuatro días. Me recibió mi primo, al cual abracé como si fuese un salvavidas. Hacía frío intenso, pero la incertidumbre que me invadía era más helada. Apenas toqué la cama me dormí, el cansancio acumulado era insoportable. Cuando desperté me sentía extraño. Aún no procesaba completamente que mi vida estaba reiniciando en otro país. Encontré novedades considerables, y así aprendí que, aunque en Latinoamérica somos países hermanos, tenemos innumerables diferencias culturales. Al principio estaba emocionado por conocer costumbres distintas, pero luego de algunos días sin empleo, la preocupación comenzó a acecharme.

Salí varias veces a caminar con una amiga venezolana que vive allá para indagar varias ofertas de empleo que conseguimos en Internet, pero casi todas resultaron ser estafas, y en el resto encontramos largas filas con cientos de candidatos, ecuatorianos en un 98 %. Al final terminábamos paseando por la ciudad, llena de hermosas áreas naturales, hasta llegar a un centro comercial donde cada uno compraba un café y una galleta por 1 dólar, para calmar de alguna manera nuestras aflicciones.

Quito me pareció una ciudad muy linda. Bien organizada y con bellos parques. Rodeada de montañas con pequeños caseríos unicolores incrustados en ellas. Centros comerciales modernos, calles limpias, preciosa arquitectura, un sistema de transporte público eficiente. El gran problema es que no tiene capacidad para generar fuentes de empleo, pues su economía se comporta como una línea recta: no cae ni crece. Además, cuando llegué a Ecuador ya había un buen número de venezolanos allí. Casi todos optaron por vender dulces en las calles, pero eran demasiados dedicados a esa actividad. Luego de dos meses decidí emprender viaje por tierra, otra vez a lo desconocido. En esa ocasión dolió menos, pero el peso de la incertidumbre se intensificaba. Comencé a sentirme perdido, sin rumbo seguro, sin claridad, sin tierra. Y mi país, junto a todo lo que dejé en él, me empujaba a mundo de pensamientos lúgubres.

Perú

Luego de 48 horas de viaje, llegué a Perú un frío día de invierno. El autobús me dejó en una terminal ubicada en una de las zonas más desarrolladas de Lima. Edificios altos y modernos se imponían como vigilantes de la ciudad. No tuve tiempo de disfrutar de la vista; tomé un taxi hasta una comunidad llamada Puente Piedra. Allí me esperaba un conocido que me había asegurado conseguirme una habitación y un empleo.

Puente Piedra se halla a las afueras de Lima, por lo que tardé alrededor de media hora en llegar. Cuando me bajé del taxi con mis maletas, me sentía horrible, fuera de lugar. Lo que veía a mi alrededor no me agradaba en lo absoluto: era una comunidad de casas construidas sin planificación, muchas a medio hacer, rodeada de montañas de tierra marrón endurecida, sin vegetación, y tan solo con cuatro calles. La persona que conocía fue por mí luego de unos minutos y me llevó a recorrer tres habitaciones; me quedé en la menos incómoda. 

A la mañana siguiente fui al empleo que me habían conseguido: sería mesero en una pollería. Mi tiempo allí fue bastante desagradable. El jefe era una persona déspota, explotadora, y los compañeros, en su mayoría, eran extremadamente problemáticos. Trabajaba 13 horas diarias seis días a la semana. Cuando regresaba a mi cuarto solo tenía tiempo de dormir, en una cama que era más una tabla. Mi situación era deprimente. Luego de tres semanas decidí alejarme de allí; sentía que me marchitaba rápidamente. Renté otra habitación más cerca del centro de Lima y comencé a buscar otro trabajo. Cuidé animales y limpié casas por un tiempo hasta que encontré un cargo como periodista en un proyecto temporal de una ONG. 

Cuando ingresé a la ONG sentí un poco de alivio. Conocí personas maravillosas y viví experiencias muy enriquecedoras. Pero, desafortunadamente, el proyecto llegó a su final y quedó al descubierto que quienes estaban como coordinadores cometieron hechos deshonestos, por lo que no se pudo renovar la labor que veníamos haciendo, a pesar de los logros alcanzados. Luego de eso decidí irme de Perú; tras dos años mi etapa allí había culminado, además sentía que la xenofobia me pisaba los talones. Compré un pasaje aéreo a México. Huir otra vez, sin ser delincuente. Viajar para encontrar un destino esquivo, que juguetea contigo y te desconcierta. Extrañaré el mar que veía en Lima: gris, profundo, inmóvil, frío, en el que me imaginé adentrándome más de una vez, para navegar hasta una isla de ensueño, donde habitaría al fin dichoso.

México

Aterricé en México luego de doce horas de vuelo, con mis maletas de siempre. Fue uno de los viajes que menos he disfrutado. En ese entonces salían muchas noticias sobre venezolanos detenidos en el aeropuerto de CDMX y deportados a Venezuela. Como consecuencia de la dictadura que despedaza a mi país y que provoca que millones de personas escapen diariamente a otros países de la región, varios gobiernos decidieron imponer ciertas restricciones para ingresar a sus territorios.

Cuando me entrevistaron en el aeropuerto como a todo visitante, por dentro me sentía como papel mojado, pero por fuera me obligaba a mostrar tranquilidad. Si es posible que el alma tiemble, estoy seguro de que la mía lo estaba haciendo en ese momento. Si me regresaban, hubiese sido una tragedia garrafal para mí. Había organizado todo para quedarme en México y legalizarme lo más pronto posible. No tenía plan B.

Gracias a la Providencia, pude entrar al país sin problemas, pero el susto me duró varias horas. Pocos días después comencé mi proceso migratorio. Las gestiones fueron muy eficientes, la atención muy correcta y la aprobación de mi estatus como refugiado y posterior reconocimiento por el INM como residente permanente se dio en tiempos que se pueden considerar cortos. 

Pero lo que más me sorprendió es que a pocos días de llegar a México, iniciando el proceso migratorio, obtuve un permiso para poder trabajar legalmente. Maravilloso. Lo que oscureció el panorama fue, claro está, la pandemia, que justo comenzó al poco tiempo de mi llegada. Eso me ha complicado encontrar empleo como periodista. A esto se le suman los altos niveles de discriminación que existen en muchas instituciones y empresas. Asimismo, es evidente que, si eres un periodista sin contactos pesados o sin conocidos influyentes, todo se vuelve más difícil. Esto lo digo, claro está, con base en mi experiencia.

De todas formas, aquí sigo, recorriendo el largo y accidentado camino que inicié cuando salí de mi patria, herida de muerte. No sé qué me depara el destino, no sé a qué otros lugares iré ni sé qué nuevas experiencias me esperan. A estas alturas ya no elucubro expectativas, aunque es inevitable continuar soñando. Sólo ruego vivir tranquilo y aportar a la sociedad con mi profesión. Por ahora mi gran deseo es llegar a puerto seguro, y, por supuesto, tener la oportunidad de volver a mi tierra. Finalmente, debo decir que en México el primer monumento que visité fue el Ángel de la Independencia: con su majestuosidad y belleza me dio la bienvenida a tierras aztecas. ¡Ojalá, Ángel dorado, me pudieses llevar volando a Venezuela, para que conocieras de cerca su hermosura y pidiéramos juntos con fuerza que recupere su libertad! TE AMO MI PEQUEÑA VENECIA.

Alejandro Peña

Alejandro Peña

Alejandro es venezolano, nacido en Caracas. Es periodista y se interesa en las causas sociales y en el ejercicio de los derechos humanos. Al salir de su país natal vivió en Ecuador y después en Perú. Actualmente radica en México, con estatus de refugiado.

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