
Del 6 al 27 de octubre, en Galería CLAROSCURO presentan Amparanakan Amayupa, La memoria de las manos, exposición fotográfica de la artista boliviana Elvira Espejo Ayca, que preserva la práctica del telar.

Las manos tocan antes de que podamos nombrar lo que tocamos. Aprenden el peso, la textura y la forma de las cosas.
Antes que herramientas, las manos son una forma de memoria. Guardan movimientos que repetimos sin pensar, maneras de tocar que aprendimos mirando a alguien más y gestos que quizás comenzaron mucho antes de nosotros. Hay conocimientos que encontraron otro lugar donde quedarse y no es en la escritura, es en el cuerpo.

En Amparanakan Amayupa, La memoria de las manos, estas extremidades encuentran su sentido en algo que considero de lo más íntimo del ser humano. Es nuestra forma de relacionarnos, es lo primero que extendemos cuando nos caemos, que acercamos cuando algo nos interpela y que nos facilita el contacto con el mundo.
Las fotografías de Elvira Espejo Ayca siguen los movimientos que forman parte del proceso textil, tanto tocar como levantar, mover, deslizar, seleccionar fibras, hilar, separar y prensar urdimbres, tramar y trenzar. En las imágenes, tomadas en 2013, las manos aparecen una y otra vez trabajando sobre la fibra y el telar.

Elvira Espejo Ayca es artista plástica, fotógrafa, historiadora y tejedora, y fue directora del Museo Nacional de Etnografía y Folklore de Bolivia (MUSEF).
Nació en el ayllu Qaqachaka, en la provincia Avaroa del departamento de Oruro, Bolivia. Hablante de aymara y quechua, gran parte de su trabajo parte de los saberes de las comunidades indígenas y de la necesidad de que continúen practicándose, transmitiéndose y formando parte del presente.

Durante siglos, mucha de la sabiduría de las comunidades originarias han sobrevivido sin depender de un libro. Permanecen porque alguien los practica y otra persona aprende mirando, escuchando y haciendo. Como plantea el texto de la exposición, “es un conocimiento que se aprende con el cuerpo, se transmite mediante la práctica y permanece en la memoria de las manos”.
Elvira acerca esa idea a dos conceptos que me parecen inspiradores y totalmente atinados, Ampar Quta Amtani, “la laguna de las manos tiene pensamientos”, y Ampar Quta Amayuni, “la laguna de las manos tiene sentimientos”.

Un tejido no empieza cuando el hilo llega al telar, empieza mucho antes.
El proceso comienza con el cuidado de los animales y la obtención de la lana, para luego continuar con la búsqueda de colores en el territorio y la recolección de pigmentos provenientes de plantas, minerales o insectos. A eso se suma la preparación de las fibras, el limpiarlas, separarlas, teñirlas e hilarlas hasta convertirlas en hilos que puedan trabajarse. El molido, el fuego y el cálculo del tiempo también forman parte del proceso.

Después viene la preparación del telar, donde es necesario medir y ordenar los hilos, montar y tensar la urdimbre y definir el diseño antes de empezar a tramar. Durante el tejido, las manos separan, seleccionan, tensan y acomodan los hilos hasta construir la pieza.
Todo esto requiere destreza manual, precisión, paciencia, coordinación, conocimiento de los materiales, manejo del color, cálculo de medidas y tiempos, además de conocimientos botánicos y matemáticos que conviven dentro de un mismo proceso.

Por eso, un textil hecho a mano no puede entenderse únicamente por el objeto que vemos terminado. En él hay tiempo, territorio y conocimiento. Hay manos que aprendieron de otras manos. Valorar las piezas nacionales, artesanales y hechas a mano también significa reconocer lo ancestral, la historia.
Como explica la exposición, las manos funcionan como un archivo vivo. No se trata únicamente de producir, sino de una exhaustiva necesidad de recordar. Se trata de intentar conservar técnicas y conocimientos que son la base de una sociedad y que, tristemente, poco a poco se van perdiendo entre generaciones.

Es sumamente importante que este tipo de prácticas queden registradas de alguna manera, y la fotografía es excelente para eso. Frente al movimiento de lo moderno y de la vida misma, lo que hace es detener. Es de las pocas cosas que nos permiten detenernos.
Preservar una cultura no significa solamente conservar sus objetos una vez que quienes los hicieron ya no están. También significa proteger y reconocer a las comunidades que mantienen vivos esos conocimientos y tradiciones.

Son recuerdos de nuestros propios inicios. Antes de las fábricas, de la producción en serie y de comprar algo sin saber quién lo hizo, hubo manos transformando lo que encontraban en su territorio. Manos aprendiendo de otras manos. Reconocerlas es también reconocer una parte de los conocimientos sobre los que se construyeron nuestras sociedades.
Porque una mano puede desaparecer, pero un movimiento aprendido puede continuar en otras. Y mientras alguien vuelva a tomar la fibra, preparar el color, tensar la urdimbre y repetir ese gesto, algo de quienes estuvieron antes seguirá aquí.

La exposición se inaugurará el 6 de octubre a las 19:00 horas en Galería CLAROSCURO, Tecoyotitla 122, La Florida, Ciudad de México, y permanecerá abierta hasta el 27 de octubre, con visitas bajo agenda previa.
Mi Valedor también estará presente en la inauguración, acompañando y registrando este encuentro entre fotografía y comunidad.
Estudiante de Comunicación y Publicidad en la Universidad Iberoamericana | Apasionada por la fotografía y el diseño gráfico.
Del 6 al 27 de octubre, en Galería CLAROSCURO presentan Amparanakan Amayupa, La memoria de las manos, exposición fotográfica de la artista boliviana Elvira Espejo Ayca, que preserva la práctica del telar.
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