Filemón Jorge Bazán Leal

Filemón Jorge Bazán Leal

En los años 80 me hice cadete en el Desierto de los Leones cuando salí de la secundaria. Trabajando en la SCP como policía de tránsito, en una ocasión pasó una señora y me hizo un comentario que a la fecha no se me ha borrado, me dijo: “Usted no debería de trabajar de policía porque tiene muy buena presencia. Está usted desperdiciando su fisionomía, porque los policías tienen muy mala reputación”.

Entonces me empezó a entrar el gusanito por los dólares; el dólar en ese entonces andaba en $3 pesos, y llegó a tanto mi interés por tratar de averiguar sobre los E.U. que empecé a hacer investigaciones para los cadetes. Y echando relajo me quedaba en la biblioteca para leer del ácido lisérgico y empecé a leer de eso, de Hofmann, el descubridor del LSD.

También empecé a leer de Jim Morrison y se me hizo una cosa muy interesante. Yo había pertenecido a algunas pandillas, como en la película de Los Panchitos, donde tuve acercamientos con inhalantes como el cemento y había tenido algunas alucinaciones, por eso me llamó la atención la literatura y se me hizo interesante el LSD.

A mí me gustaba lo que habían hecho los pintores como VanGogh, estaba chavo (14 años), y de música escuchaba al Tri. Todo eso me hizo querer aventurarme a cruzar la frontera para buscar gente que pensara igual que yo. Con el dinero de mi aguinaldo y lo que pude juntar en un año de trabajo me lancé a la aventura a Estados Unidos. Cuando recién llegué me fui a Nueva York y vi puro edificio alto como nunca me imaginé, conocía los cuentos de Memín Pinguín y me sorprendió ver a mucho afroamericano. Llegué a una biblioteca.

Después se me acabó el dinero y me quedé en situación de calle porque me agarró una nevada bien fuerte en la calle 42. Y sucedió una cosa chistosa conmigo: uno de mis primeros trabajos allá fue el periódico Street News. Estaba cerca de Central Park. La gente que no tenía trabajo se formaba y les daban un gafete y 10 ejemplares del periódico, que era casi casi como Mi Valedor o como la Big Issue. Y la gente te daba dinero por él. Me quedó muy grabado ese trabajo pues yo no sabía pedir limosna.

Andaba bien comido, andaba en bibliotecas y museos, seguía investigando arte, me sentía libre. Después de unos años acá surgieron problemas familiares y regresé a México. Cuando me di cuenta ya estaba de chofer en la Secretaría de Marina. Las cosas me cambiaron de blanco a negro: de independencia a problemas, ya estaba como quien dice de arrimado, ya me sentía mal aquí en México. Terminé en el refugio. Por eso cuando nos fueron a repartir volantes de Mi Valedor allí, dije: “Ah, ¡qué a todo dar!”. Fue una sorpresa para mí esa similitud.

La revista es un cimiento donde puedo pararme y sentir que no estoy desamparado; yo antes de llegar a Mi Valedor lo único que pensaba era irme. Hoy me siento alegre y respaldado. Le voy a echar todo el esfuerzo que pueda para escribir a máquina varias hojas de reportajes de la calle y publicar los rollos de fotografías que tomé. Como los valedores toman algunos videos y fotografías, eso me da felicidad.

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