El derecho a perderse entre páginas

El derecho a perderse entre páginas

09/10/2026
Por Mora Fresard Albanese

El acceso a la lectura está atravesado por distintas realidades sociales, económicas y personales. Leer no siempre es tan sencillo como abrir un libro. Del 9 al 18 de octubre, la 26ª edición de la FIL Zócalo de la CDMX nos acercó a la literatura, pero también despertó algunas preguntas sobre las posibilidades que tenemos de encontrarnos con ella.

Casi dos millones de personas pasaron por la feria. La cifra impresiona, pero hay algo más interesante que la cantidad de visitantes.

En una entrevista con La Jornada, Paloma Saiz, directora de la FIL Zócalo, señaló un cambio que se viene observando en el público. Si antes predominaban las personas mayores de cuarenta años, hoy cada vez son más los jóvenes que recorren los puestos. 

Sin embargo, el interés por leer no depende únicamente de una decisión individual. Los hábitos culturales, la educación y el entorno en el que crecemos influyen en nuestra relación con los libros. Pero también lo hacen sus precios, su distribución y la disponibilidad de espacios donde encontrarlos.

Cuando los textos se concentran en determinados lugares y quedan fuera del alcance de otros, la distancia no es solamente geográfica. También se agranda la brecha del conocimiento, ya que no es lo mismo querer leer que tener la posibilidad de hacerlo.

Las ferias del libro ayudan a reducir algunas de estas distancias. Sacan la literatura de los lugares donde habitualmente la buscamos y la ponen en medio de la vida cotidiana. No hace falta entrar a una librería ni saber exactamente qué título comprar. Se camina, se escucha, se hojea y se descubre.

Y en ese encuentro, muchas veces accidental, aparece la posibilidad de interesarse por aquello que uno ni siquiera sabía que existía, o a lo que nunca imaginó poder acceder.

El primer día de la feria estuvo nublado. Era uno de esos días que parecían hechos para caminar entre libros, comprarse un cafecito y perderse un rato entre todo lo que la creatividad tiene para ofrecernos. Todavía no llovía, pero las nubes se acercaban.

Mientras recorríamos los puestos con los valedores, entre chistes, anécdotas y conversaciones que iban apareciendo sin demasiado orden, terminamos hablando de la lluvia. Pero no de la que amenazaba con caer sobre el Zócalo.

Algunos contaban que las casas de sus familiares no estaban preparadas para las fuertes lluvias. Que el agua entraba, que se inundaban y que muchas veces tenían que ir a ayudar a sacarla. Lo que para algunos era un clima agradable para pasear, para otros traía preocupaciones más concretas.

Una misma tarde puede vivirse de maneras muy distintas, y eso también determina cuánto espacio nos queda para pensar en otras cosas.

Por eso, hay una idea que me parece fundamental tener siempre presente, la cual es que no todos tenemos las mismas veinticuatro horas. Porque una cosa es tener tiempo y otra muy distinta es poder disponer de él. Cuando la cabeza está puesta en resolver lo urgente o simplemente en atravesar el día, hay cosas que inevitablemente quedan para después, como el ocio, el descanso, la curiosidad y los sueños.

Creo que esto también tiene mucho que ver con la lectura. Leer no es solamente tener un libro enfrente, sino también poder dedicarle un rato de nuestra cabeza. Y cuando la vida exige estar constantemente pendiente de otras cosas, hasta perderse en una historia puede convertirse en un privilegio.

Antes de preguntarnos por qué algunas personas no leen, habría que preguntarse qué lugar les deja su propia realidad para hacerlo. ¿Cuánto tiene que ver con la falta de interés y cuánto con las oportunidades que tuvieron para acercarse a los libros? ¿O cuánto influyen las preocupaciones cotidianas que nos dejan sin tiempo ni energía?

¿Alcanza con poner los libros al alcance de todos si no todos tenemos las mismas posibilidades de acercarnos a ellos?

En un país donde los libros, las bibliotecas y los espacios culturales no están distribuidos de manera equitativa, las ferias tienen un valor que va mucho más allá de las ventas. Acercan autores, editoriales independientes, géneros y formas de pensar que no siempre encuentran lugar en los circuitos comerciales.

Pero ¿qué sucede con quienes viven demasiado lejos de estos encuentros? ¿O con quienes nunca tuvieron la oportunidad de acercarse a ellos y hoy ni siquiera sienten que formen parte de su mundo?

Vivir en una capital ya implica, de alguna manera, estar más cerca de ciertas oportunidades. De las universidades, los museos, las editoriales, las bibliotecas y los espacios donde circulan las ideas. Esto no significa que todas las personas que viven en la Ciudad de México puedan acceder a ellos de la misma manera. Sabemos que la desigualdad también atraviesa a la capital, pero la concentración de recursos culturales en las grandes ciudades marca una diferencia difícil de ignorar.

Mientras millones de personas pueden acercarse al Zócalo y encontrarse con miles de libros reunidos en un mismo lugar, hay comunidades donde acceder a una librería o a una biblioteca sigue siendo complicado.

Y ahí aparece otra contradicción. Celebramos que la cultura ocupe el espacio público, pero muchas veces seguimos pensando ese espacio desde los mismos centros de siempre. Como si el conocimiento tuviera una dirección fija. Como si para acceder a determinadas oportunidades hubiera que trasladarse, inevitablemente, hacia donde ya están concentradas.

Por supuesto que hacen falta ferias como la del Zócalo. Hacen falta más espacios gratuitos, abiertos y diversos donde la literatura pueda encontrarse con personas que quizás nunca se hubieran acercado a ella de otra manera.

Pero también hace falta pensar qué sucede después de que se desmontan los puestos, se guardan los libros y la plaza recupera su aspecto habitual.

¿Hasta dónde llega todo eso? O, mejor dicho, ¿hasta dónde podría llegar?

Tal vez sea momento de pensar en iniciativas que no esperen a que las personas se acerquen al conocimiento, sino que permitan que el conocimiento llegue hasta ellas. Ferias itinerantes, bibliotecas móviles, redes de intercambio, proyectos comunitarios y espacios de lectura capaces de atravesar las distancias que separan a las grandes ciudades de los rincones menos visibles del país.

Y no solamente para llevar lo que se produce en los grandes centros hacia otros territorios. También para reconocer que en esos lugares existen lectores, historias, escritores y conocimientos que merecen ser escuchados y circular en ambas direcciones.

Democratizar la cultura no consiste solamente en abrir las puertas de los espacios donde ya está concentrada. También implica preguntarnos a quiénes no estamos viendo, a quiénes todavía no estamos llegando y qué barreras siguen existiendo incluso cuando creemos haberlas eliminado.

La FIL Zócalo terminó el 18 de octubre. Los puestos se desarmaron, los libros volvieron a sus cajas y casi dos millones de personas regresaron a sus casas. Es una cifra enorme y vale la pena celebrarla.

Pero también lo más valioso de estos encuentros es reflexionar sobre cómo el conocimiento no debería ser algo que se acumula en unos pocos lugares, ni en unas pocas personas. Debería ser algo que se mueve, crece y se comparte.

Desde Mi Valedor, agradecemos a la FIL Zócalo por abrir este espacio y permitirnos ser parte de una celebración colectiva de la lectura y la cultura.

Mora Fresard Albanese

Mora Fresard Albanese

Estudiante de Comunicación y Publicidad en la Universidad Iberoamericana | Apasionada por la fotografía y el diseño gráfico.

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