
Frente a la Alameda Central, el Museo Kaluz abre un recorrido que propone mirar la ciudad como si fuera un jardín. La exposición “Jardín de Velasco” (octubre de 2025 a mayo de 2026, extendida hasta el 21 de junio) despliega la obra de José María Velasco desde una perspectiva que entrelaza arte, ciencia y territorio.
La muestra parte de una metáfora: el jardín como forma de entender la ciudad. No como un espacio ordenado y estático, sino como un entramado vivo donde conviven plantas, minerales, cuerpos y tiempo. En ese sentido, el recorrido no solo sigue la trayectoria del pintor, sino que invita a habitar su mirada.
Jazmín, guía del Museo Kaluz, condujo la experiencia desde un enfoque curatorial botánico, tejiendo la vida de José María Velasco y Gómez Obregón, con su contexto: la muerte de su padre a causa del cólera y la responsabilidad temprana de sostener a su familia. Entre objetos personales como su estuche de pintura se reveló a un creador que fue más que paisajista: científico, explorador y observador minucioso de su entorno.
En la sala dedicada a la flora, se presenta a Velasco como un recolector y clasificador de especies. Se exhiben estudios de al menos 18 plantas, donde el detalle no solo responde a una intención estética, sino también científica. En diálogo con su trabajo aparece Rafael Montes de Oca, evidenciando las técnicas de dibujo que marcaron una época en la representación de la naturaleza. La sala “Arboleda” despliega la monumentalidad de los árboles: cortezas, texturas y presencias que se imponen. Destaca el ahuehuete del Castillo de Chapultepec, representado en tres pinturas, así como paisajes donde emergen los volcanes: el Popocatépetl, el Iztaccíhuatl y el Pico de Orizaba. En estas obras, la escala es clave: la naturaleza aparece vasta, mientras la figura humana se vuelve mínima, casi absorbida por el paisaje.
Uno de los momentos más significativos es el encuentro con el cuadro de gran formato que retrata el entorno donde vivía el artista. Ahí, Velasco se confirma como un maestro de las nubes, capaz de capturar atmósferas en constante transformación. La exposición también integra una intervención contemporánea de Patricia Lagarde, así como el “Laboratorio expandido” de Ariel Guzik, donde la interacción entre música y plantas propone una experiencia sensorial que amplía la relación entre naturaleza y percepción. A lo largo del recorrido, se hace visible el carácter adelantado de su obra: Velasco no solo pintaba lo que veía, sino que reunía en una misma imagen todo lo que habitaba en ese territorio plantas, rocas sedimentarias, formas de vida microscópicas construyendo una visión integral del paisaje.
También se mostraron procesos: bocetos, estudios y materiales que revelan su interés profundo por la observación. Entre ellos, colecciones de plantas secas y ramas que funcionan como una especie de archivo vivo, una encapsulación de la materia que luego se trasladaba al lienzo. Velasco murió en 1912, en su casa de la Villa de Guadalupe, en la Ciudad de México. Sin embargo, su mirada permanece en cada trazo, en cada nube, en cada intento por comprender el mundo desde la observación atenta. La conclusión que atraviesa la exposición es clara: para Velasco, pintar era reunir; todo lo que existía en el lugar donde se detenía lo visible y lo invisible encontraba espacio en su obra. No se trataba solo de representar un paisaje, sino de comprenderlo en su totalidad.
Francisco usuario de Mi Valedor, ubica a Velasco través de imágenes como las cajas de cerillos, donde su obra circuló más allá de los museos. Así, su legado se extendió a lo cotidiano.
Al salir, queda la sensación de haber recorrido no solo una exposición, sino una forma de mirar: donde la ciudad también puede ser jardín, y donde observar con detenimiento es, en sí mismo, un acto de conocimiento compartido.
Mi Valedor, agradece al Museo Kaluz por abrir sus puertas y formar parte de una experiencia donde el arte se convirtió en un espacio de atención, aprendizaje y comunidad.
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