
¿Qué tendré yo en las venas que siempre tengo la fortuna de meter las narices en lugares extraordinarios? Vaya usted a saber, valedor de mi alma, pero el tema que hoy traigo hasta sus ojitos amerita sacar un gran jarrón y llenarlo de agua hasta donde se considere prudente, para disfrutar de una exposición que —¡oiga usted!— se presenta hasta septiembre de este año en el Museo Kaluz de Avenida Hidalgo #85, y tiene por tarea principal un repaso por una parte exquisita del acervo que se resguarda en este recinto.
Rosa divina que en gentil cultura
eres, con tu fragante sutileza,
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevasa a la hermosura.
Fragmento del soneto 147, parte de los Filosófico-Morales.
Sor Juana Inés de la Cruz.
La muestra Eufloria. Lecturas botánicas de la colección Kaluz se detiene frente a esas obras plásticas que se acercan al campo de lo natural, aquellas que tuvieron a sus artistas ocupados durante horas entre flores y frutos deliciosos.


Enmarcada en el programa Visiones botánicas, la exposición se presenta como un ramo perenne y exquisito para los visitantes. Con ocho diferentes paisajes, desde “Abundancia”hasta “La flor caída”, 50 obras de distintos autores, extranjeros y nacionales atrapan la atención y requieren de una vista a detalle. Tengo que decirlo: desde que me paré frente a ese bodegón de Arturo Souto, sin año de producción ni nombre, sentí una atracción natural, un llamado de la piel que quiere rozar sus poros con los pétalos matéricos de las flores pintadas.
La mezcla de estas piezas transmite un eco que, aún en nuestros días tecnológicos, me hizo querer salir corriendo a oler, tocar y apreciar los detalles de cada flor que encontrara en mi camino.

Esta Eufloria —magnífico ejercicio lingüístico por parte del equipo curatorial— es un acto de rebeldía en sí mismo: una exposición que apuesta por crear una experiencia redonda a través de estos seres vegetales, y que marca un hito en el libro del contacto museístico con el público mexicano. Me fascina que hayan dedicado una sección a las flores y plantas que viven acompañándonos, atestiguando nuestra existencia desde balcones, terrazas y jardines. Los entes vivos de la flora mundial nos acompañan, nos condicionan y mandan en nuestro imaginario, incluso en nuestras reflexiones y referencias artísticas. No están a nuestra merced.
Qué decir de la sección “Flores de Manila”, que da cuenta de los lazos creados con la famosa Nao que venía de China, cargada de… un testimonio explosivo para el paladar artístico sobre la mirada cruzada entre Oriente y Occidente. El intercambio, que después vería sus frutos reflejados en el traje de tehuana con la inclusión de las peonías, trae a la conversación los mantones de Manila, en donde la influencia natural es el punto de partida.

Todos estos movimientos culturales están aderezados con una limpieza precisa en las salas. Los colores de las paredes están pensados para dar un toque de armonía sin quitar protagonismo a las piezas de autoras y autores como Josefa Sanromán, Leonora Carrington (que participa con una pintura cautivadora de una etapa temprana de su labor artística), Ángel Zárraga, José Chávez Morado, Rafael Vera de Córdova o José Agustín Arrieta (autor de un retrato que tiene lazos con la “realidad”, pues el arreglo floral que aparece en dicha obra ha sido situado junto al cuadro, en una decisión de museografía acertada y certera, hablando de una exposición que logra tender redes de diálogo interdisciplinarias).

Sara García Fernández, punta de flecha del equipo curatorial, consiguió lo que le falta —en demasía— a varias experiencias museísticas de nuestra contemporaneidad: un puente sólido entre el sujeto de estudio (la naturaleza abundante) y los curiosos que a ella se acercan. Qué buena decisión tomaron al disponer varios cuadros sobre plataformas que asemejan ramos de flores que caen frente a los visitantes, ofreciéndose como un obsequio, un tributo a la atención de quienes han decidido asomarse a este jardín que culmina en una sala mucho más oscura. Una exposición decidida a enfrentarnos con el ciclo de la vida, que se materializa con las sombrías naturalezas muertas.
Mención especial merece la colaboración con el Museo del Perfume, que dispuso aparatos muy coquetos para oler el concentrado de tres especímenes distintos. A mí todavía no se me va de la cabeza la esencia de Violeta.
Esta segunda parte del programa abre la posibilidad de acercarse a comprender las maravillas del mundo vegetal. Hay que saber qué estamos afectando para entender cuánto impacta nuestra actividad en ello. Pero no se trata únicamente del medio ambiente. También hay un ejercicio importante dentro de la colección Kaluz: excavar en sus entrañas puede dar estos resultados. Sí funciona conservar correctamente los fondos disponibles. Sí hay resultados asombrosos. Y sí, pueden convertirse en esfuerzos narrativos sin necesidad de maromas para contar una historia. Aquí hay una narrativa clara y concisa. Eufloria no se anda por las ramas.

La exposición deja claro que aún quedan muchos secretos en lo natural y que, a pesar de la violencia que le hemos infligido, la abundancia persiste. Hay una intención clara por relacionar el entorno dado —lo que ha estado desde antes de nuestra llegada— con los contextos socioculturales de cada artista. No hay huellas de elecciones curatoriales azarosas; al contrario, cada pintura puede convertirse, si el espectador lo permite, en una ventana al momento de la historia en que fue manufacturada.
Belleza, inteligencia y suturas en las paredes de estas salas dan como resultado una jornada de asombros botánicos.
Aromatizado y libre de toda impureza citadina, salí reconfortado del Kaluz, ese lugar que alguna vez albergó la vecindad en la que naciera El Pachuco de Oro, para dirigirme a nuevas aventuras, ahora con el peso de la conciencia sobre los hombros. Esa conciencia que te despierta de golpe y te hace enfrentarte a nuestro autogenerado antropoceno —como se refiere la página web de la exposición—: una era en la que la devastación y el declive de lo natural reinan, y en la que cada vez nos creemos más y más dueños de la nada, de lo que está vacío y será reemplazable.
Nos alejamos, constantemente, del llamado de la naturaleza. No de la que nos conviene para los retiros espirituales de ocasión, sino de aquella que, simplemente, está, que nos rodea, nos obliga a voltear… y nos sigue, secretamente, fascinando todos los días.

Gracias totales a Ricardo Urueta, quién es parte del team Kaluz, que nos dio un recorrido maravilloso por Eufloria, con Santo y Seña de su trasfondo y significados.
Estudiante universitario de Gestión para la Cultura y las Artes. Ha colaborado como crítico cinematográfico para sitios como Revista Purgante, Butaca Ancha y FilminLatino. Hace un par de años, fue becario de la Oficina de Comunicación de la Embajada de España en México. Actualmente se desempeña como Gestor, Periodista cultural independiente y Asistente de redacción para Artes de México.
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