
A primera vista, podríamos preguntarnos: ¿qué tienen en común el mito de Aztlán y la comunidad chicana? Aunque parezcan conceptos distantes, el nombre no es una elección azarosa para llamar la atención; al contrario, es una decisión cargada de memoria histórica y peso cultural. La reinterpretación de Aztlán surgió como un acto de resistencia del movimiento chicano. Como bien señaló la directora del INBAL: “este es un movimiento que ha asumido el arte como una herramienta de denuncia, afirmación de la identidad y transformación comunitaria.”
Desde el inicio, la experiencia para Lxs Valedorxs fue sumamente acogedora. El personal de Bellas Artes nos recibió con una amabilidad destacable; en especial la guía, quien respondió cada una de nuestras dudas con una paciencia infinita, permitiendo que el grupo se sintiera en un ambiente cálido y propicio para la reflexión. A diferencia de lo que el nombre podría sugerir, la muestra no se limita a la ciudad mítica de las crónicas antiguas. Más bien, utiliza ese concepto para hablarnos de la cultura chicana actual a través del trabajo de 33 artistas y colectivos que colaboran desde México y Estados Unidos.
Lo que más sorprendió en el recorrido fue cómo, a pesar de compartir una misma temática, cada artista logra expresar una visión única y sorprendente. La exhibición es un despliegue de creatividad técnica: encontramos desde pinturas y estampados hasta fotografías que narran historias de vida. La mezcla de medios es fascinante; vimos combinaciones de arte con luces, esculturas e incluso bloques gigantes de ladrillo que rompen con la estética tradicional. Hubo piezas particularmente conmovedoras, como videos que documentan las agresiones contra inmigrantes mexicanos y latinos en Estados Unidos. Estas obras funcionan como una denuncia necesaria frente al exceso de agresividad y el alarmante sentido de inseguridad con el que muchas personas viven, escondidas por el miedo. Cada pieza (ya fuera una escultura o una recopilación de comentarios de redes sociales) contaba una historia distinta: a veces de soledad, otras de exclusión o explotación. Al ser obras subjetivas y abiertas a la interpretación, se generaron conversaciones profundas y variadas entre las y los valedores.
Esta exposición abre un diálogo fundamental al visibilizar la experiencia de las comunidades migrantes. Es la primera vez que el arte chicano llega al Palacio de Bellas Artes, un momento histórico que reafirma la importancia de abrir espacios para las culturas mestizas, que a menudo han sido blanco de estigmatización y persecución. Es vital entender que estos artistas no son “ni de aquí ni de allá”; son la unión de dos mundos que merecen ser escuchados y vistos por lo que son, y no por los prejuicios que se tienen sobre ellos.
El recorrido culmina de manera magistral con un mural inmenso, moderno e interpretativo. Resulta profundamente simbólico que la experiencia cierre con una obra de esta magnitud, considerando la importancia histórica que el muralismo tiene en México. Es un puente entre nuestro pasado artístico y las nuevas narrativas de los que están fuera.
Visitar esta exhibición es, en última instancia, un apapacho al corazón. Ver un recinto tan prestigioso y monumental abrir sus puertas a la mirada de nuestros “paisanxs” y a la bandita valedora, es un reconocimiento a quienes llevan la esencia de México en ellxs, transformándola y abrazándola con orgullo. Para Los Valedores, fue una jornada de reflexión colectiva sobre las complejidades de estar lejos de casa y un recordatorio de que nuestra historia siempre es compartida.
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