
Para celebrar la vida y obra del escritor y revolucionario mexicano José Revueltas (1914- 1976), leímos su biografía y nos echamos un clavado a algunos de sus cuentos más tempranos, compilados en Dios en la tierra y publicados por primera vez en 1944. Aquí nuestras recomendaciones valedoras.
Esta es la historia de las controversias de un cartero, y de un hombre desempleado que espera una carta que nunca llegará.
Me identifiqué con uno de los hijos del hombre desempleado.
Recomiendo este cuento a los lectores de Mi Valedor, porque se parece mucho a la verdad.
Me parece un cuento que hace ver una realidad muy sugestiva y pienso que las sociedades que caen en un mal funcionamiento sufren consecuencias tal y como se relata en la historia.
Esta es la historia de los hospicios, o reformatorios de aquella época, a través de los ojos del joven Cristóbal. Me hizo reflexionar sobre el autoritarismo, la manera de contener la vagancia, la adolescencia trunca.
Me identifiqué con el propio Cristóbal, porque yo viví casi las mismas historias. Me parece que muchas generaciones se pueden identificar con la trama.
Recomiendo este cuento a los lectores de Mi Valedor porque tiene que ver directamente con la vida en la calle. Siempre había tenido curiosidad de cómo funcionaban los hospicios y orfelinatos por eso años. Aunque fue muy corto, en mí despertó el espíritu aventurero y también las ganas de seguir leyendo sobre este escritor. Hay tanto por descubrir de este escrito, más que juzgarlo.
“El quebranto” me hizo reflexionar sobre la realidad social y los comportamientos culturales de aquella época que vivía Cristóbal, haciendo del horror cotidiano una buena narración. “El quebranto” se habría convertido por obra de la casualidad en un cuento, donde las circunstancias son el material del orador, adentrándonos profundamente en la estructura del lenguaje español. Con sus letras, el autor nos hace reflexionar sobre el encierro, la pérdida de la libertad, el autoritarismo de la época, el despojo de la adolescencia como mandato gubernamental sin opción a elección. En la narrativa, el autor pretende abrazar a los humildes, oprimidos y expulsados, sin anteponer sus defectos, su maldad intrínseca… en breve, su humanidad. Para Cristóbal, personaje principal del cuento, es el principio de una experiencia y su prominente futuro. Los llamados “hospicios” eran una especie de reformatorios a cargo del gobierno, donde afloraban los recuerdos, travesuras, enseñanzas, los sueños y la realidad. En la antesala del encierro, para Cristóbal florecen los anhelos, crece la curiosidad ante lo desconocido; también lo embarga el miedo y se acrecienta la malicia.
Para Cristóbal la entrada por primera vez al reformatorio es el amanecer a una nueva vida. Está penetrando a un mundo de humillación, de descarada tristeza, desorden y abatimiento.
Esta es la historia del honor de un hombre y de la fragilidad de la vida en el México rural.
Me identifiqué con quienes observan la pelea, porque en la vida cada quien tiene que resolver sus diferencias como puede.
Recomiendo este cuento a los lectores de Mi Valedor porque todavía es la realidad en muchas partes de la provincia mexicana.
“Barra de Navidad” me hizo reflexionar sobre lo difícil de la vida en el monte, lo comunes que eran este tipo de duelos a muerte por una mujer. Lo primero que pienso es cómo era de precaria la condición de vida de los personajes y de su mismo entorno. Me parece un cuento que no es esperanzador, por la explotación laboral a los indios que hacían la carretera a Barra de Navidad y porque no vale la pena matarse por una mujer.
Como cuento es muy bueno. Del escritor se agradece el sentimiento con el que lo narra y el uso de infinidad de palabras. El tema del cuento, aunque delicado, es muy real en zonas rurales. Es un placer leer sobre el México que se nos fue y con un lenguaje muy nuestro.
Todo me gusta del cuento: la línea del escritor, su estilo y sentimiento.
Desde la espesura del monte, muy cerca del mar, quien escribe esto se apresura a describir aunque le es difícil. Habla la vida misma, habla a través de él; nos deja ver los rastros de los indios: sus fiestas, sus campamentos, sus velorios, lo que piensan… ¿Quién puede entender verdaderamente el rostro de los indios?
Ruidos con sangre interna que despiertan después de mucho tiempo. La afrenta, el día ha llegado, mientras allá lejos, después de la espesura, espera Barra de Navidad. Los rumores de esa gente inenarrable, las chozas, los machetes, permanecen mudos; dos compadres, los cabos, el ingeniero, su ayudante.
En este cuento el autor cuidadosamente tiene el acierto de dar los detalles sobre el lugar y las costumbres de los lugareños a través de un lenguaje extenso, rico en palabras y en sentimientos. Para el lector, inmediatamente será familiar la trama: incluso el desenlace nos recuerda al México bronco y a la desdicha de la deshonra.
Esta es la historia de un crimen que parece haberse consumado: nadie sabe qué es, nadie lo entiende, solo es. Los demonios internos del señor Martínez lo persiguen y lo atormentan; no lo dejan dormir ni comer, no lo dejan en paz, lo devoran por dentro.
Está él ahí, el día después de la borrachera, con sus culpas bailando en su cabeza y con su mejor amigo que lo saca de su ensimismamiento asegurándole que estará con él a pesar de que todo está en su contra; incluso los demás compañeros de la oficina son parte de la gran broma.
El señor Martínez ve cómo las agujas del reloj marcan las horas a una velocidad vertiginosa, casi rogándole al cielo que todo se detenga, que no marque la fatídica hora de la una; ya que ese será su fin. El jefe únicamente lo mira con una sonrisita, recordándole que tendrá que salir, para que el buen nombre de la casa no se vea afectado por un mal empleado.
En ese momento reaparece su amigo con algo de ropa distinta para que Martínez pueda escapar de ahí sin que los policías se lo lleven a la cárcel. Sale de la oficina al lado de su amigo, con un pantalón tan corto que le queda zancón (no sé qué tan arriba de los tobillos) y un saco con las mangas cortas, casi que a medio brazo.
A sus espaldas, las carcajadas y burlas no se hacen esperar. Me lo imagino como una especie de Frankenstein. Así baja las escaleras; cuando Martínez está dentro del carro, estrecha aliviado la mano de su amigo, dándole las gracias…
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