
Con presencia en siete estados de la República, este movimiento busca que los jóvenes desarrollen nuevas habilidades y se conviertan en actores de cambio para evitar que caigan en el narcotráfico y la violencia que invade al país.
Carlos Cruz se considera un pandillero constructor de paz y amante de la cocina. Por más de quince años ha trabajado con Cauce Ciudadano para que los adolescentes y jóvenes se conviertan en actores de cambio dentro de una cultura de la no violencia. “En México, desde los años ochenta, noventa y dos miles ha habido un uso faccioso por parte de los grupos estudiantiles, los llamados grupos porriles (…) nosotros éramos los que poníamos los presos, los muertos, el dolor en las familias (…) Cauce nace de la intención de pensarnos distintos”, nos platica Carlos durante nuestra visita al edificio que alberga las oficinas y el centro cultural de Cauce Ciudadano, en la colonia Martín Carrera.
Tras la muerte de uno de sus compañeros a manos de otra banda estudiantil, Carlos, junto con otros de su banda, decide fundar Cauce, una organización cuya preocupación es el ambiente violento en el cual viven los jóvenes en nuestro país. La meta principal es lograr que se desarrollen habilidades psicosociales; aquellas actitudes, emociones, valores y motivaciones que nos permiten enfrentar con éxito un contexto específico.
A los de Cauce les queda muy claro que los jóvenes son dinámicos, y utilizan la cultura y el desarrollo artístico como un vehículo para adquirir y desarrollar una forma de vida más sana. Erika Llanos, directora general de Cauce, cuenta que muchos jóvenes ven en los grupos de delincuencia un espacio de empoderamiento, de obtención de prestigio económico y de reconocimiento dentro del grupo. Sin embargo, pierden estabilidad y tranquilidad, dos factores fundamentales que hacen que los jóvenes busquen cambiar su vida. En Cauce se abre la posibilidad de desarrollar otro tipo de empoderamiento, un empoderamiento personal, de participación social y política, para lograr comprender que la felicidad va más allá de lo material.
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Erika, socióloga de profesión, se acercó al trabajo social por puro pasatiempo y conoció el trabajo de Cauce desde los inicios; fue la primera del equipo que no venía de un pasado pandillero. Ella nos platica que cada día se despierta y se recuerda que está en un espacio integral que genera el diálogo y una paz dinámica. Es eso lo que la inspira a seguir luchando por los objetivos que como organización han creado en todo este tiempo.
El problema al que muchas veces se enfrentan en Cauce es un problema sistémico, en donde el ámbito familiar está en descomposición y el sistema educativo es deficiente, ocasionando un ambiente violento donde los niños y jóvenes se desenvuelven. Los jóvenes cada vez están más solos. La ajetreada vida en la ciudad y las zonas conurbadas han provocado que los tiempos en el hogar disminuyan y que la atención familiar sea menor. “Existe una ruptura y un aislamiento del sistema; existe también una fisura generacional que hace que se pierdan las pautas de socialización de cada edad. Se pierde lo que implica cada etapa del proceso de la vida. Todos tendríamos que ser responsables de ellos (…) no solamente los familiares”, nos comenta Erika.
Cauce Ciudadano se ha convertido en un movimiento que tiene presencia en siete estados del país y es parte de un intercambio a nivel internacional en procesos de construcción de alternativas pacíficas, comunitarias, educativas y laborales para los jóvenes. Su posición política es clara: el sistema que se estableció en los últimos 25 años ha generado más conflicto social, en especial en las poblaciones adolescentes y juveniles. Es momento de hacer algo para que el sistema se transforme desde la base, desde la gente. Carlos está seguro de que la prevención social no sirve de nada si no se combate la corrupción política y empresarial. Es por ello que el trabajo no es solamente con los jóvenes, sino que también se ha creado un diálogo con los gobiernos locales para buscar que los recursos y los programas sociales se implementen de la mejor manera posible.
Es así como un grupo de pandilleros –quienes sin perder sus orígenes y su identidad, han hecho a un lado la violencia y la criminalidad– hoy son constructores de paz; un grupo que trabaja, participa y dialoga por los jóvenes y por el rumbo de nuestro país.
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