
En el Palacio de Bellas Artes se presentó la exposición Roberto Montenegro. Muralismo fuera de la norma, una revisión de la trayectoria del artista jalisciense que propone mirar el muralismo mexicano desde una perspectiva distinta a la narrativa tradicional. La muestra reúne cerca de 90 piezas entre pinturas, bocetos, murales, ilustraciones y materiales documentales que permiten redescubrir a uno de los artistas más singulares del arte mexicano.
Roberto Montenegro fue un pintor, muralista e ilustrador mexicano nacido en Guadalajara en 1885. Formó parte del movimiento muralista posrevolucionario y destacó por combinar arte popular, simbolismo y elementos teatrales en su obra. A diferencia de otros muralistas de su época, desarrolló un estilo más íntimo y experimental, explorando temas como la identidad, el autorretrato y la cultura mexicana. También impulsó el rescate del arte popular y el patrimonio artístico nacional. Murió en 1968.
El recorrido fue guiado por Daniel Garza Usabiaga, investigador especializado en arte moderno y contemporáneo mexicano. La exposición está dividida en cuatro salas que recorren distintas etapas creativas de Montenegro, resaltando su interés por el arte popular, el simbolismo, el retrato y la identidad mexicana. Garza Usabiaga ha desarrollado distintos proyectos enfocados en revisar figuras y narrativas poco exploradas dentro de la historia del arte mexicano.
Desde sus primeros trabajos de los años veinte, la muestra evidencia el perfil intelectual y experimental de Montenegro. Uno de los núcleos aborda su participación en el pabellón de México para la Exposición Iberoamericana de Río de Janeiro de 1931, realizada durante las celebraciones de la independencia de Brasil. Ahí se destaca el vínculo del artista con las tradiciones populares mexicanas, visibles en obras como El árbol de la vida, una de las piezas centrales de la exposición.
Este mural, realizado originalmente en 1922 para el Antiguo Colegio de San Pedro y San Pablo, mezcla referencias religiosas, simbolismo y elementos decorativos inspirados en el arte popular mexicano. La obra también se convirtió en un ejemplo de las tensiones culturales de la época, ya que una de sus figuras centrales fue censurada por presentar una imagen considerada ambigua para los valores posrevolucionarios.
A partir de ello, la exposición dedica una sección al tema de la “ambigüedad”, donde se analiza cómo Montenegro exploró representaciones masculinas distintas a las convencionales mediante símbolos teatrales, máscaras y personajes inspirados en la Comedia del Arte italiana.


La segunda sala recupera parte de su trabajo mural y editorial. Destaca La fiesta de la Santa Cruz, mural que toma como punto de partida la celebración de los trabajadores de la construcción para convertirla en una alegoría sobre la reconstrucción cultural del país después de la Revolución Mexicana. En esta obra Montenegro incluso se autorretrató vestido como obrero, siendo el primer artista mexicano que se auto retrata en uno de sus murales, es algo que después retomaría Diego Rivera y Juan O´gorman, incorporándose simbólicamente al proyecto educativo impulsado por José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública.
Durante el recorrido, Daniel Garza Usabiaga también explicó que parte de la investigación curatorial se enfocó en rastrear piezas perdidas, fragmentadas o poco vistas de Montenegro. Algunas obras sobreviven únicamente en fotografías, bocetos o fragmentos rescatados de antiguos edificios intervenidos con el paso del tiempo. La muestra, en ese sentido, también funciona como un ejercicio de recuperación histórica alrededor de un artista que durante décadas quedó parcialmente fuera de la narrativa oficial del muralismo mexicano.
La exposición también presenta estudios preparatorios, pinturas de caballete y retratos como el Niño con periquito, donde puede observarse el interés de Montenegro por representar escenas cotidianas, figuras populares y cuerpos estilizados desde una mirada cercana al simbolismo y al surrealismo. Varias de las piezas muestran cómo el artista se retrataba constantemente a sí mismo dentro de sus obras.
Entre las obras exhibidas también destaca un retrato de Frida Kahlo, quien mantuvo una relación cercana de amistad con Montenegro. El artista tenía la costumbre de retratar a personas de su círculo intelectual y artístico, dejando registro de escritores, pintores, actrices y amistades vinculadas a la vida cultural mexicana de la época. La presencia de Kahlo dentro de la exposición ayuda a entender las redes artísticas y afectivas que rodearon a Montenegro durante buena parte de su trayectoria.
Otro de los ejes de la muestra aborda su cercanía con el teatro, el cine y los movimientos antifascistas surgidos tras la crisis mundial de 1939 y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Entre las referencias aparece el director soviético Sergei Eisenstein y el proyecto cinematográfico ¡Que viva México!, que reforzó el interés internacional por la cultura mexicana de la época. A diferencia de otros muralistas centrados en discursos políticos monumentales, Montenegro desarrolló un lenguaje más íntimo, espiritual y humanista.
La última sala de Roberto Montenegro, Muralismo fuera de la norma, cierra la exposición con una mirada más íntima y reflexiva sobre el artista, ahí aparecen obras donde Montenegro ya no solo retrata el mundo exterior, sino también a sí mismo. Entre las piezas destacan varios autorretratos realizados con superficies curvas y reflejos que deforman el espacio, creando escenas cercanas al surrealismo y al simbolismo.
En estas pinturas, Montenegro se representa dentro de su estudio, rodeado de objetos, pinceles y figuras humanas que parecen observarlo, los reflejos esféricos generan una sensación de introspección y muestran el interés del artista por experimentar con la percepción, la identidad y la mirada del espectador. Incluso en esta etapa tardía de su carrera, continuó colocándose dentro de sus propias obras, reafirmando el autorretrato como una constante dentro de su producción artística.
La última sala también permite entender el carácter profundamente humanista de Montenegro, a diferencia de otros muralistas enfocados en discursos monumentales o nacionalistas, sus obras conservan una dimensión más personal, teatral y emocional. Esa búsqueda se refleja tanto en sus retratos como en sus composiciones alegóricas, donde el cuerpo humano, la espiritualidad y la memoria ocupan un lugar central.
El recorrido concluye con grandes murales donde se observa su interés por el progreso, la reconstrucción social y la figura humana como símbolo de transformación. Frente a estas piezas, el curador Daniel Garza Usabiaga destacó cómo Montenegro construyó una visión distinta del muralismo mexicano: menos rígida, más simbólica y abierta a temas que durante mucho tiempo quedaron fuera de la historia oficial del arte en México.
Durante el recorrido se destacó la importancia de mantener abiertos espacios de diálogo y difusión cultural en torno al arte mexicano y sus distintas narrativas. Agradecemos al Museo del Palacio de Bellas Artes y al INBAL por la invitación al recorrido de Roberto Montenegro “Muralismo fuera de la norma”, así como por abrir este espacio para acercar al público a la obra y legado de uno de los artistas más singulares del muralismo mexicano.
Para conocer más sobre la exposición Aquí
Estudiante de la UACM: licenciatura comunicación y cultura.
En el Palacio de Bellas Artes se presentó la exposición Roberto Montenegro. Muralismo fuera de la norma, una revisión de la trayectoria del artista jalisciense que propone mirar el muralismo mexicano desde una perspectiva distinta a la narrativa tradicional. La muestra reúne cerca de 90 piezas entre pinturas, bocetos, murales, ilustraciones y materiales documentales que permiten redescubrir a uno de los artistas más singulares del arte mexicano.