
Isabel Hernández nos abre una ventana a la vida de Erasmo, quien ni siquiera de pequeño pudo ser “normal”, mucho menos “curado”. Cuando te aqueja un mal toda tu vida solo quedan dos opciones: aprender de él o morir.
Más de veinte doctores, hierberos y bufones. Cientos de diagnósticos, rayos x, chochos y madre y media. Escuché todas las explicaciones, las teorías y las interpretaciones, pero nada nunca funcionó, porque nada realmente estaba fuera de lugar.
Así vine, y la que tenía un problema con eso era mi madre, no yo. Pero nunca me lo preguntaron: “Oye, Erasmo, ¿necesitas ayuda?, ¿tienes algún problema con tal o cuál cosa?, ¿te sientes mal?”. No, nadie me preguntó nada. Los primeros recuerdos de mi infancia ya son de visitas a consultorios y personajes en bata con olor a cigarro disfrazado de antibacterial.
Recuerdo los largos trayectos en coche, somnoliento, y los latigazos del sol en los ojos al aparecerse detrás de cada árbol, detrás de cada edificio: uno tras otro, golpes de luz, cegando mi cerebro. Siempre en camino al nuevo remedio mágico que finalmente terminaría con mis comportamientos “anormales”. Ahora la entiendo, pobrecita, pero sólo se puso peor la cosa. Antes solamente dormía de día y me acostaba hasta bien entrada la madrugada, como adolescente en fin de semana. En un niño, es extraño, ya entiendo. Pero ahora ni de día duermo.
Escuché alguna vez que si no eres bueno en algo, al menos pretende serlo, y con el tiempo conseguirás volverte bueno en eso. Desde entonces he estado pretendiendo dormir, y lo único que he conseguido es volverme buenísimo en pretender, pero nunca en dormir. Eso sí ya no tiene remedio y me ha hecho quien soy: un extraño engendro nocturno. Me gané sin esfuerzo y merecidamente una piel pálida y un par de profundas ojeras que nunca me han molestado. El tiempo y la aceptación me abrieron los ojos a un mundo de posibilidades que antes, por luchar en contra de mi biología, no había descubierto.
Hoy soy una más de las criaturas de la noche: entre apostadores, gatos y roedores, porteros, perros callejeros hambrientos, taxistas, cortesanas y cuántos más. Encontré a los míos: somos muchos aunque no parezca, pero calladitos, eso sí. Todos amantes de la noche y de la luna, del silencio, de la absolutamente deliciosa ausencia del sol que todo lo satura y vuelve estridente y violento. De noche no hay reflejos, no hay espejos, ni testigos. Salimos sin disfraz, sin peinar, invisibles. El ego se alimenta de día con las miradas, y se apaga de noche cuando no hay nada que demostrar. No hay nadie que nos re-conozca, porque no somos más de lo que nos llega a alumbrar la luz naranja y parpadeante de la banqueta. Por tan sólo una horas podemos ser. Si algo de esto hubiera entendido mi madre… pobrecita, que en paz descanse.
Algunas veces escucho tras las puertas a mis vecinos referirse a mí como “el vampiro” o “el fantasmita”; tienen varios, como cinco apodos diferentes. Me da ternura que no se refieran a mí por mi nombre. No sé si lo hagan por miedo a que un día los escuche y me ofenda, o porque realmente no saben mi nombre, lo cual, pensándolo bien, es más probable. Cuando me ven llegar muy temprano, después de mi turno, empiezan: “que debo estar muy solo”, “que si no tengo algún familiar que me consiga ayuda”… pero ellos tampoco entienden que no es soledad, es libertad.
El corazón y los sentidos pierden el miedo al llegar la madrugada; se entregan, se expanden. Puedo sentir el aire frío oxigenar mis venas, puedo abrir los ojos y sentir mis pupilas dilatarse y descansar en las sombras. Puedo escuchar la respiración profunda de la gente al dormir, el aire templado que barre las hojas del piso y sacude las copas de los árboles, puedo observar mi mente trabajando armoniosa y obsesivamente, las calles libres y vacías, la quietud. Me convierto junto con las estrellas en el espectador del momento en que todo se calla, se restaura, se detiene y se guarda. Que el resto viva de día eternamente, la noche me la he ganado.
Pero es finita, etérea y cuando más hermoso es todo, se rompe un espejo con el canto de los pájaros anunciando el estúpido amanecer. Las alarmas y los celulares vibrantes rompen el hechizo. Se desata el caos, los niños, los claxons, los godinez en cafeína, la música en las radios, las madres histéricas, las escobas, las risas, los olores, la maldita luz… y el dolor.
Llegó la hora de “dormir”, y aunque de día, sueño. Sueño con la noche, con la puesta de sol cuando comienzo a sentir paz, poco a poco, relajando mi cuerpo, siete, y estiro los pies y el cuello, nueve, la gente finalmente empieza a llegar a casa, diez y media, y con la luna comienza la magia… once, ¡hora de salir! Benditas migrañas.
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