Confesión de un abandono

27/05/2021
Por José David Bernal

Quizás este texto sea más una carta de confesión —como si me dirigiera al cadalso sin más—, que una columna de opinión.

Hace ya tiempo de aquel día en que me gasté la hora de la terapia hablando del Cruz Azul. Al principio, el psicólogo me miró con ojos sorprendidos, como diciéndome: “¿Estás seguro de que ése es el tema que quieres tratar aquí?”. Cuando la sesión iba por la mitad, el pobre me miraba con un dejo de compasión y ternura, seguramente convencido de que, más bien, nos habíamos tardado demasiado en tratar el tema. Cuando el fin de la consulta se acercaba, casi pude intuir que él también estaba a punto de sacar unos lagrimones de dolor.

Decidí entonces que esta “fe pelotuda” (como diría Casciari) –que tiene menos argumentos para sostenerse que la fe de creer que estrellas a miles de kilómetros nos hacen enamorarnos de otras personas–, no resultaba sana para mi estabilidad emocional.

Me avergüenza admitirlo, porque yo siempre inflé el pecho de orgullo al decir todo eso que es cierto: que “una pasión es una pasión”; que “acá estamos nosotros, los que tal vez no tengamos victorias en común, pero que compartimos las lágrimas de un montón de derrotas”; que “Máquina solo hay una”; que “se lleva el amor hasta el cajón, hasta la tumba”. Sí, sí, todo eso que es muy bonito, que le da sentido a muchas cosas de la vida misma, pero que a mí, a estas alturas, me consumía por dentro y tenía que parar. “¡Suéltame, me haces daño, Cruz Azul!”.

Renuncié, me bajé del barco, tuve suficiente. No es posible que el equipo de mis amores dejara en el olvido y llenara de polvo su grandeza, que se acostumbrara a la derrota, y que las tragedias fueran cada vez más ridículas, como si quisieran demostrarse a sí mismas que el pozo tiene niveles aún más hondos a donde descender.

Ahora, cada vez que se me cuestiona aquello, cada vez que se me pide vaticinar si “este año será el bueno” suelo escudar mi traición, mi abandono, diciendo que he dejado de ver futbol mexicano y al Cruz Azul porque es una liga consumida por la corrupción, que un torneo sin descenso no es de un futbol serio y sano, y que el hecho de que desaparezcan y aparezcan equipos de la nada, me ha llevado terminantemente a dejar de ver, enterarme o vincularme de cualquier manera con el balompié local… Pero la realidad es que la única razón es que ya no cabe en mí una decepción más, y esa decepción tiene nombre y apellido y una sequía de veinticuatro años sin título… y contando.

Me gustaría que, dicho lo dicho, el lector no se confundiera —y le pido por favor que no interprete que he dejado de ser celeste, no. Si eso fuera tan fácil, ya lo habría hecho hace algunos años, cuando un arquero de pacotilla nos dio una estocada mortal. No, por desgracia, esta maldición es de amor perpetuo, y resulta prácticamente imposible escapar a la sentencia. Mi postura es, sin tratar de ser más compleja, la de “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Pero justo aquí viene mi última y definitiva confesión, la que termina por ser una mezcla de vergüenza y reivindicación. Porque confieso que, en los recovecos del alma, me he hecho a la idea de que si no veo los partidos, si no me entero de los resultados y de lo acontecido, más oportunidad hay de que llegue la novena. Como si yo fuera una especie de mártir cuyo sacrificio es el destierro voluntario, para que llegue esa estrella brillante que tan dramáticamente se nos ha negado. Me avergüenza la confesión, porque de pronto, quien presume de ser tan escéptico como el que más —o sea yo— se convence de que ver o no ver un maldito partido de futbol tiene influencia directa en los hechos de la vida, como si mi cábala tuviera poderes que tergiversan todas las leyes científicas, y de súbito, soy el protagonista del destino, el centro del Universo. Pero, bueno, por algo dicen los que saben que, “el futbol es la única religión sin ateos”. ¿Qué se le va a hacer?

Esto que he confesado, en parte, es un secreto, y queda entre quien —por no tener nada mejor que hacer, haya leído esta triste historia— y yo. Porque en la antesala de una final más, seguiré respondiendo que ya no creo en estos vagos, que irremediablemente perderemos la final ante Santos, y así cobijaré un poco la fatalidad, como si anticipándola pudiera hacerla menos dolorosa. Pero ustedes que llegaron hasta acá ahora lo saben, saben que en realidad miento, que estoy convencido de que mi sacrificio, por fin, rendirá frutos. Que me conectaré al mundo el domingo ya muy tarde, y habrá noticias de abundancia y festejos desmedidos. Si el lector está de acuerdo en que no me corresponderá sumarme al festejo, en que no lo merezco porque decidí abandonar a conciencia, le daré la razón: me quedaré callado, con mi felicidad oculta y en las sombras, mirando cómo los míos se tatúan en el pecho la victoria. Y es que, ya nos toca, ya les toca, puta madre.

José David Bernal

José David Bernal

Estudió arquitectura, pero la vida lo puso en el mundo editorial. Fundó la Editorial Gato Blanco. Es autor de los libros: El arte del futbol, Por poco me llamo Iniesta y Vas a hacerlos bailar.

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