La pobreza es la peor forma de violencia

07/09/2021
Por Héctor Castillo Berthier

Frente a la pandemia, muchos mexicanos regresaron obligatoriamente a sus poblados. Algunos trataron de reactivar sus trabajos cuando era posible, otros tuvieron que buscar alternativas…

Pobreza y pandemia

El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) reportó que entre 2018 y 2020, en cinco estados (Quintana Roo, Baja California Sur, Tlaxcala, Estado de México y Yucatán), el número de personas en situación de pobreza aumentó en más de dos millones.

No es nada nuevo si revisamos las historias de lo que ocurrió en muchos lugares de la República durante la pandemia del COVID-19. “Esta cifra representa el 53.5 por ciento de los 3.8 millones de personas que engrosaron las estadísticas de pobreza a nivel nacional” (Reforma, 05/VIII/2021).

Mencionó el Coneval: “Entre 2018 y 2020, la población con rezago educativo, sin servicios de salud y sin acceso a una alimentación nutritiva y de calidad aumentó. El análisis de las seis carencias sociales que configuran la pobreza multidimensional señala que en dicho período la carencia por rezago educativo afectó a 900 mil personas más a nivel nacional” (Ibid.).

¿Alguna duda de lo que sucede en el país? La desigualdad social avanza. Es una de las características de nuestra sociedad. Es muy complicado resolverla. Es muy difícil modificar los hábitos y las costumbres de la gente.

¿Pueden existir distintas condiciones para enfrentar la pobreza y la desigualdad? Sí, eso parece.

Muchos mexicanos, frente a la pandemia, regresaron obligatoriamente a sus poblados. Mucha gente de Quintana Roo y Yucatán trabajaban en Cancún, Playa del Carmen o Tulum, pero debido a la pandemia se quedaron sin trabajo, perdieron su salario y regresaron a sus pueblos para analizar lo que vivían.

Algunos trataron de reactivar sus trabajos… cuando era posible. Otros, se dedicaron a “cultivar la milpa” (cuidar de las tierras) para ayudar a sus viejos (sus padres).

En estas tierras la milpa la cultivan los hombres. En estas fechas se realiza el “Cha’a chaak” —ceremonia maya de petición de lluvia—. Las mujeres no trabajan la milpa, cuidan de la casa y los solares, hacen la limpieza y cocinan.

En los pueblos, se puede decir que hay un “círculo de cambios”. Por ejemplo, muchos de los trabajadores de Cancún llegaron a sus casas consumiendo drogas y con nuevas formas de violencia. Esa violencia se insertó en sus vidas personales. Y ése es uno de los mayores riesgos de la migración.

En el fondo, aunque ganaban más dinero en las ciudades, pertenecían a los sectores más empobrecidos de su estado. De la misma forma, también eran pobres en las ciudades.

En Yucatán —con el COVID-19— se cerraron los pueblos. Nadie entraba, ni salía. Y los trabajadores que regresaron quedaron atrapados en sus pueblos. Lo único que tenían a la mano eran sus tierras, sus milpas.

Su necesidad de sobrevivir los hizo buscar las habilidades que habían aprendido. Pero no era suficiente. Por ello nacieron varios proyectos de la sociedad civil para promover los cultivos; regenerar los solares de sus casas y buscar el intercambio de sus productos entre los habitantes locales.

Producir sus propios alimentos y dejar de depender del dinero que antes se tenía, obligaba a trabajar en el solar, en el jardín y en la milpa. Esto obligó a entender el tiempo de forma distinta. Cambiaron las necesidades y revivió la importancia de la tierra. Hay ejemplos interesantes.

Municipio de Sotuta

Flor y su familia viven en el municipio de Sotuta. Su nombre proviene del nombre maya compuesto Zutut-ha’ que significa “el agua que vuelve”. Eso sucedió con sus pobladores.

Flor y su familia crearon durante la pandemia un solar maya, un huerto en el patio de su casa que les proveyera de comida si la crisis económica arreciaba. También, en conjunto, fundaron una frutería que la joven atiende en las tardes y donde hace sus tareas de la carrera de derecho que comenzó a distancia.

Muchos trabajadores regresaron llenos de preocupaciones. Sin dinero. Sin empleo. Desesperados por la falta de movilidad. “La COVID-19 tocó el suelo yucateco con fuerza, siendo el estado con más casos confirmados de coronavirus en población indígena en todo México, con 2 mil 529 contagios de 15 mil 415 que tuvo todo el país, según el reporte de principio de año de la Secretaría de Salud” (Pie de Página, 21/IV/2021).

Para fines de marzo, la casa de Flor estaba llena. Tres de sus cuatro hermanos que trabajaban fuera, en otros lugares, regresaron.

Rogelio (34) volvió de Playa del Carmen. Luis (30) era maestro en distintos pueblos de Yucatán. Y Chely (26), administrador de un despacho de abogados en Tulum, regresó a su casa para trabajar con sueldo rebajado.

Quintana Roo perdió más de 97 mil empleos y la pandemia del COVID-19 arrasó con el sector más fuerte de la zona: el turismo.

La gran pregunta que se hacían en sus poblados era: “Si se pierde el trabajo, por lo menos cultivaremos nuestro propio alimento para comenzar de nuevo”. Limpiaron el solar (que estaba medio abandonado), deshierbaron, se quitó la maleza y hubo que cuidar el agua.

Sólo el 21% de las comunidades rurales tienen acceso a ese recurso, según estudios del Coneval.

Entre toda la familia se inició un proceso de siembra y recolección de productos para intercambiarlos con otros pobladores. El trabajo no fue sencillo, era muy complejo. Para esta familia fue la única manera de sobrevivir ante la pandemia.

Crueldad antinatural

Mucho se habló ya de la conquista, con versiones bastante vagas por todos lados. Si algo se perdió en la conquista fue la majestuosidad de una ciudad lacustre, con una maravillosa arquitectura urbana.

Se perdió la sabiduría mexica en el manejo del agua. Se perdió una ciudad próspera, ordenada y limpia. Nada de eso vieron Cortés y sus guerreros.

Los conquistadores desecaron el lago y colocaron enormes planchas de asfalto.

Podríamos vivir en Venecia… Y la conquista nos hizo vivir entre el cemento y las ruinas de las ruinas de un viejo imperio.

Perdimos un lago… para vivir en el cascajo.

¡Vientos huracanados! Si no me ponen a sembrar apio nos veremos por acá la próxima semana…

Héctor Castillo Berthier

Héctor Castillo Berthier

Héctor Castillo Berthier es doctor en sociología, investigador, músico, periodista, especialista en problemas urbanos en las áreas de Basura, La Merced y el Abasto Alimentario, Caciquismo, Desarrollo Social, Cultura, Juventud y Violencia. Es autor de varios libros y numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales. Columnista regular del Periódico Metro y conductor de programas radiofónicos. Actualmente es investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y del SNI. Director del Proyecto Circo Volador y Coordinador de la Unidad de Estudios Sobre la Juventud (UNESJUV) en la UNAM.

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