La relación de nuestra capital con el agua es antigua y compleja. Pasamos de convivir con ella a exterminarla, construyendo una ciudad entera encima, quejándonos por las inundaciones y, al mismo tiempo, batallando por este recurso cada día.
“Cómprame cinco botellas de agua”, dice una mujer mientras habla por teléfono. Son las ocho de la mañana y el metro va a reventar. La plática transcurre entre Nezahualcóyotl y Villa de Aragón. Le presto atención:
“… porque si llevo mi envase va a estar estorbando en el escritorio. Así mejor las tiro y no dejo basura”. Escucharla me hizo imaginar al metro como una embotelladora y a nosotros, habitantes de la periferia, como las aguas que todos los días se mueven a la Ciudad de México en el convoy de botellitas anaranjadas.
Si por algo nos van a recordar en el futuro, será por nuestras historias. En el valle se tejen incontables de ellas. Hay quien recuerda que en los años 70 bastaba con rascar menos de un metro para que brotara agua de las tierras cercanas al actual metro Olímpica.
Parece mentira que ahí llegaba el Lago de Texcoco, el más grande de los cinco que inundaban la cuenca. Todavía quedan habitantes que tuvieron la suerte de ver sus remanentes, como don Jesús Fonseca. Él es un fotógrafo de 93 años que viajó en canoa por la ciudad antes de las contingencias ambientales y antes de la frase: “Permita el libre cierre de puertas”.
Sus memorias se remontan a los años 40, cuando estudiaba la primaria y su papá lo llevaba de viaje desde el Peñón de los Baños hasta Chimalhuacán: “Estaba sembrado de trigo, había mucha agua. En las tardes soplaba el viento y el trigo dorado se mecía a la luz del sol. Aquello era una adoración, un ensueño”.
Ese paisaje ya no existe. En menos de 500 años la Ciudad de México cambió su suelo lacustre por enormes moles de concreto, segundos pisos y avenidas. Fonseca está convencido de que el agua tiene memoria y siempre reclamará su territorio. “Por eso nos inundamos”, dice.
Siglos atrás el explorador Alexander Von Humboldt escribió que las aguas del Valle de México fueron tratadas por los conquistadores “como si fueran el enemigo”, ganando terreno a los lagos de Texcoco, Zumpango, Xaltocan, Chalco y Xochimilco para extender las zonas habitables.
En su obra Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, Humboldt detalló que el desagüe de los cinco lagos disminuía el bienestar de la población y la fertilidad de la tierra: “No obstante hubiera sido fácil sacar partido de la disposición natural del terreno, sirviéndose de los mismos canales de desagüe para regar las llanuras áridas y para la navegación interior”.
La visión que Humboldt tenía fue ignorada y comenzaron a secar los ríos con el virrey de Revillagigedo a finales del siglo xviii. Hasta aquí parece que las historias del valle se limitan a los libros de historia. Pero es en las calles donde nace la resistencia a las desigualdades que atraviesan la ciudad.
Por ejemplo, existen registros de protestas por el agua en 1922, cuando la falla de una bomba hidráulica dejó sin el líquido a los habitantes de la capital durante casi un mes. Miles de manifestantes se reunieron en el Zócalo capitalino para exigir el restablecimiento del servicio, pues veían pasar pipas con agua destinadas solo a familias de funcionarios públicos.
Desde entonces se notaban desigualdades sutiles en el abastecimiento de agua. Por los diarios de la época sabemos que el grueso de la población aprovechaba los fines de semana para ducharse, pues al no contar con baño en sus casas pagaban por el agua caliente de las regaderas públicas.
Más adelante, en 1936 se perforaron los primeros 18 pozos profundos de la capital, marcando la explotación masiva de los mantos acuíferos. Dos años después, el arquitecto Carlos Contreras sugirió el entubamiento de los ríos de la Piedad y Consulado para evitar los constantes desbordamientos de aguas negras. Hoy los conocemos como el Viaducto Miguel Alemán y el Circuito Interior, concretados entre los años 50 y 70.
Aunque la ciudad está construida sobre lo que una vez estuvo lleno de agua, el acceso a este recurso fue entendido como derecho humano hasta 2012 cuando se elevó a rango constitucional en México.
En 2006, investigadores de la Universidad Autónoma Metropolitana recopilaron cientos de datos sobre consumo de agua en distintas zonas del Valle de México. Encontraron que una familia que vive a las orillas de Ecatepec pagaba 10 veces más por el agua que una de Lomas de Chapultepec.
La ley indica que se debe garantizar un abastecimiento de agua constante e ininterrumpido. No obstante, la realidad es distinta en la metrópoli, donde el acceso al recurso es desigual y en una tarde se puede ver a niños juntando agua en cubetas, y colonias adelante, una fuga sin atender desde hace días. Así es la ciudad entubada.
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