Trabajo esencial: ingeniería sin fronteras Argentina.

Trabajo esencial: ingeniería sin fronteras Argentina.

25/10/2022
Por Micaela Ortelli

Esta asociación civil nació en 2012 con la idea de vincular la ingeniería con los derechos humanos. Infraestructura comunitaria, acceso al agua, energía, puentes y caminos. Además de resolver problemas clave en comunidades rurales aisladas y asentamientos urbanos, Ingeniería Sin Fronteras hace escuela. ¿Algo más? Una de sus mentoras es Alejandra Portatadino, cofundadora de la ONG argentina C.H.A (Comunidad Homosexual Argentina).

 

Entre el porcentaje que aguanta y el que abandona, están los estudiantes de Ingeniería que le
buscan una vuelta de tuerca a la carrera. Les que fundaron Ingeniería Sin Fronteras Argentina
querían usar la profesión para resolver problemas en comunidades vulneradas y desarrollar
proyectos de ingeniería orientados al desarrollo sostenible y a los DDHH. Dice Alejandra
Portatadino desde Tierra del Fuego: “¿Por qué no explicamos los derechos humanos con obras
de ingeniería? ¿Por qué no hablamos del derecho al agua potable y al saneamiento, del
derecho a la vivienda digna? Son cosas de Ingeniería… ¿Por qué no hacemos obras de
ingeniería aplicando los derechos humanos? Esos interrogantes pegaron y empezamos a
construir Ingeniería Sin Fronteras Argentina con esa visión”.

Con 62 años, Portatadino sigue ejerciendo su profesión de Ingeniera Mecánica y su
militancia de base peronista que, entre los 80 y la Ley de Identidad de Género, dedicó
especialmente a luchar por los derechos civiles de la Comunidad LGBTTTI y contra la
discriminación de las minorías. “Como ingeniera dije: ‘Bueno, ya para los temas de la
diversidad hay generaciones nuevas, ¿qué otra cosa puedo hacer para ayudar a la dignidad y a
mis compatriotas, mis compañeres de Argentina’”. Tuvo un puesto de liderazgo en la petrolera
Chevron, pero la despidieron, en el año 2002, cuando dijo que se iba a operar y que su
identidad era Alejandra. “No hay que dejarse caer”, dice. “Mi vida no fue fácil. Vengo de una
comunidad muy golpeada, he perdido trabajos, he quedado viviendo con amigos, sin casa. Y
nunca me rendí”.

Como integrante de la Asociación Americana de Ingenieros Mecánicos y consejera en
la Filial Argentina de la Fundación Internacional Cruz Verde, supo de la existencia de Ingeniería
Sin Fronteras Internacional, y como ella, otres profesionales empezaron a moverse para armar
la versión argentina de la organización: “Parecía que nos conocíamos de toda la vida”.

Martillá como una chica
A uno de los primeros proyectos de ISF-Ar se unió una entrerriana a punto de terminar la
carrera en la UCA. Para María Hernández, estudiar Ingeniería Civil significó casi ocho años de
esperar a que le enseñaran cómo se podía trabajar en proyectos sociales, y más
concretamente, a hacer y a dirigir una obra. Significó, además, luchar contra el prejuicio de
que el lugar de las mujeres en la Ingeniería es en un escritorio armando licitaciones. “Cuando
me dieron el taladro fue ‘guau, lo que había querido siempre’”, cuenta. Fue en el barrio
Ramón Carrillo, en Villa Soldati, donde trabajó como voluntaria para la construcción de un
espacio comunitario, un salón de usos múltiples con capacidad para mil personas que funcione
como centro de deportes, de talleres de formación, atención psicológica y más. “Eso solo ya
me partió bastante la cabeza”, dice María, quien hoy tiene 33 años.

Tuvo su segundo momento iniciático dentro de la organización –gracias a un
compañero que le dijo: “Andá vos, vas a aprender un montón”. Fue en Santiago del Estero;
más bien, en el auto compartido con personas que conoció ese mismo día, con las que se
sintió en confianza al instante. Iban a la inauguración de una obra iniciada tiempo antes: el
primer puente de paso vehicular del municipio de Colonia Dora. Originalmente, el intendente
se había puesto en contacto y había preguntado si la organización podía conseguir unos filtros
de arsénico en agua para esa comunidad de 500 personas. “Casi van con el filtro desde Buenos
Aires”, dice María. “Pero en la primera asamblea de vecinos se dieron cuenta de que, en ese
lugar, por más filtros que llevaras, la falta de acceso al agua era total. Uno de los problemas
era que el camión cisterna que lleva el agua a la comunidad tenía que hacer 35 kilómetros de
más porque había puentes caídos. Puentes que siempre construyeron los propios vecinos con
chasis de camiones… Se pensó: si con un puente se ahorran 35 km, quizás es más fácil llevar el
agua y después vemos qué tipo de filtrado se hace. Siempre, lo primero es escuchar la voz de
la comunidad. Desde Buenos Aires haciendo filtros no vamos a solucionar nada”.
Ingeniería Sin Fronteras Argentina trabaja generando alianzas: primero con las
comunidades y las organizaciones sociales de la zona, luego con el sector estatal, el nivel u
organismo que esté trabajando sobre la problemática en cuestión. “Averiguamos cuál es la
situación, si hay proyectos en agenda, si se puede hacer en conjunto. La idea no es pisarse.
Tratamos de articular”, dice María. Colonia Dora fue un camino de ida para ella, y a partir de
ese proyecto, pasó a integrar el grupo de coordinación para la construcción del segundo
puente de hormigón armado sobre dos canales del río Salado. Estos puentes, además de dejar
pasar al camión cisterna y a otros vehículos claves —desde ambulancias y camiones de
bomberos a maquinarias viales y transportes comerciales—, conectan parajes rurales aislados
y mejoran el desplazamiento.

Luego de ese proyecto surgió otro en la zona: la ampliación de la Escuela de la Familia Agrícola,
un colegio secundario situado en el paraje Acequia Vieja, que funciona también como albergue
y comedor y contiene a jóvenes de familias campesinas de un radio de 80 km. Construyeron
tres aulas y un espacio para que duerman los profes. “Aprovechamos las alianzas,
capitalizamos el laburo en la zona, la información que vamos generando en el camino. Todo
eso acorta la dificultad de los proyectos”, dice María.

Agüita querida
Actualmente, Alejandra Portatadino divide sus días entre Buenos Aires y Tierra del Fuego,
donde está trabajando en la construcción de una embarcación científica para la universidad.
En un proyecto conjunto con la Fundación Interactiva para Promover la Cultura del Agua
(FIPCA), están refaccionando La Sanmartiniana, un velero para 16 personas, “para navegar
nuestros mares, tomar muestras submarinas, que va a servir para afianzar la soberanía en el
Atlántico Sur que está muy desprotegido”. Alejandra llegó a la provincia en 2013 con Ingeniería
Sin Fronteras Argentina, por problemas de agua potable y de saneamiento en el margen sur de
Río Grande y en los barrios altos de Ushuaia. Trabajó dos años como secretaria de DDHH de la
municipalidad, y después en la universidad. “Dejo todo armado y sigo con otras cosas”, dice.
María Hernández se especializó en proyectos de agua. En la misma zona de Colonia Dora,
coordinó con Adán Levy, cofundador de ISF-Ar, una obra para facilitar el acceso al agua a las 60
personas que integran la comunidad El Negrito. “Tenemos un problema muy grande y
estructural, alrededor de 9 millones de personas en Argentina con falta de acceso al agua en sus casas”, dice María. En zonas rurales dispersas, los pobladores pueden dedicar entre cuatro
y seis horas diarias a buscar agua, por lo demás, de dudosa calidad. Ahora están trabajando en
el sur de Santiago del Estero, en el paraje San Antonio de Copo, donde viven 300 personas.
Construyen —y enseñan a construir— un sistema de cosecha de agua de lluvia con techos de
chapa, que abastece alrededor de 20 litros por persona por día a lo largo del año, conservando
las propiedades del agua durante la temporada de sequía. “Las soluciones tecnológicas suelen
ser rudimentarias, nada del otro mundo, porque están alojadas en medio del monte y no
podés construir algo que requiera un mantenimiento impresionante”. Nunca falta el
pensamiento, incluso quien hace la pregunta: ¿no es más fácil que las comunidades se muden
a la periferia, donde llegan los servicios? El enfoque de Ingeniería Sin Fronteras Argentina es
justo el contrario: “Queremos encontrar la forma de que esas personas permanezcan de la
mejor manera posible en sus territorios”, dice María: “Respetar los arraigos, la identidad”.

Con P de perspectiva de género
Hay procesos que se dan sin plantearlos. Ingeniería Sin Fronteras Argentina nació con un gran
porcentaje de mujeres “y varones con cierta sensibilidad”. De entrada, fue legítimo que todes
usaran las herramientas, pero con el tiempo tomaron conciencia de que esa natural
predisposición requería indagación. Hicieron estudios internos para ver si les integrantes
notaban diferencias, abrieron una Comisión de Igualdad y Buen Trato, y cuidan que los equipos
de trabajo sean siempre parejos.

Micaela Ortelli

Otres proyectos
– Están diseñando de forma participativa un espacio para visitas en el Penal de Mujeres de San
Martín: “Un lugar lindo para recibir a les hijes y nietes, donde se olviden por un rato que están
en la cárcel”.
-Están construyendo una pileta comunitaria en Bernal Oeste, en sinergia con las
organizaciones sociales que trabajan en Quilmes.
-Construyeron un centro de cuidado infantil en José León Suárez, junto con el Municipio de
San Martín y quince instituciones y empresas.
-Armaron un proyecto de espacios comunitarios en Barrio Zepa B en Córdoba: construyeron un
salón comunitario, acondicionaron la plaza, colocaron luminarias.
– Dictan talleres de cocina a leña eficientes (y las donan a organizaciones sociales).

Para conocer más sobre su trabajo, consulta www.isf-argentina.org
Cortesía de Hecho en Buenos Aires / INSP.ngo

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