
A finales de los años setenta, el punk irrumpió como una fuerza cultural que sacudió no solo la música, sino también la estética, la política y la forma de entender el arte y la sociedad. Surgido en ciudades como Nueva York y Londres como reacción a la comercialización del rock y la rigidez del sistema, el punk predicaba la autonomía radical, el rechazo a las instituciones y el hazlo tú mismo (DIY) como principio creativo y político. No hacía falta saber tocar bien, vestir de cierta forma ni pertenecer a ninguna élite: lo importante era expresarse, romper con lo establecido y generar comunidad desde los márgenes.
En ese contexto, los fanzines se convirtieron en una herramienta central del movimiento. Eran publicaciones autoeditadas, hechas con tijeras, fotocopias y engrapadoras, que difundían ideas, letras de canciones, crónicas de conciertos, manifiestos, arte y pensamientos que difícilmente encontraban espacio en los medios tradicionales. Su estética sucia, caótica y visceral no era casual: era un reflejo de su esencia contestataria y urgente. El fanzine punk no era solo un canal de comunicación, era un acto de resistencia.

En México, el fanzine encontró un terreno fértil entre los años ochenta y noventa, cuando surgieron redes punks, anarquistas y feministas que necesitaban formas alternativas para comunicarse, organizarse y narrarse. Inspirados por la escena internacional pero profundamente arraigados en posturas políticas contestatarias a problemáticas locales —represión policial, desigualdad, homofobia, autoritarismo—, los fanzines mexicanos mezclaban protesta, crítica cultural, poesía y humor negro con materiales accesibles: hojas recicladas, mimeógrafos, máquinas de escribir y collage artesanal.

Aunque el término “fanzine” no se usaba siempre, sus predecesores estaban ya en circulación desde décadas antes: volantes sindicales, panfletos estudiantiles, publicaciones anarquistas y boletines callejeros. Todos compartían una misma intención: apropiarse de la palabra, compartirla, circularla.
En ese mismo espíritu nació la Fanzinoteca del Museo Universitario del Chopo en 2013. Aunque el proyecto comenzó con una intención expositiva, rápidamente se transformó en un archivo comunitario, nutrido por donaciones, talleres y visitas abiertas. No es coincidencia: el Chopo ha sido históricamente un espacio aliado de las subculturas, desde los días del Tianguis del Chopo hasta sus exposiciones de arte alternativo.


El archivo resguarda desde fanzines únicos y artesanales hasta colecciones completas donadas por colectivos y artistas como JocDoc, Lucky Dragons, Toluco, Anabell Chino o Colectivo Esporas. También acoge stickers, carteles y otras formas de autoexpresión callejera que conviven con los fanzines como parte de la misma lógica cultural: la de intervenir el espacio, conectar personas y producir desde la independencia.

La Fanzinoteca no es solo un repositorio: también es un semillero. Cada semana abre sus puertas al público para consulta libre, y organiza talleres tanto con colectivos artísticos como con grupos sociales vulnerables. Todos los jueves se instala un carrito de fanzines que permite al publico general tener acceso abierto a una nueva selección de fanzines todas las semanas. Además, una vez al año celebra una feria de fanzines que reúne a editorxs, artistas y lectorxs de todo el país.

El proyecto parte de una filosofía radicalmente inclusiva: no hay criterios curatoriales restrictivos. Todo fanzine tiene valor, sin importar su formato, su tema o su factura técnica. Lo importante es el gesto de crear, de compartir y de apropiarse del medio.

Fotografía tomada del Instagram del Museo Universitario del Chopo (@museodelchopo)
Mi Valedor forma parte de este archivo vivo: su colección de fanzines ya está integrada a la Fanzinoteca, y se seguirán sumando nuevos títulos nacidos de la creatividad valedora.
La Fanzinoteca también cuenta con un repositorio en línea, en el Archivo digital del Museo Universitario del Chopo, donde parte de la colección se digitaliza progresivamente. Sin embargo, quienes la cuidan insisten en una idea poderosa: un archivo vivo debe tocarse, consultarse, circular.

Los fanzines y otro tipo de autopublicaciones suelen ser materiales frágiles, que se desgastan y que no están pensados para durar: el archivo y la conservación de estos representan un gran reto. Graciela Ordóñez Alcalá, una de las coordinadoras de la Fanzinoteca, ve esto como una invitación a pensar los archivos desde otro lugar: “lo más importante del archivo no es la forma material del objeto, si no la conservación de las ideas que este transmite”. Entre más personas pasen por un fanzine, más personas se pueden apropiar de sus ideas: el contacto constante con manos de distintas personas y el detrimento del objeto representan la conservación del mismo.
Esto implica aceptar el desgaste material como parte del proceso. Algunos fanzines están ya amarillentos, desordenados, rotos o pegajosos. Pero eso no es descuido: es testimonio de uso, de vida, de comunidad. La conservación aquí no es encierro, sino acceso.

En una época donde los algoritmos moldean lo que vemos, los fanzines se mantienen como refugios de expresión auténtica, donde conviven muchas tecnologías y ninguna se vuelve obsoleta. Ya sea en formato impreso, digital, en casete o bordado, siguen cumpliendo la misma función: conectar personas, amplificar voces, documentar lo invisible.

Aunque las redes sociales prometen conexión, muchas veces promueven la individualización. El fanzine, en cambio, gira en torno a la comunidad. Desde sus inicios ha servido para organizarse, intercambiar ideas o simplemente encontrarse. Hoy, sigue siendo tangible, afectivo, cercano. Un objeto que pasa de mano en mano, de feria en feria, de carpeta en carpeta. El fanzine es un espejo para reconocerse en el otro.

Estudiante. Amante de los gatos, las flautas de papa y de explorar formas alternativas de entender el mundo.
El Museo Casa Kahlo abrió sus puertas al público el 27 de septiembre de 2025 en la histórica Casa Roja, ubicada en Aguayo 54, en el corazón de la colonia Del Carmen, Coyoacán. A diferencia de la ya conocida Casa Azul que se concentra en la figura de Frida Kahlo y su relación con Diego Rivera, este nuevo museo propone una nueva mirada a sus orígenes: es un espacio construido para recuperar la intimidad familiar, la vida doméstica, los primeros años, las raíces y la memoria privada de una de las artistas más reconocidas del mundo.
El lunes 8 de diciembre, las y los valedores tuvieron la oportunidad de ser de los primeros grupos en recorrer el recién inaugurado Museo Casa Kahlo, un espacio dedicado a la vida familiar y creativa de Frida Kahlo en la casa donde creció y vivió durante muchos años. El museo abrió sus puertas el pasado 27 de septiembre por lo que esta visita se convirtió en una experiencia fresca, cercana y profundamente significativa.
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