
Con olor a tortillas recién puestas al comal y atolito mañanero, nos dimos a la difícil tarea de rendir homenaje al maíz en apenas 45 páginas. Mientras escuchas el Valemix que preparamos —una selección musical tan suave como un tamal y tan crujiente como una tostada— te invitamos a desgranar sin prisa esta edición. Conoce a un Tlahtoani en pleno siglo XXI; sigue luchando por los maíces nativos mientras lees poesía náhuatl; y echa un oclayo a festividades donde el maíz es, ni más ni menos, el niño del ropón…
Así acostumbraban llamar mis tías a esa maravilla redonda que nos hace felices a muchos millones de mexicanos día a día, y que otros denominan “tortilla”.
Yo me identifico como mexicano, y no solo porque mi pasaporte y mi credencial de elector así lo dicen. Sé que en verdad soy mexicano porque necesito el maíz en mi alimentación diaria. Ahí es donde noto mi origen, mi arraigo, mi genética, mi raíz.
A mí me gusta comerlo todo en taco. Me hago tacos de lo que haya: arroz, frijol, ensalada, huevitos… lo que toque, eso sí: sin faltar su salsita picosa. Mañana, tarde o noche, ¡da igual! Además de los tacos me encantan los chilaquiles, las enchiladas, los tamales, las gorditas, los atoles, y ni hablar de tostadas, migas, esquites, huaraches, sopes y todo lo que contenga maíz nixtamalizado (es decir, que haya sido cocido con cal y juguito de limón).
Pero a veces, por cualquier razón, no hay tortillas. Y ahí se sufre un poquito. Se valora y se sopesa. Cuando me como mis tortillas siento que no solo mi estómago se llena gozosamente, sino que mi alma se rodea de algo más que es difícil de describir. No es nada más el saciarse, es nutrirse en cuerpo y alma. Y cuando toca salir del país, mi maleta va cargadas de tortillas porque considero que, con el mole, son los alimentos más especiales para compartir con amigos de otras latitudes.
En la mayoría de las ocasiones, las tortillas que acostumbro comer en casa son hechas a mano por la señora Argelia y su familia que, en las inmediaciones de Toluca, tienen su milpa y se encargan de sembrar, regar, cuidar, cosechar, secar, desgranar, nixtamalizar y moler el maíz, para luego crear con sus manos la redonda perfección. Desde hace muchos años me proveen cada semana del preciado bien, por lo cual les estoy eternamente agradecido.
La textura, la riqueza en vitaminas y minerales y, sobre todo, el sabor del maíz es algo que ninguna otra comida del mundo me ofrece. Y seguro que no soy el único que piensa así, porque en México se han grabado una gran cantidad de canciones que mencionan al maíz y sus derivados, o que están inspiradas en este alimento sagrado.
Por ejemplo, vemos resaltada su importancia en nuestra diaria felicidad por el músico veracruzano Víctor “Vitillo“ Ruiz Pazos, que dice en voz de la bella actriz y cantante Emily Cranz:
Yo no admito que le canten al tequila
Yo no admito que le canten al amor
Si no me cantan y me bailan
Con la tortilla
O la Oda al tamal, en voz de la gran María Velasco, mejor conocida como La India María, una famosísima actriz cómica de los años 70:
Mexicano plato real con nombre que es un relajo
Porque al llamarle tamal entender cuesta trabajo
Si el tamal no está mal, es tamal
Si el tamal no está bien, no es tamal
Quien lo come el tamal si el tamal no está bien
Está mal el tamal o no me explico bien
Estas y otras canciones vienen en el Valemix dedicado al maíz, para que lo descargues o lo adquieras con los valedores en formato físico, ¡son coleccionables!
Y si tú, amig@, eres de l@s mí@s, ¡chócalas y vamos por unos takeshis!.
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