“No sé bien qué me pasó, pero yo antes podía leer mucho más”, escuché el otro día de un lector bastante capaz, en una conversación sobre libros que habíamos leído y comentado. Yo le dije que no era su culpa, que nuestra atención se había convertido en un bien codiciadísimo, y que las condiciones en las que leemos y absorbemos conocimiento hoy, por distintos motivos, son muy distintas de aquéllas en que leíamos y aprendíamos hace un par de décadas.
De verdad lo creo, y no soy la única. Nuestra atención —la capacidad de dedicar tiempo y espacio mental a un solo asunto durante un periodo prolongado de tiempo— es un bien cada vez más escaso y, curiosamente, cada vez más codiciado por quienes venden productos. Pensemos, por ejemplo, en el tiempo que cada uno de los lectores de este texto invierte en leerlo. De entrada, lo leen en línea, lo cual ya implica que están expuestos a un aparato conectado a una red que surgió como una forma de vincular, compartir y almacenar información a grandes velocidades y en grandes cantidades. Así surgió, pero ahora es otra cosa, bien distinta; ahora es, sobre todo, la gran herramienta para convencer a los seres humanos de gastar su dinero en este o aquel servicio o bien, y la forma en que lo busca, y casi siempre lo consigue, es a través de captar nuestra atención, porque es la gran forma de saber quiénes somos, qué nos mueve, y qué nos pueden vender.
¿Confuso? No se preocupe, vamos a ilustrarlo. Vuelvo al tiempo en que hemos invertido en este texto, usted y yo. ¿Cuántas cosas pasaron mientras leíamos? ¿Cuántos anuncios comenzaron a titilar alrededor de estas letras? ¿Cuántas notificaciones irrumpieron en la pantalla, y cuántas veces abandonamos la lectura —o la escritura—, para prestarles atención? ¿Cuántas veces recordamos un recado, una efeméride o un chiste, y pensamos “ah, voy a escribirle así, rápido, a…” y reemplazamos esta pantalla por otra para enviar un mensaje de texto o un correo electrónico? ¿Cuántas veces nos remitimos a Twitter, Facebook o cualquier otra plataforma sociodigital? ¿Cuántas veces, en fin, un simple clic se convirtió en un hoyo negro siniestro que nos chupó sin remedio, y del cual emergimos quince minutos después, sin saber bien a bien qué era lo que estábamos haciendo antes de perdernos? Cada quien sabrá la respuesta, y desde luego el propósito del ejercicio no es blandir dedos flamígeros ni culpabilizar a nadie, porque si bien cada uno individualmente decide dejar lo que está haciendo para hacer otra cosa, cada vez es más claro que no es que sea un fenómeno personal, algo que nos sucede porque no somos capaces de dejar de lado los aparatos para concentrarnos en lo que realmente importa, sino que es algo sistémico, una forma aún más salvaje del capitalismo salvaje, algo que así está diseñado, y contra lo cual, por nuestra cuenta, no podemos hacer demasiado.
Porque, claro, lo fácil es decir, como mi interlocutor, que el problema somos nosotros, que nos falta disciplina, que no somos capaces de comprometernos con una tarea y terminarla… pero no es tan sencillo; decir que no ponemos atención porque somos flojos es como decir que los altos índices de obesidad se deben a que la gente no quiere comer bien, sin tomar en cuenta todos los incentivos perversos para mantener una mala alimentación, y eso no es ni justo, ni sensato: la falta de atención, como la obesidad y otros problemas, tiene muchas causas, empezando por la principal, que básicamente se resume en que nuestra atención genera riqueza, y no para nosotros, sino para alguien más. Si estoy escribiendo esto, y de pronto me aburro o me atoro, habrá una parte de mi cerebro que no quiera seguir peleando y prefiera moverse, buscar cierta información, jugar algo, poner un tuit, porque todo eso está diseñado para darme una gratificación inmediata, sin tomar en cuenta que al hacerlo estaré comunicando información que alguien más va a recuperar y a vender. ¿Suena perverso? Lo es. ¡Atención!
Juana Inés Dehesa es escritora, comunicadora y formadora de usuarios de cultura escrita; le gusta jugar por las laterales y alegarle al ampáyer.
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