Confianza

08/04/2022
Por Juana Inés Dehesa

“Yo no sé las autoridades qué están pensando, ¿qué no ven cómo es la gente?” Esta frase parece ser el refrán de moda entre los mexicanos —y bastantes extranjeros— para referirse a la decisión de la mayoría de las autoridades de salud en el mundo de suspender las medidas de restricción que impiden la propagación del virus que provoca Covid-19.

Generalmente, la frase va acompañada por una exposición más o menos larga cuyo objetivo último es dejar bien claro que nuestro interlocutor, o interlocutora, sí es una persona cuidadosa que toma precauciones para no contagiarse, aún cuando esas precauciones ya no sean obligatorias. El problema, nos dice sin decirnos, no soy yo, el problema son los otros.

Y sí, en la antesala de la que es sin lugar a duda la temporada más tumultuaria y montonera del año mexicano, la semana santa, donde se pueblan hasta el exceso templos, sitios vacacionales, enclaves turísticos y cuanto lugar existe en la república para esparcirse y ser feliz, parece reinar este espíritu de que corremos peligro, pero no por nuestra propia falta de precaución, porque nosotros sí nos cuidamos, sino por los otros, por eso que llamamos la gente, que no sabemos bien a bien quién es, pero sabemos, ¡uy, si no lo sabremos!, cómo es; sabemos que no se cuida, no tiene precauciones y, en suma, no es como nosotros y, por lo tanto, nos pone en peligro.

Se podría decir que está bien, que un poco de recelo y desconfianza nunca le han hecho mal a nadie. El problema es que la vida en sociedad no puede entenderse sin un alto grado de confianza en el otro, sin una conciencia de que quienes me rodean son igualmente capaces, enterados y responsables que yo, o aún más; para seguir con el ejemplo de la pandemia y las precauciones, la única manera de salir a la calle y a las plazas con el espíritu mínimamente tranquilo, es pensar que así como yo he sido lo más responsable posible, me he cuidado y he seguido las recomendaciones de las autoridades, así han hecho todas las personas que me rodean.

Me imagino que ya para estas alturas quienes comenzaron la lectura un tanto escépticos, ya se convencieron del todo de que no tengo razón. “¿Cómo va a ser?”, se estarán diciendo, “si el mundo está poblado por seres atrabiliarios e irrespetuosos, que tiran basura, se pasan los altos y no atienden ningún tipo de llamada de atención?”. Pues sí, pues sí, a veces así lo parecería; a veces la realidad nos pone frente a seres que no comparten nuestras formas de ver el mundo o que, de plano, se brincan cualquier tipo de regla, porque pueden y porque sienten que son más listos o más meritorios que el resto.

Sin embargo, no tenemos más remedio que tenerles confianza. Sí, inclusive a esos seres en quienes preferiríamos no confiar. No nos queda de otra, porque hemos decidido que la forma en la que queremos organizarnos es la democracia, y porque aún a pesar de tantos años de prácticas corruptas y autoritarias, elegimos seguir pensando que preferimos tomar decisiones entre todos, o decidir al menos quién va a tomar las decisiones por nosotros. Y, aunque nos pese, la democracia implica confiar en el otro, asumir que entre más mexicanos opinemos y tomemos decisiones el desenlace será mejor para la mayoría (ojo, no para mí, sino para la mayoría, que es al mismo tiempo la paradoja y el encanto de la democracia). Y eso sólo se acepta plenamente si se confía en el otro.

Suena difícil, claro que sí. En medio de tantas agresiones y transgresiones, ¿cómo voy a confiar en el otro? La respuesta es así, confiando; escuchando más y juzgando menos, marcando límites y respetándolos, entendiendo que para que deje de existir “la gente”, es necesario que hagamos lugar en nuestro universo para las personas, con nombre, apellido y opiniones que no necesariamente serán iguales a las nuestras (es más, mejor si no lo son). Solo entonces podremos depositar enteramente nuestra confianza, y nuestro bienestar, en sus manos. No es poco

Juana Inés Dehesa

Juana Inés Dehesa

Juana Inés Dehesa es escritora, comunicadora y formadora de usuarios de cultura escrita; le gusta jugar por las laterales y alegarle al ampáyer.

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