¿Te ayudo?

08/01/2021
Por Juana Inés Dehesa

Era uno de esos documentales sobre el Holocausto que se encuentra una en la tele de vez en cuando. En éste, una cineasta se lanzaba a entrevistar a mujeres que habían sobrevivido a las persecuciones y los campos de concentración, y que estaban dispuestas a contar su historia. No era nada terriblemente nuevo; era, eso sí, atroz y doloroso, como suelen ser las historias de este tipo, pero tristemente conocido. 

Salvo una de las historias, la de una mujer que antes de empezar a contar nada, había llenado sistemáticamente su mesa de todo tipo de comida: panes, mermeladas, carnes frías, mantequilla, té, agua mineral, pasteles, mientras le insistía una y otra vez a su interlocutora que lo más importante, antes que nada, era que se sentara y comiera algo porque claramente tenía hambre y no era cosa de que anduviera por ahí desnutrida.

Finalmente, la entrevistadora (que se veía más bien blandengue y aburrida como chupar un trapo, pero ése no es el punto), accedió a darle dos mordisquitos a un pan, y con eso la abuela judía se dio por satisfecha y comenzó a narrar su vida y la de su familia en un pueblito polaco, quiénes eran, cómo vivieron, y cómo sobrevivieron.

Los detalles precisos ya no los recuerdo —el abuelo creo que era sastre y a la mamá le gustaba mucho cantar, o algo así—, pero tengo presentes dos momentos, cruciales ambos, en que la vida de la mujer, y de su familia, tomaron un giro distinto.

Recuerdo particularmente el segundo de los momentos, cuando la mamá de la narradora estaba en la panadería, pidiendo que le vendieran el pan viejo, porque al abuelo sastre lo habían detenido por ser judío, y la abuela y la madre apenas si podían alimentarse. Una mujer que estaba comprando pan la vio y le preguntó para qué quería el pan viejo, “para un perrito que tenemos”, fue la respuesta, que la mujer reconoció como la mentira que era y, después de sentarse con la niña y escuchar su historia, le ofreció enseñarle a coser y a remendar ropa para que pudiera tener un oficio y conseguir trabajo. 

Yo sé que no es la anécdota más original del mundo, como para que yo venga y se las cuente ahora a ustedes, y sé que deben estar pensando que las festividades navideñas me trastocaron bastante las nociones, pero ténganme paciencia, y les explico.

De entrada, debo decir que la mujer contaba muy bien las cosas, y tenía un gran encanto para hacerlo. Pero eso no tiene que ver. Más bien, me imagino que esta historia me causó tanta impresión porque refrendó lo que, en el fondo, todos los seres humanos más o menos sabemos: que andar por la vida pendientes unos de los otros, y dispuestos a ofrecer ayuda, no tendría que ser un acto heroico, sino una forma habitual de comportarse.

Dos mil veinte fue un año cruel, duro y salvaje, pero lleno de lecciones. Una de ellas, para mí la más importante, fue que nos puso frente a nuestras mezquindades más fuertes; frente a los egoísmos individuales y colectivos, a las injusticias y los horrores que hemos dejado que se nos conviertan en cosa de todos los días. Eso que sabíamos o por lo menos sospechábamos —que nuestro sistema de salud le falla sistemáticamente a quienes más dependen de él, que nuestras fuentes de empleo son precarias e injustas, que hemos construido un mundo hecho para beneficiar a quienes de por sí nacieron beneficiados— se ha convertido en una realidad que ya no deberíamos ignorar.

Porque, frente a eso, resulta que se nos ha ido quitando la costumbre de preguntar, “¿te ayudo?”. Porque qué tal que se aprovechan de mí, qué tal que se ofenden, qué tal que me dicen algo que no quiero escuchar, o yo qué puedo ofrecerle a nadie. 

Cuando lo único que puede salvarnos, a cada uno por separado y a todos en conjunto, es arriesgarnos a ofrecer y a recibir. Porque nadie puede funcionar solo, no es cierto que haya quien “se hace a sí mismo” y no hay acto más digno ni más humano que parar, reconocerse en el otro y preguntarle “¿te ayudo?”. 

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Juana Inés Dehesa

Juana Inés Dehesa

Juana Inés Dehesa es escritora, comunicadora y formadora de usuarios de cultura escrita; le gusta jugar por las laterales y alegarle al ampáyer.

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