128 susurros, de Cecilia Miranda, en Teoría de la generación espontánea de los alumnos del Programa Educativo SOMA

128 susurros, de Cecilia Miranda, en Teoría de la generación espontánea de los alumnos del Programa Educativo SOMA

10/10/2021
Obra de Cecilia Miranda
Por Arturo Soto

“El plan era ponerle color a las casas porque todo esto era una mancha gris”

Esto es parte de lo que dijo Dione Anguiano, jefa delegacional de Iztapalapa, cuando se inició un programa de mejoramiento urbano que contemplaba pintar 2 mil 500 casas habitación en el Cerro del Peñón, una zona colindante entre dicha alcaldía y Ciudad Nezahualcóyotl, en agosto de 2016.

Estos programas, que siguen activos en muchas regiones marginadas de la Ciudad de México y la zona metropolitana –y de numerosas ciudades latinoamericanas–, pretenden dotar de color a la mancha urbana, generar comunidad, ​​mejorar el paisaje y la calidad de vida de los habitantes y y con ello –supuestamente– disminuir los índices de violencia en las zonas.

Los gobiernos locales y estatales, en un convenio con empresas como Comex (a través de su asociación civil Corazón Urbano A.C.), obsequian pintura y herramientas a colonias enteras para que pinten sus fachadas y así hacer del paisaje una vista menos gris.

Esto es parte del abordaje que la artista visual Cecilia Miranda (Ciudad de México, 1993) ha realizado alrededor de la vivienda en las zonas de la periferia, la manera en que el gobierno ha intentado recuperar estos territorios a través de dichos programas y la forma en que los habitantes resisten a esta sutil forma de colonialismo, apropiación y borrado. Este proceso y las piezas artísticas resultantes hasta ahora forman parte de la exposición colectiva Teoría de la generación espontánea de los alumnos del Programa Educativo SOMA, un trayecto pedagógico de dos años y medio en el que 12 artistas exploraron, de manera individual y colectiva, los intereses que sustentan sus propias prácticas artísticas.

“Pintar una fachada es hacer ver que al gobierno le importa”

La artista vivió en Coacalco, un territorio que se divide de la Ciudad de México por el Cerro del Chiquihuite. Durante los 15 años que lo habitó, el espacio marcó su infancia y adolescencia “con la idea de viaje, por tener que trabajar en la Ciudad de México y vivir fuera de ella”, mientras pasaba de ser un espacio casi rural a un entorno totalmente urbanizado en el que predominaba la autoconstrucción como una mancha gris.

Coacalco es una de las muchas comunidades históricamente de resistencia al territorio que se han tenido que hacer de un lugar y una posibilidad de vivienda que el Estado no les provee.

Cecilia migra de Coacalco y por algunos años lo deja de frecuentar. Cuando regresa al que consideraba un espacio familiar recorre un camino en el que observa un paisaje que ya no era gris sino de muchas casas pintadas de los mismos colores. “Era muy extraño[…] que muchos decidieran pintar sus casas del mismo color…”, me cuenta como preámbulo de lo que detonaría su investigación, un proyecto que coincidía con sus intereses específicos en los espacios que se habitan y en la idea de casa. 

Conoce entonces los programas públicos que, desde 2010, obsequian pintura de fachada a ciertos asentamientos para mejorar su apariencia a los ojos de quienes los miran a la distancia. Así, espacios de la Gustavo A. Madero, Ecatepec y otros asentamientos visibles a lo largo de la autopista México Pachuca, se miran llenos de color. “Los programas Ilumina México y Pinta en Grande, a través de lo que definen como mejoras urbanas, van pintando el territorio a través de intercambios con empresas para conseguir y regalar pintura. Las personas [los habitantes] no deciden de inicio los colores con los que van a pintar su territorio, pero son ellas quienes pintan. Había muchas capas que para mí parecían extrañas. ¿Por qué en vez de mejorar las condiciones legales, territoriales y de servicios de estos asentamientos, es más importante pintarlos? Ahí empecé a darme cuenta que la pintura estaba apareciendo como un dispositivo, en su noción etimológica que es justamente una estructura que oculta su mecanismo de funcionamiento: en realidad lo que pasa con la pintura de fachada en estos asentamientos –que se miran a la distancia porque están en cerros–, es que ocultan el estadío indeterminado en el que se encuentran [las viviendas] y empiezan a convertirse en cerros de colores que, en una mirada del Estado, son cerros bonitos […] que son paisajes para quienes entran y salen de la Ciudad de México, para mí fue muy fuerte ver que este ejercicio es en realidad una forma de distraer la mirada de quienes vamos y venimos”, me menciona Cecilia durante nuestra charla. 

Con este panorama de participación de actores del Estado y del sector privado parecería que los habitantes quedan fuera de las decisiones en el programa. Pero esta sería una lectura aún muy superficial. Mientras platicamos, Cecilia menciona varias veces que en su investigación va notando “muchas capas”; como en la pintura de una fachada, pienso. 

La idea de ciudad es un fantasma y está maquillado con pintura

En estos programas, los habitantes son participantes activos porque son ellos quienes ejecutan, son ellos la mano de obra. Al pintar sus fachadas, los habitantes cumplen con el aporte general a este paisaje que se ve desde lejos pero en el que hay muchos espacios, visibles solo desde el propio entorno, de cerca, en el que siguen teniendo decisión: sí, es una casa amarilla dentro de todo ese conjunto visible desde la autopista, pero también es una ventana blanca, la mitad de un muro azul, una puerta verde. Cecilia duda en si en esto hay un acto de resistencia, siente que al nombrarlo así quizá lo esté romantizando, pero sin duda ahí hay otra capa: las estrategias que estas personas se inventan a sí mismas para hacer algo que les produzca identidad desde el color. Los habitantes tienen la última palabra.

Ser pintor de brocha gorda

Cecilia Miranda siempre se había mantenido alejada de la pintura desde un rechazo personal a la práctica como un medio de representación. “Yo estudié en la ENAP pero no me considero una ‘buena dibujante’. Constantemente los profesores nos decían que para saber pintar, había que saber dibujar antes. Entonces como yo no sabía dibujar muy bien ni siquiera lo intenté. […] La ENAP es muy sectaria y disciplinaria en términos de que eres artista o eres pintor, es una sentencia de quienes enseñan pintura; hay toda una idea de lo que es ser pintor, de lo que puede hacer un pintor porque además existe esta idea muy masculinizada del pintor.” 

“Cuando empecé a trabajar esto, me llamó mucho la atención que fuera el mismo material que me había repelido. Es pintura vinílica acrílica: la base es la misma (agua), tú puedes pintar un cuadro con pintura Comex porque es acrílica, solo que las venden en tiendas separadas. Noto cómo solo se utilizan de formas muy distintas y a escalas totalmente diferentes: aquí no están pensando en un bastidor, están pensando en una casa; no en un pincel sino en una brocha; no en representar una casa sino en pintar una casa.”

Así, la artista se dio cuenta de que podía hacer un ejercicio pictórico abordando la pintura desde otra de sus acepciones, lejos de una práctica académica de lienzo y pincel, sino entendiéndola como ese dispositivo político y económico que se activa con una brocha al aplicarse sobre un muro y que genera relaciones económicas y políticas tangibles.

“Yo sentía que la práctica artística que aprendí fue mucho más desde la teoría, aprendí más de teoría que de arte (material), por lo que mi relación con los materiales siempre ha sido desde el lenguaje.”, me explica Cecilia.

Conociendo su práctica y su contexto social y geográfico, no es difícil entender cómo la ambigüedad de las palabras y las posibilidades lúdicas en sus combinaciones son aspectos que sustentan la pieza que expone en SOMA: 128 susurros, que forma parte de Color abismo, un proyecto más grande que ha estado desarrollando desde 2019 como una exploración sobre las implicaciones políticas del color en el espacio.

“Política cromática”

En SOMA presenta una especie de puerta de entrada a esta relación política del color con el territorio, específicamente en la pintura de fachada y los nombres de los colores. Color abismo aborda el ejercicio del poder, la necesidad de dominio de un territorio y de disfrazar a una ciudad de progreso. También es una reflexión sobre cómo nombramos. 

En condiciones habituales, nuestro reconocimiento del mundo es principalmente a través de los ojos y buscamos categorizar y definir lo que vemos y lo que queremos que los demás vean. Las relaciones entre los colores y las palabras son inagotables, pero ¿quién decide esas relaciones? En la clasificación, distribución y preferencia de los colores hay factores de clase o género que normalmente se dictan desde el poder. No hay una casa color menta en las Lomas.

Cuando la artista busca los colores con los que habían sido pintadas las fachadas en el catálogo de Comex, da con nombres que eventualmente dieron pie a la pieza que presenta en SOMA. Se encuentra con colores nombrados como objetos exóticos o como conceptos y abstracciones que rayan en lo poético. Por ejemplo, la gama cromática elegida para pintar las fachadas en estos programas lleva nombres como amarillo Salvavidas, verde Tepeque y morado Impulso. Y surge la pregunta de quién nombra a esos colores.

“¿El color Certeza?, ¿el color Confort?, ¿el color Ley? Porque si yo te digo el color Quinceañera, el color Amor platónico, hay un universo cultural común que nos puede remitir a cierta gama de colores, como el rosa; si yo te digo Cítrico, Piña o Vegetal, tenemos una relación; pero si yo te digo Afán, Afecto, ¿qué es eso?”.  A través de su investigación ha podido conocer el proceso detrás de la selección de los colores que marcarán tendencia y en cómo se nombran. Diseñadores, arquitectos, curadores, incluso chefs, hacen un “encierro creativo” para vaticinar el futuro a través de las tendencias cromáticas y darle un nombre a los colores de la gama.

“En mi práctica constantemente aparece el lenguaje como un medio que me permite poner en tensión las formas en que me he relacionado con el mundo, con los objetos, los materiales, los espacios, los lugares, las casas”.

128 susurros

Para la pieza que expone en SOMA, Cecilia no quiso mostrar fotografías de las fachadas de la zona por considerarlo un ejercicio estetizante. Lo que buscaba era dialogar con la comunidad que habita los alrededores de SOMA, quienes no son integrados al espacio, con quienes normalmente no hay una relación orgánica de inclusión y participación. Pensó en “un gesto que girara con el viento”, sobre todo porque hoy la pugna por el aire es la pugna territorial por la vivienda. En un gesto que fuera visible por los habitantes de los edificios vecinos de la escuela.

El resultado es una escultura de 7 franjas que, mediante una estructura de movimiento eólico, genere un ejercicio de poesía combinatoria. Los poemas estarán creados en función de los nombres del pantone oficial ColorLife 2.0 Comex y que dan la posibilidad de dos poemas combinatorios, de acuerdo a la cara que se esté mostrando. ​​Los colores corresponden a una selección de colores de Comex que tienen nombres de sustantivos con cualidades subjetivas, o con adjetivos calificativos.

“Son piezas pequeñas que van a muro y que están pintadas con pintura Comex. Me interesa mucho decir que yo trabajo con pintura Comex. Al decir que uso esta pintura, estoy diciendo que el tipo de material es importante, que no sería igual si fuera otra cosa”.

Escaneando un código QR, el usuario traduce a palabras el poema que está mirando. Así activa un poema aleatorio construido a partir de fragmentos de los nombres de las pinturas y conectado con preposiciones. El poema es el mecanismo de lectura de la escultura; y en el espacio expositivo de SOMA invita al usuario a salir de la sala nuevamente para observarla hacia arriba y a lo lejos y leerla con su celular en la mano. Aquí hay otro gesto que encuentro valioso: es mirar como una generalidad lo que tenemos lejos, como cuando vamos en la autopista y miramos esos cerros pintados de colores.

Por los días en que conocí esta pieza de Cecilia, leía en un libro editado por Alfonso Santiago la pregunta “¿Cómo es un color que nunca has visto?”. Es una pregunta difícil y que me detona muchos pensamientos. No sé cómo responderla, solo sé que la respuesta siempre estará en las palabras.

La exposición estará hasta el 23 de octubre. Detalles en el sitio web de SOMA. Conoce más del trabajo de Cecilia Miranda en su sitio web y en Instagram

Cecilia Miranda Gómez (Ciudad de México, 1993)

Es una artista que hace casicasas. Su práctica aborda relaciones afectivas y políticas en torno a la vivienda, a través de investigaciones entre sujetos, objetos y espacios. Colabora como escritora, productora y docente con diferentes iniciativas. Fue integrante del Programa Educativo SOMA 2021. Recibió la beca Jóvenes Creadores del FONCA (2019-2020). Parte de su trabajo ha sido presentado en muestras colectivas e individuales en Alemania, Austria, Chile, México y Portugal. Formó parte del Seminario de Producción Fotográfica 2016 del Centro de la Imagen. Desde 2017, imparte cursos y talleres sobre arte contemporáneo en espacios públicos y privados. Como gestora, ha colaborado en proyectos artísticos en espacios como MUAC, MUCA Campus y el Centro de la Imagen. Sus textos forman parte de publicaciones independientes entre las que destacan En una orilla brumosa (2021, Gris Tormenta) y (^) (2019, Hysteria). Parte de sus piezas artísticas se encuentran en colecciones privadas de Austria, Alemania, Estados Unidos y México. Actualmente, cursa la Maestría en Investigación Artística en la UNAM y forma parte de la editorial independiente la casa arde. Vive y trabaja entre la Ciudad y el Estado de México.

¿Eres artista y tu obra está relacionada a las problemáticas de la Ciudad de México y la zona metropolitana? ¡Queremos publicarla! Envía un correo a contacto@mivaledor.com

Arturo Soto

Diseñador gráfico, fotógrafo, tuitero y fan de Shakira. Me gusta la calle, el café con pan y pensar el poder de las imágenes.

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