
El arte es de todos, y es lo que nos recuerda este breve Fototexto, que además nos sumerge en la historia de tantos y tantos vendedores que deben renunciar a sus sueños para obtener el pan de cada día.
Me presento, yo soy Hilario. ¿Que de dónde soy? De ahí por Buenavista.
No, no te puedo ayudar. Nomás lo veo diario en el trabajo.
El tianguis me queda caminando. Casi siempre me hago mis diez minutos porque vengo con achichincle y repleto de la vendimia. Sí sé quién, es este de la foto. Es el “Vladimir”.
La verdá, a oídas lo conozco. No lo suficiente, pero mejor que muchos otros.
Primero se tomó el tiempo de hacer sus propios diseños. Mucha litografía, serigrafía y grabados en distintos tipos de madera. Entre más bara la madera, pues más le sacaba.
De todas maneras, nunca les sacó a sus creaciones. La última vez que lo vi colgar una de sus obras, se la terminaron regateando.
Quince pesos han de haber sido. Veinte pesos cuando mucho.
Fue la primera vez que se acercó a mí. Me dijo: “Cuatro horas pa’ no sacar ni el tostón”.
Lo pensó mucho antes de ponerse a vender lo mismo que yo. Para él fue aceptar su fracaso.
Desde que sacó mi contacto que hace réplicas de esas fotos populachas, ya nadie vende nada. Como quiera, con su arte él era la ovejita negra. Ahora nadie saca pa’ nada.
Nomás vienen y se pasan de corrido el tianguis. Todos apurados con su máscara.
Yo siempre supe que la culpa es suya. Por querer ser original, estos maestros no han entendido que el que roba es el que vende.
Lo bueno que también me pongo en Buenavista los martes. Cuando no ando ocupado por allá en el tianguis cultural. Como de ocho a seis. La vendimia siempre continúa.
Todos los días se ven las caras en el tianguis. Apenas y se saludan. La dinámica siempre es la misma.
Llegan, montan, venden y se van.
Vladimir diario muestra su derrota ante el fracaso de su obra. Vende esas fotos porque tiene que sacar feria de algún lado. Sus hijos no están en edad de proveer. Al menos así piensa él.
Un martes lo vi salir de su casa, era temprano. Ahí en la colonia Tabacalera. Salió para Insurgentes y caminó. No dio pista de su quehacer.
Siguió su trayecto hasta llegar a Buenavista. Reconoció a Hilario.
Por primera vez desde que decidió dejar su obra se dirigían la palabra.
Hilario parecía nervioso. Recogió unas ilustraciones del asfalto y se las puso por detrás de la espalda.
—¿Qué trais ahí, maestro? —le preguntó Vladimir.
Ni se movió. Ni muestra de hacer por moverse. Con la pura vista, Vladimir lo obligó a desenmascararse, como si el nombre tuviese una carga histórica.
Hilario le mostró unas ilustraciones y quedó estupefacto. El gesto de Vladimir cambió.
Creí que enfurecería, pero sonrió. Echó una carcajada llena de energía dirigida al sol.
Le comentó a Hilario: “El arte es de todos, maestro”.
Dobló hacia Circuito Interior.
El sábado regresé al tianguis.
Del tiempo que lo seguí, nunca lo vi tan alegre.
En busca de expresarse por lo visual, verbal y corporal. Observador de la calle y amante de su jerga.
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