
Nuestra querida Gaby Damián trae a la vida algunas de sus memorias de infancia, cuando estudiaba en una escuela de monjas, y la eterna pregunta que ronda su cabeza.
Varias veces, a lo largo de mi vida, he sufrido arrebatos místicos que me desconciertan, cual Winona Ryder en Mermaids. El primero fue cuando, por andar en la mudanza de una punta de la ciudad a otra, mis papás no tuvieron cabeza para mandarme al catecismo con mis amiguitas de la escuela de monjas de la antigua escuela. En la nueva, ya todas habían hecho su primera comunión, por lo que no había cursos disponibles de catecismo. Y cuando hubo, ya nos dio mucha flojera (mis papás querían que mi hermana y yo tuviéramos una buena educación y se decía que los colegios religiosos la ofrecían, pero nunca fueron muy devotos de la Iglesia Católica).
Ya en la secundaria, tuvimos un retiro espiritual en el que nos encomendaron escribirle una carta a Dios. Recuerdo perfectamente aquel jardín en Coyoacán. El susurro de las hojas de los árboles y la sensación de que Dios respondía lo que yo iba escribiendo en mi cuaderno, lejos de mis compañeras, me convencieron de que estaba siendo llamada a vivir una experiencia como las de Santa Teresa de Ávila o Hildegard von Bingen. Cuando acabó el ejercicio comulgué, muy convencida y feliz de “recibir a la presencia divina en mi cuerpo”, que era lo que el padre había dicho nos ocurriría al tomar la hostia. Pero una pérfida chamaca me traicionó y, en frente de todas, gritó: “¡Ella no ha hecho aún su primera comunión!”. Monjas y sacerdotes se alarmaron, me regañaron y obligaron a hacer el famoso acto de contrición. Y yo quedé muy dolida, pues en verdad quería “recibir” a Dios, agradecerle por la vida, por la música y por mi perrita Odie.
En lugar de ganar una adepta mística, las monjas de mi escuela obtuvieron una rebelde con causa. “Acto de contrición” (Act of Contrition) era también una canción de Madonna, que en ese momento se besaba con San Martín de Porres y quemaba cruces en MTV; así que me revestí de un halo no de santidad, sino de coolness, pues asumí que el lado oscuro de los vampiros, los fantasmas y el diablo habían ganado mi alma, y me dediqué a portarme mal. Pero en el fondo siempre he querido volver a ese minuto de beatitud monjil, y cada vez que las veo en la calle intercambio con ellas una mirada de anhelo, pues hacen muchas cosas que a mí me gustaría poder hacer: cocinar como los ángeles, escribir como Sor Juana, componer música como Hildegard, extasiarse como Santa Teresa… Y supongo que viceversa, pero eso es pura vanidad. Quién sabe si todas esas libertades de la vida secular les valgan la pena, o si a las mujeres nos va de la patada, digamos, en general. Sobre todo, cuando las veo, sonrío y me olvido de todas nuestras viejas rencillas. Quisiera preguntarles: “Chicas, en aquella ocasión, la voz de los árboles… ¿sí me respondió o lo imaginé? Sean sinceras: ¿a ustedes sí
les toma la llamada?”. Aunque en el fondo, ya sé la respuesta.
Es escritora de narrativa y ensayo. Pertenece al Cúmulo de Tesla, colectivo de arte, ciencia y ciencia ficción. Es la primera mexicana en ganar el premio de ciencia ficción feminista James Tiptree Jr. Award. Sigue teniendo arrebatos místicos en @gabrielintica.
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