Desde la arepa hasta el taco. Ilustración de Sofía Fernández Castelló
Ilustración de Sofía Fernández Castelló

Desde la arepa hasta el taco

06/09/2021
Por Alejandro Peña

Alejandro Peña platica la tortuosa salida de su adorado Venezuela hasta llegar, no sin fuerte temor, a México: “Vivir en un país sumido en crisis es una pesadilla. Nada tiene sentido. No hay esperanzas ni sueños; el futuro se oculta tras la neblina de la incertidumbre. La única opción es la de huir, lejos.”

hecho por valedores

Venezuela era un país próspero, una promesa latinoamericana. Recibió grandes cantidades de migrantes europeos durante la Segunda Guerra Mundial, y con el paso del tiempo continuó albergando a más personas de otras partes del mundo. Era un país perfecto pera invertir. Muchísimos extranjeros se asentaron allí luego de iniciar negocios propios y con el pasar de los años, formaron familias enteras, mezclándose con aquellos nacidos en esa rica tierra petrolera, de hermosas playas, desiertos, selvas, montañas nevadas y llanos extensos.

Pero llegó la dictadura. Un inolvidable diciembre de 1999, como resultado de las elecciones democráticas, un régimen militar con ideas socialistas se aferraría al poder para no soltarlo nunca más. Desterró a la empresa privada, humilló e invalidó a los partidos políticos de oposición, cerró medios de comunicación críticos a su gestión, aprobó una nueva Constitución y creó leyes que lo favorecían, reformó la estructura del Estado, alargó el periodo presidencial e instauró la reelección indefinida para los cargos de elección popular, se peleó con las organizaciones democráticas internacionales y automáticamente desconoció su sistema de normas y tratados, nacionalizó la empresa petrolera y la arruinó, así como a todas las otras empresas que expropió, se apoderó de todas las instituciones públicas y las sometió a sus ideales, generó un desabastecimiento de alimentos y medicinas propio de un país en guerra, entregó armas a los “colectivos” (grupos delincuenciales ubicados en barrios populares) para utilizarlos como “protectores de la patria” y resultó en un caos social irreparable, devaluó la moneda varias veces y causó una inflación de más de tres cifras porcentuales.

Todo lo anterior ha degenerado en una crisis política, económica y social que se registra como una de las más graves de la historia moderna. Millones de venezolanos sufren en extremo para conseguir al menos una ración de alimentos al día, y aquellos que necesitan medicinas con regularidad, padecen un constante calvario. El pasado julio de este año, la Organización de Estados Americanos (OEA) indicó que la migración venezolana podría alcanzar los 7 millones de personas a finales de 2021 o principios de 2022, superando incluso el éxodo en Siria, considerado hasta ahora el mayor del mundo, con más de 6.7 millones de refugiados que han huido de la guerra que inició en 2011.

La OEA destacó cinco razones que empujan a los venezolanos a escapar de su país: 

  1. Una emergencia humanitaria compleja: datos de la ONU apuntan que 1 de cada 3 venezolanos enfrenta condiciones de hambre.
  2. Violaciones de derechos humanos: el Secretario General de la OEA señaló que han identificado 18,093 ejecuciones extrajudiciales realizadas por fuerzas de seguridad del Estado o colectivos desde 2014.
  3. Violencia generalizada: el país también es azotado por el crimen y las bandas delictivas. El Observatorio Venezolano de la Violencia afirma que Caracas es la ciudad más violenta de Sudamérica. 
  4. Colapso de los servicios públicos: los venezolanos viven cortes diarios en los servicios de luz y agua. El Comité de Víctimas de Apagones asegura que en el año 2020 se registraron 157,719 apagones en todo el país. Además, el 92% de los hogares en Venezuela no recibe agua de forma regular.
  5. Colapso económico: según el Fondo Monetario Internacional, Venezuela es el país con la inflación más alta del mundo (6,500%).

Como consecuencia de este devastador contexto, yo, como muchos otros venezolanos, decidí emigrar. Quizá mi historia se asemeja a la de gran parte de mis compatriotas en el exilio.  

Un día, desesperado y agobiado, decidí comprar un pasaje por tierra hasta Ecuador, donde vive uno de mis primos. Le pregunté si se sentía bien allá y me dijo que sí. Solo eso me bastó. La angustia te lleva a tomar decisiones apresuradas. En poco menos de una semana guardé parte de mis pertenencias en dos maletas grandes y una pequeña. Era como empacar mi vida; mientras acomodaba la ropa, me llegaban recuerdos de momentos alegres, de amigos, de viajes, y a la vez muchos sueños que tenía pendientes.

El día de mi partida me fui con el alma sedada a la terminal de autobuses. Mi mamá me acompañó. Ninguno había llorado. Yo estaba preocupado por los detalles del viaje y quería estar en carretera cuanto antes, salir de ese país en ruinas que me entristecía cada vez más. Cuando salió el autobús, y vi a través de la ventana a mi mamá llena de lágrimas, yo también comencé a llorar, sin poder contenerme. Hasta ese momento caí en cuenta de que viajaba a lo desconocido, y de que no sabía cuándo volvería a ver a mis familiares, a mis amigos y a mi país.

Al día siguiente, llegamos al límite territorial que separa Venezuela de Colombia, y como el régimen venezolano cerró el paso de vehículos, es obligatorio cruzar a pie. Nos bajamos con nuestro equipaje y caminamos por el puente Simón Bolívar, punto de unión entre ambas naciones, para poder abordar otro autobús. Había cientos de venezolanos emigrando. En mitad del puente giré la cabeza y miré por última vez la tierra en la que nací. “Hasta pronto Venezuela”, me dije, sin estar muy seguro de ello.

Así comenzó mi aventura llena de penas y triunfos. Muchas tristezas, pero también alegrías. Con gente buena y mala en el camino, con decepciones y sorpresas, pero, sobre todo, con una perenne melancolía por Venezuela. Tu país lo llevas por dentro, y siempre estará contigo a donde vayas.

Luego de vivir dos meses en Ecuador y dos años en Perú, decidí venir a México. Siempre me llamó la atención. Desde joven soñaba con visitarlo: su riqueza cultural me fascinaba, su historia como cuna de los imperios Azteca y Maya me parecía maravillosa, sus producciones cinematográficas de mediados del siglo XX eran una delicia para mí. En fin, siempre fue un destino soñado, incluso cuando ni siquiera imaginaba que tendría que huir de una crisis humanitaria.

Al aterrizar en Ciudad de México estaba lleno de ilusiones, planes y objetivos. Aunque no puedo negar que también estaba un poco cansado de no tener un lugar fijo para vivir, de no tener un hogar, de sentirme a la deriva. Y con Venezuela siempre en mis pensamientos, cada vez más hundida y destrozada.

Renté una habitación con ayuda de una amiga, e inicié los trámites migratorios la mañana siguiente. Estaba preocupado. Aunque me había informado bien antes de arribar, y tenía conocimiento de buena parte del proceso, siempre surgen dudas y miedos ante posibles obstáculos. 

Primero debía acudir a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR). Leí que era preciso llegar muy temprano, así que a las 6 de la mañana ya estaba allí, formándome en las afueras del edificio hasta que nos permitieran entrar. Cada día atienden a grupos numerosos de personas extranjeras que llegan a solicitar refugio. Vi gente de Centroamérica, Cuba y Haití, junto a otros venezolanos. Todos impacientes y nerviosos. 

Al ingresar a sus instalaciones, nos ubicaron en un área del primer piso, donde atienden a quienes van por primera vez. Allí nos explicaron los derechos que tenemos como solicitantes de refugio, pero también los requisitos que debíamos cumplir y lo que sucedería si no los cumplíamos. Los extranjeros que no hablaban español fueron atendidos por empleados bilingües o políglotas. El francés suele ser el idioma más requerido.

Entregamos el pasaporte, la constancia de entrada legal al país y una sencilla planilla con algunos datos básicos, y seguidamente nos pidieron pasar de uno en uno a una pequeña oficina donde un trabajador de COMAR nos hizo preguntas detalladas sobre nuestros casos particulares.

Luego de pocas horas, nos informaron quiénes podíamos iniciar el proceso de solicitud de refugio. Ese día casi todos fuimos aceptados, a excepción de dos casos por incumplimiento de requisitos.

En ese momento sentí un gran alivio. Ese primer paso significaba mucho para mí. Cuando eres migrante te das cuenta de lo importante que es tener papeles. Todo trámite, por muy básico que sea, requiere de una identificación que certifique tu permanencia legal en ese país. Sin eso, es como si no existieras.

Ese mismo día también nos dieron la CURP, es decir, nuestra Clave Única de Registro de Población, que en México es un código alfanumérico con el que se registra a todas las personas que residen en este país, tanto nacionales como extranjeras. Todos quedamos gratamente sorprendidos, se notaba en nuestros rostros. Es importante mencionar que una gran ventaja de este proceso es que es totalmente gratuito y te recalcan ese punto desde que llegas a COMAR, para evitar posibles estafas. 

El próximo paso consistió en ir al Instituto Nacional de Migración (INM). Allí, con varios requisitos básicos, pedí la residencia temporal mientras tramitaban mi solicitud de refugio en COMAR, proceso que podía tardar algunos meses. 

Si llevas todos los requisitos, luego de pocos días te dan una pequeña tarjeta verde con tus datos personales y con una corta leyenda que dice “residencia temporal”. Al tenerla entre mis manos sentí alegría: todo avanzaba correctamente. Esa identificación me permitía trabajar de manera legal, lo que no estaba entre mis planes, ni en los de nadie. 

Posteriormente seguía una entrevista personal en COMAR con un experto en temas humanitarios. Allí me preguntaron con más detalle sobre mi historia personal y mis motivos para solicitar refugio en México. Además, me pidieron pruebas (de tenerlas) del peligro que corría en mi país y de por qué se vería amenazada mi seguridad si regresaba. Yo las tenía. Mucha gente se pone nerviosa por esta entrevista, porque con base en ella, se decide si tu solicitud de refugio es aprobada o no. Lo importante es decir la verdad.

Luego de esa entrevista, debía esperar a que se comunicaran conmigo para regresar a COMAR y conocer la respuesta en persona. Me llamaron después de tres meses. El día que fui tenía ansiedad. Supongo que es normal: lo que me dijeran ese día determinaría mi futuro. 

Mientras esperaba, todos mis pensamientos se arremolinaban sin control. Visualicé las opciones que me quedaban si la respuesta era negativa. Los nervios son así, te hacen caminar por escenarios desoladores. 

Pasaron varios minutos hasta que apareció el mismo especialista que me entrevistó y me indicó que entrara a una pequeña oficina. Por fuera quería aparentar calma, pero en mi interior rogaba con desesperación que aprobaran mi solicitud de refugio. Ir de país en país buscando una vida “normal” no es fácil, y con el tiempo te desgastas emocionalmente.

Tras unas breves palabras introductorias que casi no escuché porque tenía la mente nublada, el especialista finalmente llegó a la parte decisiva: “La Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados… Ha aprobado su solicitud de refugio”, dijo tan rápido que casi no lo creí. El alma me regresó al cuerpo automáticamente. Sentí un inmenso agradecimiento, creo que dije gracias varias veces seguidas. Recuerdo que era un día soleado, pero, aunque hubiese estado nublado, igual se vería brillante para mí. Salí con una sonrisa de esas que vienen de lo más profundo del ser.

Ese mismo día, COMAR me entregó una hoja que daba fe de mi recibimiento como refugiado. Con esa constancia me dirigí al INM para introducir una solicitud de cambio de estatus migratorio, de residencia temporal a residencia permanente. Es necesario esperar un tiempo para que se procese tu solicitud. A mí me contactaron luego de mes y medio. Estábamos iniciando la pandemia, pero todo aún funcionaba con la mayor regularidad posible y en menos de media hora ya tenía mi nueva tarjeta con la leyenda que decía: “residente permanente”. Por fin mi proceso migratorio había culminado con éxito y en menos de lo que imaginé. 

Honestamente, haciendo un recuento del proceso completo, debo decir que fue bastante eficiente, ágil y correcto. Siempre me trataron bien, tanto en COMAR como en el INM. Cada paso tomó el tiempo exacto que me indicaron desde el principio, y las dudas que me surgían eran aclaradas inmediatamente. Incluso llegamos a recibir ayudas económicas y despensas en las instalaciones de COMAR. Toda una sorpresa para mí. Estoy muy agradecido con México por acogerme sin contratiempos. Es un país enorme y diverso; a veces un poco intimidante, pero definitivamente es una tierra llena de maravillas.

Alejandro Peña

Valedor y periodista a tiempo completo. Zurdo, cinéfilo, amante de la lectura, la música, el café y el chocolate. En contra de las farsas sociales. Otro venezolano emigrante.

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