
Con su peculiar estilo y sus toques de humor, Juan Villoro reflexiona sobre el futbol en nuestra sociedad y en nuestra manera de convivir, y lo compara con otros deportes para hacernos pensar sobre cómo ha revolucionado el mundo.
El futbol es el espectáculo más popular y mejor repartido en el planeta. Baste recordar que la FIFA tiene más agremiados que la ONU (y además le hacen caso).
Cada cuatro años, el planeta se paraliza en nombre del futbol. Conviene mencionar a este respecto que Eduardo Galeano, escritor aquejado de la pasión por los goles, en temporada mundialista ponía un letrero afuera de su casa: CERRADO POR FUTBOL.
Cuando el partido comienza, el hincha cae en trance de futbolitis aguda. El futbol deja de ser un reflejo del mundo para convertirse en el mundo.
¿De dónde viene el gusto atávico por el deporte de las patadas?
El poeta Antonio Deltoro lo define como “la venganza del pie sobre la mano”. La especie que se desarrolló gracias al cerebro, al ojo y al pulgar oponente vuelve al origen pateando una pelota.
Esta regresión en el tiempo atañe a lo que fuimos como especie, cuando los pies eran decisivos para subir a los árboles, pero también a lo que somos como individuos: los partidos nos remiten a la infancia en la que juzgamos que los dioses son posibles y que la balanza del mundo se puede dirimir en un juego. Estamos, pues, ante un doble regreso: en los grandes días del futbol volvemos a ser niños y pertenecemos de nuevo a la tribu del comienzo.
Otro de los atractivos del futbol es que se trata del más democrático de los deportes. Si mides 1.55, jamás serás basquetbolista; en cambio, tal vez podrás jugar en la media del Barça. Si pesas menos de 80 kilos, difícilmente estarás en la línea de golpeo de un equipo de futbol americano, pero sin duda podrás oficiar de delantero.
El futbol se opone a la tiranía anatómica y repudia la idea del jugador “completo”. Como los héroes homéricos, los futbolistas deben dominar una destreza que los singularice (el tiro de Beckham, la tijera de Hugo, la marca de Maldini, el remate de cabeza de Bierhoff). Si en La Ilíada Aquiles es el de Los Pies Ligeros y Héctor el Domador de Caballos, en las canchas los jugadores destacan por virtudes equivalentes, perfectamente definidas. Ningún otro deporte admite tal variedad de picardías para ser ejercido.
Otra virtud de esta desaforada actividad es que tiene la peor jurisprudencia del mundo. Estamos ante un mérito que no todos aquilatan y que parece tener los días contados. El futbol se asemeja a la vida porque muchas de sus recompensas y muchos de sus calvarios resultan inesperados. De pronto, en la misteriosa vida cotidiana, ganas la lotería o te descubren un cálculo en el riñón. Eso no depende de tu conducta moral y sin embargo cifra tu destino. Lo mismo sucede cuando el árbitro se equivoca a favor o en contra de tu equipo. Sobre el césped, veintidós jugadores tratan de ser semidioses y solo una persona trata de ser hombre. Es el árbitro, custodio del error humano. Por desgracia, la fifa promueve ahora el videoarbitraje, eliminando las fatales centellas de los juicios arbitrales, que han otorgado interés adicional al juego.
La lengua castellana se ha modificado con el impulso del futbol, incorporando el verbo “chutar” al diccionario. Ciertas expresiones del balompié definen situaciones existenciales. Mencionemos tan solo tres ejemplos, que usamos en circunstancias alejadas de los estadios: “fuera de lugar”, “autogol”, “ponerse la camiseta”. Otras frases hechas dependen de épicos sucesos en la cancha. Gracias al futbol, “la mano de Dios” pasó de la teología a la picardía.
Por último, estamos ante una de las pocas formas de la épica que en un día de gloria puede terminar 0-0. En otros deportes eso equivaldría a un performance de la nada. En el futbol, un gran partido puede terminar no solo sin ganador sino sin goles. Ningún otro deporte, y acaso ninguna otra actividad, admite esta forma no cuantificable de la gloria.
Escritor y periodista. Su libro más reciente es El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México.
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