
Este relato nos recuerda cómo los objetos más mundanos y cotidianos pueden volverse especiales tras ser tocados por una persona importante en nuestras vidas. Y cómo, ante la ausencia de esa persona, dichos objetos pueden empezar contener vida y emociones.
Han pasado más de dos años y aún recuerdo tu voz como si acabáramos de hablar por teléfono. Y también recuerdo tu risa, tu encantadora risa de chiflada, de poseída, de sirena mitológica.
Han pasado más de dos años y todavía, cuando me descuido, se me vienen encima algunos objetos del departamento que habitaste conmigo: la esponja con que me baño a diario y que ya no sirve, por ejemplo, aquella que compré junto con una idéntica para ti; la taza que tiene impreso el dibujo de un vampiro al que bautizaste como “Sangre” y donde bebías café soluble en las mañanas; tus lentes oscuros, los que tanto amabas y que yo, con avaricia, fingí olvidar cuando te regresé todas las cosas que habías dejado. Aquí están ellos aún, todavía; observándome con sus ojos inexistentes, recostados junto a mi cama en el buró, compartiendo espacio junto a aquel envase horrible de helado que compramos en Six Flags y que debí haber tirado hace mucho tiempo.
Podría haber más cosas tuyas a la vista, pero en algún momento decidí alejarlas, esconderlas, enterrarlas como un tesoro. Tus calzones negros y tu labial MAC de un rojo tan particular, el mismo que solo usaste una vez; la pijama de Linterna Verde que –si bien es mía–, solías ponerte cuando hacía frío y se te veía tan sexy, tan entrañable, tan chistosa.
Han pasado más de dos años y lo he pensado una y mil veces, y aún no atino a entender cómo es que objetos inanimados, tan carentes de significado y tan ordinarios, terminan por ser así de importantes y terribles, que hasta parecen cobrar vida y cobrar una deuda que yo desconocía tener. A veces pienso que quizá ni te acuerdas de ellos, que ni siquiera los necesitas (¿cuántos calzones negros de algodón, sin encaje, guarda una mujer en su cajón?), y siento con tristeza que pertenecen a las poquísimas cosas materiales que quedan de lo nuestro.
Hace mucho, mucho tiempo, hice un reportaje sobre el Mercado de Sonora. Entonces fingí tener mal de amores con un brujo, y le hablé de una mujer que no existía y le pedí que me ayudara a hacerla regresar a mi vida mediante un hechizo. El charlatán (porque era un charlatán, ahí en esos lugares horrendos no hay magia), me recomendó hacer un fetiche, un pequeño muñequito cuyo relleno debía ser tierra de panteón y cuyo cuerpo debía ser confeccionado con la tela de una prenda íntima de esa mujer imaginaria. Yo entonces no imaginaba siquiera que te conocería y que viviríamos lo que vivimos. Yo entonces no imaginaba que algún día me encontraría esos pequeños calzones agazapados en el cajón de mi ropa interior, con la alegría de quien juega a las escondidas y descubre el escondite de un amigo, ni que terminaría por doblar cariñosamente para depositarlos en donde debían estar: en su lugar, en el cajón que era tuyo y que solo ocuparon ellos en estos casi dos años.
Yo entonces, cuando hice ese reportaje, no imaginaba que en algún momento cruzaría por mi mente la pregunta de si ese tipo de brujerías que llaman amarres ofrecen algún resultado y si valía la pena intentarlo. Y tampoco imaginaba que casi enseguida desecharía esa idea por completo, porque soy un hombre escéptico.
Porque no estoy loco.
Porque, aunque esas cosas fueran posibles y efectivas, nunca haría nada por amarrar a nadie. Y menos a ti.
Porque te quise mucho.
Porque te quiero aún.
Porque lo nuestro fue hermoso y porque volver a la vida un amor ya muerto con magia negra sería como darle vida a un monstruo o a un zombi.
Cuando estábamos juntos la gente solía decir –tú y yo incluidos– que algo muy fuerte nos unía, que éramos tal para cual, que nuestras almas eran gemelas y estaban bordadas con un hilo invisible.
Han pasado más de dos años y ahora pienso que no era así, que no teníamos tanto en común como creíamos, que el entusiasmo del amor nos hacía creer eso y que lo cierto es que éramos (somos) muy distintos.
Han pasado más de dos años y constantemente me pregunto, qué fue lo que nos unió, por qué estuvimos juntos, como atados.
Han pasado más de dos años y la respuesta es siempre la misma:
Porque queríamos.
Han pasado más de dos años y aún recuerdo tu voz como si acabáramos de hablar por teléfono. Y también recuerdo tu risa, tu encantadora risa de chiflada, de poseída, de sirena mitológica.
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