El corazón de la alcachofa

El corazón de la alcachofa

15/12/2019
Por Juan Manuel Cárdenas
Fotografía de Marco Antonio Munguía

Al principio pensé que andaba buscando el olvido, pero me di cuenta que en realidad te andaba buscando a ti. Caminé por las calles y los barrios, me desanimé en el Periférico y los ejes viales imaginando una vida mejor en esta ciudad que no te conoce. Quise pensar una historia posible para nosotros y no estar ocultos en nuestro reino secreto. Ahora vine a dar aquí a la orilla de la carretera. Estoy almorzando un menú recuperado del pasado esclarecido. Pero estoy en Coyoacán, sentado en una banca del Jardín Hidalgo escribiendo cartas para el futuro. Pero estoy en la Roma, caminando perdido entre obsesivos monólogos. Pero estoy en Chapultepec en el paseo, tratando de convencer a los poetas de que me digan dónde diablos andas. Pero estoy en un parque de la Juárez, insomne. Ando aquí, allá, en todas partes, como en una vieja canción que oí en un acetato de mi infancia, y por fin me voy acercando a la verdad. Entiendo cómo toda esa ansiedad que pisa mi sombra  al caminar no es otra cosa que hambre. Hambre de ti, por ti, para ti. Un vacío que provoca zozobra. Tan tranquilo que estaba, ¡y tuve que hacerle caso al maldito corazón de poeta romántico de porquería! Y es que los días contigo eran la invención de nosotros a contracorriente, y era tan excitante. Descubrí que mi corazón era un cáliz sin redención para los demás, hallándose sentido en mi deseo de ti. El brillo de tu piel me devolvió el resplandor de huertos perdidos sin remedio y el dulce sabor de frutos ya olvidados. En ti los sentidos regresaron a mí, de andar perdidos en la confusión y los placeres falsos.

Éramos tan extraños cuando nos conocimos. En el comienzo fue la mirada, que te encontró al verte pasar como la que vuela, por todos lados y como hablando con todo el cuerpo. Vestías de rojo y pensé en manzanas. Creo que te diste cuenta cómo te miraba y poco a poco el azar nos fue acercando. Y todo por el hambre. Una tarde fui a buscar algo para comer pues ya era tarde y por el trabajo no había tenido tiempo de nada. En realidad yo quería comida china. Pero te vi en la fonda donde trabajabas. Me llamaste con tu sonrisa  y los gestos que usabas para hablar, pues descubrí que no tenías voz. Ya me habían dicho que eras sordomuda. No me importaba. Me parecía fascinante, aunque un poco trágico.

No podrías escuchar mi voz. Así que te pedí que me llevaras comida a mi trabajo. Era el pretexto ideal. Podíamos vernos un rato entre nuestras ocupadas vidas. Como las mañanas eran más tranquilas, pensé que era mejor  pedir desayuno, para vernos todos los días.

Me encantaba tu suavidad y el olor de tu piel.  Y la comida que cada mañana me llevabas era deliciosa. Nos fuimos quedando un poco solos entre el desorden alrededor de nosotros; así construimos una intimidad irremediable.  Me encantaba ir llegando al centro de tu apasionada vida, digamos quitando pétalo por pétalo para llegar a tu corazón.

….recuerdas aquel cuarto de azotea en la calle Péten, en Narvarte y tu infancia. Los días con la señora Ana María, tu abuela materna. Como no tenía muchas palabras para darte, siempre tan seria pero cariñosa contigo por ser el primer nieto, su forma de consentir era preparando platillos maravillosos. Y lo que más fijo se quedó en ti fueron aquellas alcachofas que traían del mercado Independencia, en aquellas tardes de visita con la tía Lola. Después de lavarlas, las empanizaba con pan molido y especias, para luego freírlas en un poco de aceite de cártamo. Te resultaba fascinante ir desprendiendo cada hoja para comer la pulpa hasta llegar al corazón, que era la parte más suculenta: era un placer casi inexpresable. Lo malo es que de su intensidad, luego te quedaba un vacío que no te gustaba…

Una tarde, pensando en aquello del cántaro, el agua y en nuestra sed que iba creciendo con cada roce, salimos a buscar ese crepúsculo para inventar el amor que tanto deseábamos. Salimos juntos y caminamos tomados de la mano hasta llegar a casa. En la penumbra de mi cuarto hablamos con las manos (¿de qué otra manera podría decirte cuánto quería devorarte?). Buscando el brillo suave de tu piel, iba quitando cada prenda, como en un ritual que recordaba otros instantes. La boca sin palabras se dedicaba a saberte, mientras el olor frutal se iba quedando en mi pensamiento. Tus manos me decían todo eso que tu silencio guardaba y en tus pechos imaginé algo de miel y leche, mientras la oscuridad iba penetrando por la ventana para que la noche nos cubriera y así pensar que todo podría ser un sueño y así no habría principio ni fin; sería un momento fijado en algún rincón, oculto para el olvido. Sentí cómo llegaba al interior más profundo de ti y era como recibir el maná, después de haber andado perdido en el desierto buscando una tierra que no existe. Con el último beso, cerré los ojos y pensé muy seriamente en no despertar jamás. Con la última mordida, en el último bocado, tu boca sin saberlo fue trazando con su personal intensidad la línea para salir del cuento, sin mí. Comencé la balada del adiós. Con tenerte, te fui perdiendo. Ya sin el corazón, todo sería vacío. Vacío de ti dentro de mí. Siempre el final de cada festín iba dejando el sabor ácido de darse cuenta que por intenso que fuera el placer, no dejaba de ser efímero. Comencé a sentir esa orfandad de quedarse sin el amor, después del amor.

A la mañana siguiente fui a buscarte. Pero me dijeron que te habías ido. Tú ya no estabas, pero cuando desperté el hambre aún estaba ahí. En los pasillos vacíos. En la esquina donde ya no estabas. Ya sin el fruto, el edén no tenía sentido. Solo quedó la ciudad y un montón de palabras que ordenar.

Juan Manuel Cárdenas

(Valedor desde 2018).
Escritor, músico y peatón profesional. Pacifista, amante del café y del spaguetti a la bolognesa. Autor del «Diario del gato», publicado en El Jalisciense.

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