Imperio. Ilustración de Barrilete Cósmico
Ilustración de Barrilete Cósmico

Imperio

27/08/2020
Por Rodrigo Márquez Tizano

No hay nada más grande que perseguir nuestros sueños, en especial cuando se relacionan con nuestras aficiones. Así le pasa a nuestro protagonista: un niño amante del futbol que imagina cómo será su vida cuando sea jugador profesional.

Los lunes son los peores días de la semana. Parecen una continuación del domingo, que es el segundo peor día, no de la semana sino del universo. Dios descansó y nos mató de fiaca a todos. Existen solo dos cosas buenas los domingos: 1) juegan los Pumas y 2) Acción. Los domingos a las siete de la noche pasan mi programa favorito de la tele: es un resumen deportivo donde retransmiten las mejores jugadas y los goles más picudos de la jornada. Acción me gusta porque va al grano y no hay que echarse noventa minutos para saber que los Tecos o el Correcaminos acaban empatando a ceros cada ocho días. También pasan los fallos de los árbitros, que además de una buena dieta necesitan lazarillo. Me da risa cuando Ernesto les grita por la tele: “¡córrele, pinche marrano!” o “¡árbitro culero!”, y mamá se enoja porque nos enseña malas palabras. Lo que mamá no sabe es que conozco todas las malas palabras, aunque no las diga. Me las guardo. No está bien decirlas, pero me gusta saber que puedo usarlas cuando yo quiera. Además no son tan malas. Son solo palabras. Lo que más le enoja a mamá es que diga tirititito o versallesco o zambombazo. Saludos al Satélite Morelos. Dice que de tanto imitar al Perro me voy a quedar mongol. A veces solo lo hago para que se enoje.

Cada Acción tiene un número: llevan la cuenta de los programas que emiten. Lo dice el locutor, justo al empezar. El domingo pasado fue el mil setecientos treinta y cuatro. Eso es mucho tiempo. Miss Guille dijo el otro día en clase que cada año tiene 52 domingos, o sea que antes de que naciera, ya existía Acción. A veces pienso que desde que nací no ha ocurrido nada importante. Ni siquiera la Selección ha conseguido pasar de octavos en el Mundial. Ernesto dice que en este país es más fácil encontrar un político honrado que un futbolista decente: a mí me da igual, me conformo con que alguna vez juguemos el quinto partido. Yo no sé cómo Ernesto, que le va al América, puede hablar de honestidad. Mi parte favorita de Acción se llama “El oso de la semana”. Allí eligen la jugada más ridícula o el fallo más torpe y lo emiten una y otra vez, con acercamiento y en cámara lenta. Pobres jugadores: me daría mucha vergüenza volar el balón enfrente de la portería o tropezarme como hacen ellos, y que luego todo el país se ría de ti por televisión. Además a velocidad phantom cualquiera parece retrasado. Imagino cómo sería si en lugar de hacer el ridículo en el patio del colegio, se me ocurriera hacerlo en el Azteca. Cagar un gol sin portero, por ejemplo. Me moriría de pena. Acción me entretiene, lo veo sin falta todos los domingos, pero cuando termina y el locutor repite el número de emisión, promete volver la próxima semana con más goles y más errores, y se encienden las luces en la calle, se me forma un hueco en el estómago y me dan ganas de llorar. Entonces mamá comienza a fastidiarme para que prepare los útiles y me meta al baño: yo me quedo bajo la regadera hasta que se consume el boiler y el agua se pone helada, me quedo mirando los pequeños azulejos, tan opacos, colocados uno tras otro, y entre ellos esa unión de yeso verdoso que crea formas extrañas y a veces consigue arrastrarse hasta la cerámica. Intento limpiar esos huecos con jabón y champú, tallo mis dedos de viejito para ver si el azulejo puede ser blanco de nuevo, pero nada. Esas manchas no se quitan. Los domingos son una mierda. Yo creo que es porque odio los lunes y las noches de domingo son casi lunes: se sienten idénticas.

Los lunes siempre se me olvida llevar la tarea, y como nos obligan a vestir el pantalón hueso y el saco azul marino del uniforme de gala para hacer los honores a la bandera, tengo prohibido jugar futbol en el recreo. Solo los lunes dejo de ser el 2. El entrenador de nuestro equipo es hijo del Gato Marín y dice que los porteros de ahora no atajan nada y que Campos es un payaso y que su papá fue el mejor portero que ha pisado este país. Dice muchas cosas, muy rápido, y a veces no se le entiende nada. También dice que en Argentina cada posición corresponde a un número. Así saben que un 5 juega siempre en la contención y que un 9 es delantero clavado, a fuerza. También dice que 10 solo ha habido uno, y que ese número, por respeto al deporte, deberían retirarlo para siempre. Mamá no entiende que soy un 2 natural como el Emperador, una barredora, el último hombre. Tampoco se entera de que cuando no queda nadie más hay que meter la pierna duro. En la escuela todos me conocen por mis barridas: no me da miedo acabar raspado o con moretones en las espinillas. Hasta los de secundaria saben que no me abro ni contra ellos.

Cuando Ernesto es buena onda —casi nunca— me da consejos sobre cómo enfrentar a los delanteros. Siempre dice que para ser defensa no hay que dejar pasar al jugador por ningún motivo: un balón sin hombre es inofensivo. Puede rodar o salir por banda, incluso acabar en gol, pero al contrario hay que dejarle un recadito en el tobillo, inyectarle miedo antes del siguiente encontronazo. Hacerlo dudar. Porque un delantero que piensa dos veces antes de tirar no sirve. Eso dice Ernesto. A mamá le da igual, porque cada que llego a casa con los pantalones rotos se pone como loca y a veces me pega esos bofetones que me duermen la cara, o me deja sin arroz con leche para la cena. Mamá hace un arroz con leche estupendo. Cada diciembre prepara cubetas de arroz con leche y canela que vendemos de casa en casa con los vecinos o en la escuela, afuera de la asociación de padres de familia. A mí me da un poco de vergüenza ir por la calle cargando botes con arroz con leche, pero no me queda de otra. Ella trabaja mucho, todo el día. Trabaja tanto que siempre está cansada y en cuanto se sienta un momento los párpados se le cierran. Ya nunca sale después de llegar de la peluquería: ni siquiera a dar una vuelta al parque, o a visitar a la abuela y a mis primos, o a la paletería por una nieve de guanábana. Todo es trabajo. Dice que algún día sabremos lo que significa sacrificarse por los demás, que esta vida es dura. Olvida que juego de central: sé qué tan dura puede llegar a ser la vida. Yo la quiero, hasta cuando se pone histérica y me pega una de aquellas. Los ojos se le transforman hasta casi ser otra persona: una persona desconocida. O un animal. Dura unos segundos apenas pero da mucho miedo. Después se calma y me pide que la perdone. Se pone a chillar muy bajito, como si estuviera rezando y entonces me abraza y siento su pecho agitado junto a mi cara: luego se desinfla hasta quedarse dormida y me deja ir.

Cuando sea un futbolista famoso y tenga una novia guapa que salga en las novelas, cuando el Perro Bermúdez me haya puesto ya un apodo de campeón como Kaiser, Cuchillo o Picas, lo primero que haré será comprar una casa en Acapulco con alberca y playa privada. Luego me llevaré a mamá y a mi hermanita lejos de Ernesto. Cuando le cuento mis planes, mamá se ríe y me acaricia la cabeza como si fuera un
perro. Dice que algún día sabré lo que cuestan las cosas. Siempre es lo mismo. Espero que algún día ella sepa cuánto gana Claudio Suárez por temporada y me deje en paz, pero hasta entonces, los lunes trato de no desobedecerla y solo juego al espiro, o me quedo sentado en las gradas comiendo cazares y pulparindos junto al Gordo, que siempre lleva dinero para comprar chunches en la cooperativa. Como nunca falta el lacra que quiere gorrearle su almuerzo, el Gordo le escupe a todo lo que compra. Conmigo se chinga, porque es mi mejor amigo y su baba no me da asco. El Gordo es mi pareja en la defensa de la selección del Colegio México, aunque secretamente sueña con ser delantero. Dice que los defensas son todos unos pendejos y su ídolo es Zague, la estrella del América: un cazagoles torpe y sin el menor chiste. De todas formas, al Gordo no le queda de otra: o juega de central o calienta banca, porque arriba tenemos al Chispa, que no se va sin meter dos o más goles por juego. Es un fuera de serie. El Hijo del Gato lo tiene de titular indiscutible y también lo hizo capitán. Cuando a Chispa le cae una cerca del área, uno puede estar casi seguro que la pelota va a acabar entre las redes. El otro día, antes del entrenamiento, se le acercaron unos señores que según venían de las fuerzas básicas del Azul. Lo invitaron a probarse. Todos intentaron lucirse, pero el Chispa es único, un jugadorazo de esos que parecen llevar el balón cosido al empeine. Hasta me hizo un túnel en una jugada donde me tocó la marca. Con otro cualquiera me hubiera ardido, pero es imposible enojarse con el Chispa. Estoy seguro de que va a ser profesional, pero él no quiere comprarse una casa: va a tener cinco. También, dice, va a comprarse un coche último modelo, convertible y, sobre todo, que sea rojo. Va a ser el de los viernes. Chispa lo tiene claro. Dice que va a tener un coche distinto para cada día de la semana, menos para el domingo: ahí va a concentrarse con el equipo en La Noria y luego a viajar en el autobús oficial. Él también odia los domingos, pero ha de ser distinto cuando juegas en primera y ganas una millonada: ahí los domingos se convierten en viernes. Su mamá me cae muy bien. Siempre lleva sándwiches para los niños del equipo. Cada partido lleva una bolsa repleta: unos son de cajeta, otros de queso de puerco. Vienen envueltos en servilletas casi transparentes. A mí los que me gustan son los de cajeta con mantequilla. El Gordo detesta al Chispa y se burla de él
a sus espaldas porque no tiene papá y usa unos tacos gastados marca Conccordd, pero yo sé que lo hace por pura envidia. Dice que los sándwiches de queso de
puerco solo los comen los nacos y los jodidos. Yo tampoco tengo papá pero nadie sabe, ni siquiera el Gordo. Cuando era chiquito me decían que Ernesto era mi papá, pero ahora sé que no. Casi siempre lo detesto, sobre todo los domingos, porque si pierde el América se pone de malas y hace chillar a mamá. A Ernesto el enojo le dura toda la semana, hasta el próximo juego. Es una lata. Además el América casi siempre pierde.

En la escuela todos creen que soy hijo de Ernesto, aunque nunca vaya a mis partidos ni acompañe a mamá a las juntas de padres de familia. A veces invento que Ernesto me lleva los domingos a C.U. a ver a los Pumas porque el papá del Gordo tiene un palco en el Estadio Azteca y cada lunes, después de cantar el himno marista, escuchar el tamborileo de la banda de guerra y marcar las distancias por tiempos, el Gordo nos cuenta historias de los jugadores y presume que le firman balones cuando se le antoja. Ernesto no va al estadio ni conoce jugadores: les grita desde el sillón de la sala. Su jugador favorito también es Zague: no entiendo cómo llegó a profesional un tronco así. Debe ser porque su papá también fue jugador.

Durante los partidos del América, tenemos prohibido hablar. Mamá se limita a prepararle sus cubas a Ernesto y a rezar para que al América no se le ocurra perder. Él pasa los noventa minutos hincado frente al televisor. Yo odio al América más que a ninguna otra cosa en el mundo, pero tampoco digo nada. Los miro fallar en silencio. Hasta festejo sus raras victorias. No tengo prisa. Algún día llegaré a primera división y entonces sí, compraré una casa en Acapulco, con alberca y playa privada. Solo espero que suceda antes de que Zague se retire. Lo he imaginado muchas veces: Acción habrá superado para entonces los dos mil programas. Ernesto estará en un asilo o en la calle: mirará la jugada una y otra vez desde las pantallas encaramadas en el aparador de una tienda departamental o en un televisor diminuto, blanco y negro, distorsionado, al fondo de un cuarto hacinado de viejos. Será alrededor del minuto noventa, quizás durante el alargue, en los linderos del área. Va a intentar enganchar por izquierda, pero yo lo voy a obligar a usar su pierna mala. Ahí es donde lo levanto. La grada enmudecerá solo un momento, como para dejar correr el eco del tronido por el estadio. Entonces, sin esperar siquiera el cartón colorado, alzaré los brazos al cielo y desapareceré en la oscuridad del túnel. Primero solo habrá luz y gritos: un instante después el calor se habrá desvanecido. Y más tarde, bajo el chorro helado, mientras observo los azulejos faltantes en el gran rompecabezas de la regadera, podré reírme solo, a carcajadas.

Rodrigo Márquez Tizano

Escritor y editor, es autor de la novela Yakarta (Sexto Piso, 2016).

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