La leyenda de Ulises el Cometacos

La leyenda de Ulises el Cometacos

04/02/2021
Por Sofía Morfín

En este divertido relato que no podría situarse más que en la mítica Chilangópolis, el gran héroe épico Ulises –“un tipejo que ni barriga presume”– pone todo su empeño en romper el récord cometacos, arriesgando el intestino y despertando la suspicacia de los taqueros más avispados.

Ulises sabe que este momento lo definirá todo: está por darle la primera mordida a su doceavo taco de milanesa. Si logra terminárselo romperá el récord. Nadie lo ha hecho antes, difícilmente alguien lo consiga después. Cuando llegó al puesto 55 minutos antes a pedir el primer taco, miró a Goyo a los ojos y le aseguró que ese día se marcharía sin pagar la cuenta. Un policía que tenía la boca llena casi escupe de la risa explosiva que le causó tal afirmación. 

Conforme avanza en su hazaña, un puñado de comensales se agrupan atraídos por el evento, más atentos a Ulises que a sus propios platos. Él come lento pero seguro, pausa para hacer ejercicios de respiración porque es sabido que el que vomita pierde (en este caso no sólo la dignidad, sino el premio como campeón de consumo). Ya se acerca a la meta, algunos le echan porras a todo pulmón, otros, más prudentes, temen que el barullo le desestabilice el intestino. Es el gallo, quieren verlo triunfar. Todos menos Goyo. 

El último bocado es engañoso y lo retiene por unos segundos en la boca antes de tragar. Se hace silencio un minuto mientras esperan que nada de lo que entró regrese. ¡Éxito! La gente festeja. Goyo inclina la cabeza con admiración. Y Ulises, ¡ay Ulises! Tiene la sonrisa que aparece exclusivamente cuando uno no paga la cuenta. 

Ulises es un muchacho de t-shirt y mezclilla, pelo lacio y gorra patrás, amante enfermizo del universo taquero. Sean de carnitas, de guisado, quesadillas de sesos, rajas o frijol, pastor o alambre, cada uno guarda un lugar especial en su corazón. 

Un día, poco antes del Milagro Milaneso, como llegaría a conocerse, se despertó con una determinación: sería el cabrón que más tacos ha comido en México. Y podría comprobarlo gracias a la política de “si rompes récord, no pagas la cuenta” que se puso de moda en ciertas taquerías de la ciudad. Ahí en un pizarrón o cartulina fosforescente quedaría su nombre para la eternidad. En realidad, para él era un asunto de trascendencia. 

Ahora, era indispensable encontrar la manera de evitar las náuseas. Ulises sabe que los taqueros son pillos. Trabajó un par de meses en Taquiúbole y ahí descubrió que las métricas de las promociones no salen a ojo de buen cubaby ni son fruto de la improvisación, sino respuesta a un estudio profundo del tacófilo y sus capacidades. El Maestro Taquero mide con precisión los mililitros de grasa que un cuerpo puede retener antes del regurgite automático, la máxima resistencia hepática a la tortilla frita y el pH de la salsa, incluida la de guacamole que siempre luce tan inocente.

Así que hizo varias pruebas y cometió varios errores hasta que halló solución: si el Drano desintegra la comida atorada en tuberías, deberá surtir el mismo efecto en el intestino que, a fin de cuentas, es una tubería flexible. ADVERTENCIA: Ulises es nombre de héroe épico y no por casualidad… En serio nadie intente esto en casa. 

Como no podía beber Drano a medio encargo sin levantar sospechas, decidió ocultarlo en una pequeña cápsula en su muela al modo de ciertos espías rusos. Un único trago de agua para pasarse la píldora y… magia. Lo puso en práctica en el puesto de Goyo y se salió con la suya. ¿Qué podría salir mal? Ahora era cosa de darse el tour completo de promocionales por la ciudad, se rumoraba que una taquería de Ecatepec incluso pagaba un dinerito a quien lograra ingerir más de 50 tacos en menos de una hora. 

Por desgracia para nuestro héroe, Goyo quedó muy perturbado. Algo no le cuadraba de ese joven que no tiene el temple de aquellos que piden cuatro de maciza para abrir garganta. Un par de semanas después, a través del grupo de Facebook, supo que no era la única víctima; aparecieron fotos y videos de Ulises deteniendo en alto el Cinturón del Gordinflón o el trofeo Máximo Marrano. El gremio, siempre tan respetado, no podía permitirse ser el hazmerreír de los esquiteros y tamaleros por culpa de un tipejo que ni barriga presume. Era claro: Está. Haciendo. Trampa. Y que engañe a los maestros de la prepa, que esconda los cigarros de su madre, que le robe monedas a su novia, pero que no sea atreva a engatusar a su taquero de confianza. 

No es sorprendente descubrir que cualquier taquero que se respete pertenece al grupo de Facebook nombrado al encubierto “Los niños héroes”. Antaño, los integrantes se reunían en salones secretos para tomar decisiones importantes, lo que resuelve tantas dudas: ¿por qué el pastor siempre va con piña?, ¿por qué los taqueros siempre son caballeros y las quesadilleras damas?, ¿quién inventó el término “con copia” o ese sombrerillo curiosamente idéntico al de los niños héroes? Y nos dejan creer que fuimos nosotros quienes decretamos que el maridaje perfecto es pastor con salsa roja y bistec con verde.  

Por este medio resolvieron destruir a Ulises con tácticas de empachamiento: una hebra de queso Oaxaca adicional, un chile serrano mal partido, un Boing obsequiado con intenciones perversas. Nada surtía efecto. 

Fue Don Juan el que se dio cuenta que el muchacho solía dar un único sorbo de agua. ¡Claro! Esto evita que la comida se hinche en la panza. Quizá quitándole esa debilidad lograrían tirarle el teatrito. 

Quisiera reproducir los pensamientos de Ulises aquella trágica tarde en que comía pausado pero constante bajo el sol chilango, pero la verdad es que cuando está en su momento, sólo le funcionan las papilas gustativas. Ese crujir de cebolla y cilantrito, la textura de la barbacoa combinándose con la ya ensuavecida tortilla, los dedos manchados de salsa con jugo de carne… 

Hizo la única pausa de su dominada rutina. 

–Agua –rugió.

Siempre algún espectador se abalanzaba a proveerlo, pues ya se iba forjando su leyenda. Pero ese día, nadie se inmutó.

–Perdón, se nos acabaron las aguas –contestó Don Juan, fingiendo vergüenza.

Entonces un par de ideas se le aglutinaron de golpe a Ulises. ¡Mierda! Dejó el plato naranja con papel engrasado, miró a la fanaticada reunida a su alrededor y ellos le regresaron la mirada. Vieron su lengua moviéndose dentro de su boca. Su intento desesperado por tragar en seco. La tos y el escupitajo involuntario. 

Y ahí, frente a todos, una pequeña capsula que rápido desintegró el pasto a su alrededor. 

Sobre lo que pasó después sólo puedo decirles: muchaches, nunca intenten engañar a un taquero.

Sofía Morfín

Colaboradora y lectora de Mi Valedor. Le gusta escribir cuentos y analizar cualquier cosa en un Excel.

 

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