Las gallinas

Las gallinas

23/10/2020
Por María Cristina Hall

En un pueblo olvidado de Dios, las mujeres tienen el mando. Sin embargo, ¿qué secretos se pueden esconder detrás de sus paredes? Los hombres que se atrevan a entrar a este pueblo, pagarán caro por su perversidad.

Cuando bajaba el sol los domingos, las mujeres, jóvenes y ancianas, decoraban con plumas a la virgen que resguardaba la entrada del pueblo. Ella era bajita y redonda y estaba perpetuamente embarazada. En Peña Blanca, solo las mujeres acababan el bachillerato, aunque la mayoría se ponía a coser o a criar gallinas. El pueblo era bien conocido por los huevos y, una vez a la semana, Don Heladio pasaba al pueblo a recoger 15 conos de cartón, con 30 huevos cada uno, y se los llevaba a vender a Hidalgo.

Ahí en el pueblo, los cactus crecían altos y siempre había fruta madura decorándoles la corona. La tuna se quedaba ahí arriba hasta caer a la tierra: el corazón rechazado que levanta un suspiro de polvo a su alrededor. Las tunas caían así, pues ya nadie se molestaba por recogerlas. De unos años para acá, no quedaba ni un varón adulto en el pueblo.

No era extraño que cuando a un joven se le empezaran a fornir los hombros, de repente se le empalideciera la cara: dejar a la novia, los nopales y las arenas, el sol de yema, el beso de mamá… En cada cara se adivinaba un lejano desierto, un trayecto que habían intentado, con éxito o sin él, todos los hombres del pueblo, excepto aquellos que habían muerto en la casa blanca a la orilla del pueblo, donde se cuidaba a los enfermos (señoras grandes ya, algún escuincle con varicela, y dos o tres muchachos malhechores que no habrían alcanzado a salir: se abrazaban los intestinos y cuchareaban las rodillas). En aquella casa blanca, como en todas, se criaban gallinas.

El lunes pasado, cuando Heladio había venido a recoger los conos a primera hora, tuvo que esperar. Estuvo en su camioneta, subiendo y bajando. Se pulió los zapatos y se fumó unos cuantos cigarros, hasta que pensó que sería mejor ir a tocar alguna puerta, para ver si alguien le pudiera avisar a Doña Clemen que la chica venía tarde. Ya desesperado de patear la tierra, vio que la niña corría hacia él.

“¡Me quedé dormida! Ahí voy,” dijo Viviana.

En poco tiempo habían intercambiado cuentas y huevos y Don Heladio tiró para Hidalgo, dejándole el pueblo a las muchachas. Desde los años 70, 80, 90, había comenzado el exilio. El pueblo ya era de las mujeres, gobernado y trabajado, aunque cada vez los muros de la frontera con Estados Unidos se vigilaban más y había que buscar caminos más remotos, más peligrosos, por el desierto de Sonora. Altar, aquel lugar que, si bien era una aclamación a dios, también lo era al migrante muerto. Antes, los hombres volvían a visitar y dejaban a alguna mujer preñada antes de irse, pero ahora ya era raro: la ley migratoria penalizaba el cruce. Y los jóvenes ya no podían quedarse. En sus caras blancas lo sabían. Las mujeres, en vez de preocuparse, seguían tejiendo; limpiaban las casitas de gallina y regañaban a los más chicos.

Llegó otro lunes y Heladio, como ya lo había hecho los últimos treinta años, entró a Peña Blanca con el amanecer. Mientras manejaba, pensaba en Viviana: desde chiquita había sido una niña preciosa, de piernas fuertes. Siempre se imaginaba cómo pasarían los años: los pechos que se le irían formando, pequeños como dos geranios tiernos. Para ella, el tiempo era muy grato. Él, en cambio, era de esas personas cuya edad es difícil de adivinar: por la panza rellena y la gorra que siempre llevaba, no se sabía si tenía cuarenta años mal pasados o ya más de cincuenta.

Esta vez traía una novela de vaqueros, pero, aun así, cuando vio que transcurrieron más de quince minutos, se molestó. Como la otra vez, llegó corriendo la chica.

—Ay, perdóneme. Es que fíjese que se nos murió el gallo y anduve preguntando, pero también los de las vecinas hace ya diez días que se enfermaron o se murieron y, bueno, ni cómo acostumbrarse a levantarse sin el canto.

—Nomás no me anden haciendo esperar, mija, que luego en el mercado me ganan. Los huevos nomás se calientan de más porque se pone fuerte el sol y, si se empieza a dar la figura del pollo por el calor, ya me meto yo en problemas. Ni modo que saquen chilaquiles con premio…

Viviana bajó la mirada y empezó a enterrar la punta del pie en la tierra. Enseguida, a Heladio se le torció la cara con una sonrisa y agregó: “Yo luego les traigo un gallo para que no anden con apuros. Nomás denme un adelanto y yo, sin problema, me traigo uno bueno del mercado.

—Ah, muchas gracias. Yo le digo a Doña Clemen lo del gallo y lo del adelanto. Nos vemos el siguiente lunes, si Dios quiere.

—Que Dios te bendiga, bonita.

El siguiente lunes, como siempre, Heladio volvió al pueblo. La muchachita era muy guapa, así que aun sin adelanto, trajo consigo un gallo que obsequiarle, o regatearle. No eran nada baratos, podían llegar a costar hasta dos mil pesos, aunque su cuñado le había dado buen precio. Entró al pueblo y vio que la muchacha ya estaba ahí, esperando.

—¿No me ayuda, don Heladio? Las vecinas trajeron más blanquillos y no los alcanzo a llevar.

—Si me lo dice alguien tan guapa como tú… ¿cómo no? —contestó Don Heladio y la siguió a su casa. Ya le contaría del gallo después de ayudarla, para apantallarla más. Tuvo que andar un poco lento, pues traía el estómago descompuesto desde la noche anterior, seguro por los nervios de entregar el gallo sorpresa.

Ya en la casa, la siguió hasta el patio, pero se sorprendió al ver, a un lado de las cajas de huevo, a toda una parvada de polluelos haciendo escándalo.

—¿Qué ya no había gallos aquí desde hace semanas? —preguntó Don Heladio, al temer que su regalo ya no sería tan preciado. Pensó en lo que le había costado.

—Ah, bueno, ya no supe. Yo igual no he oído. Ya tengo que andar midiendo el sol en la mañana, viera cómo ya no descanso…

Don Heladio sintió un retortijón, como si se le bajaran las entrañas entre la decepción, el nervio y la descompostura.

—Ah, ya… Mija, ¿no me prestarán su baño?

Don Heladio tuvo que quedarse en el pueblo más de lo esperado, con todo y la pena, porque tuvo indigestión toda la tarde. Pasaron las horas y el pobre gallo se sobrecalentó con el sol: andaba ya dando las últimas en la camioneta.

Don Heladio se sintió tan mal que al fin entendió que tendría que quedarse la noche. Le pidió a la muchachita que averiguara dónde podía dormir. Finalmente, ella lo llevó a la casa blanca, con los enfermos.

—Aquí se puede quedar porque hay otros muchachos. En mi casa ya ve que no, porque estamos mi mamá y yo y no podemos andar con hombres. Ella lo respeta, aunque mi papá ya vive en Tejas, así que con nosotras no se puede quedar nadie.

El conductor aceptó esa noche quedarse en el hospital.

Algunas luces empezaban a encenderse en el pueblo mientras bajaba el sol. Un fulgor amarillento iluminó a las paredes, cubriéndolas de su yema resplandeciente. Observó las estanterías de ibuprofeno, paracetamol, amoxicilina, un par de ampolletas de vidrio con líquidos blancos, jarrones de algodones que encandilaban con el atardecer. Miró el cuarto de izquierda a derecha e intentó cerrar los ojos. En este hospital, las paredes siempre estaban bien pintadas: nada de capas cayéndose al suelo, como en los otros pueblos. Sólo había tres cuartos: uno para revisiones y cirugías sencillas, otro grande con unas seis camas de aluminio y otro donde guardaban el equipo. Había también un baño con regadera y silla y, afuera, como en todas las casas del pueblo, una cerca para gallinas. Heladio se recostó en una de las camas, en que apenas sentía que cabía. Andaba tan cansado y adolorido que ya quería quedarse dormido, pero los enfermos del cuarto maullaban mucho. En la casa no había privacidad. Además, sentía que la pintura de la Virgen lo miraba. Casi todas las casas tenían alguna pintura o figura de ella.

Debajo del retrato de la virgen, las mujeres habían ilustrado una tabla. Se organizaba del uno al cinco, con dibujos de embriones en desarrollo, o algo así. A los lados y por debajo, se leía en cursiva: “Gracias, Virgencita, por los saberes que compartimos, que cada noche nos has revelado con la luz de tu silueta”.

Después de unos cuantos minutos de mirar el muro, con la mente divagando, le sorprendió el revoltijo de las gallinas, que a estas horas deberían estar dormidas. Cerró los ojos e intentó respirar hondo, aunque le irritaba el intestino. Se quedó mirando al chico de al lado. En el pueblo, no dejaban salir a los jóvenes malhechores: esos tenían que quedarse en el hospital, como penitencia. Alguna vez escuchó hablar de un chamaco de quince años que se la pasaba siguiendo a una jovencita. Quizá se llamaba Angélica. Se ve que, un día, cuando ella iba volviendo del granero, el chavo se le forzó. Se ve que ya andaba desesperado de que no le hiciera caso. Estuvo muy mal… Bueno, él a veces se imaginaba qué pasaría si estuviera solo con Viviana, pero mejor no darle vueltas al asunto. Suspiró y dejó que se le cerraran los ojos, ya pesados. Dentro de poco, se quedó dormido.

Esa noche, soñó que se paraba a inspeccionar las gallinas y, furtivamente, sin querer que la paja crujiera bajo el zapato, se le acercó a una: estaba bien dormida. Fue a las cajas de huevos en el pasillo y tomó un cartón de conos. Volvió al cuarto y, a tientas, sacó un cerillo para prender la vela. Si asomaba los huevos a la vela, podría ver si venían con encargo. A la luz de la vela, alcanzaría a notar la mancha oscura del embrión en formación, las arterias rojizas que emanaban de él como una telaraña macabra, el color de rosa cabaret que agarraban los huevos por la sangre, y, hasta abajo, un huequito de aire para que se oxigenara el feto. Pasó un huevo: naranja, normal. Otro: quizá causaría duda, pero no, tampoco venía manchado. Uno más, naranja, y nada, sacudió la cabeza. ¿Por qué se había preocupado? Seguro los polluelos de la muchachita eran del último baile de algún gallo, pero ya no habría más. Por un momento, recordó al gallo que había dejado en la camioneta y se entristeció. Apagó la vela y se volvió a acostar, o quizá nunca se había levantado.

No podía dormir bien y volteó hacia el chico que dormía a un lado. Se veía de unos 16 años. Después de largo rato, abrió los ojos y empalideció. Abrió los ojos más fuerte, como queriendo decirle algo, y dejó salir un gemido agudo, como un rasguño en la pared.

El hombre, sacudido, cerró los ojos. Al levantarse de un retortijón, decidió pararse a buscar el baño, pero se distrajo con el aleteo de las gallinas, una vez más. Volteó para afuera, donde estaban las aves, y vio ahí a unas mujeres, con aquellas ampolletas blancas que había visto en las estanterías. Con una jeringa, las mujeres extraían una substancia blanca, dejaban un par de gotas correr por el alfiler y se lo inyectaban, por sabrá dios dónde, a las gallinas. Con razón el revoloteo. Quiso reprimir la respiración y hacerse tan oscuro como la hora, pero de pronto sonó un retortijón suyo; hizo un eco tremendo y una de las mujeres se giró hacia la ventana de donde provenía el ruido: lo vio. Abrió los ojos fuerte, fuerte. Entonces, tres mujeres se levantaron y se acercaron a él.

—¿Qué hace despierto, Don Heladio? ¿Qué no ve que ya es muy noche? —susurraron dulcemente, mientras le tomaban los hombros.

—Pero ¿qué hacen con las ampolletas? —contestó Heladio, tratando de esconder su preocupación y el placer que le provocaba estar con ellas, de noche.

—Son vacunas, Don Heladio, —le contestaron, acariciándole el brazo. De pronto sintió que una dejó caer el brazo y le rozó las nalgas. Luego otra le acarició el pecho.

—Esto es de mujeres —le dijeron. Sintió una punzada y vio que una mujer miró a la otra, como queriéndole transmitir algo entre dientes. Le jalaron un brazo, pero después lo acariciaron unas largas uñas femeninas. Se relajó.

—Aquí no debe estar usted. —Lo acostaron en su cama y una de las mujeres se quedó con él para arrullarlo. Don Heladio sucumbió ante un sopor escurridizo y delicioso.

Despertó sudando, ya con el sol en alto, pero pronto se alivió al pensar que anoche solo lo habían acechado unos sueños raros. De hecho, ya se sentía muy bien de la panza. Vio sus botas ahí donde las había dejado al entrar. De la cama seguramente no se habría movido en toda la noche, porque se notaba muy descansado. Siete cajas de huevo lo esperaban a un lado de la camioneta y, aquella caja de huevos que había examinado a contraluz, seguro nunca fue. Debía ser tarde. Ciertamente, no había cantado ningún gallo.

Se levantó con ligereza, motivado para terminar su último pendiente antes de dejar atrás a Peña Blanca. Sintió una adrenalina luminosa correr por sus venas. Se apuraría… Al final de cuentas, estar en un pueblo de puras mujeres podría dejar a cualquiera desprevenido, desubicado.

Buscó a Doña Clemen. Antes de ser elegida como la primera alcaldesa de Peña Blanca, Clemen había sido terrateniente y prestamista. Se encargaba de prácticamente todos los asuntos del pueblo. A Don Heladio ya le habían llegado rumores de los retos: ya no había ni quién diera clases en la secundaria y el gobierno hace mucho que no componía el aparato de video para aquellas clases que ya venían grabadas. Sin nada que hacer, las muchachas andaban en la calle. Ni hablar… De cualquier manera, nunca sobraban manos para cuidar gallinas.

Cuando la encontró, Doña Clemen le preguntó cómo había dormido. Él le aseguró que muy bien y comenzó a recitar lo que ya había practicado en el camino largo hacia el pueblo, el día anterior:

—Doña Clemen, de hecho, yo quería hablar con usted. Yo creo que nos va bien con nuestro trato, ¿no? Yo les vendo y les compro y la verdad es que ya le tengo mucho cariño a este pueblo. Y le tengo que confesar que ando enamorado. Yo sé que ustedes confían en mí y yo en ustedes, pero ya no puedo pensar en otra cosa. Quisiera que usted me deje llevarme a Vivianita. La quiero desde que era una niña y es tan trabajadora… Será mejor que no ande por aquí sin nada que hacer. Es que ella no tiene por qué seguir sin un hombre que la atienda. Y en mi casa todavía están mis hijos, que necesitan a alguien. Mire, ya ve, si usted me ayuda, yo también las ayudo, ¿no? Ahí está el mercado. Écheme la mano, Doña Clemen…

—¿Y ya hablaste con Vivana? —lo interrumpió Clemen.

—¿Cómo cree, seño? Si se trata de que usted le cuente lo importante que es para el pueblo que ella se venga conmigo. Yo le había traído un gallo de regalo…

—Aquí no necesitamos gallos.

—¿Cómo no? Si aquí viven de las gallinas. ¡Necesitan un gallo que las pise!

Clemen le respondió con una mirada fija.

—Déjame pensarlo. A ver si a la otra semana te puedo decir algo.

Don Heladio asintió y le extendió la mano a doña Clemen. Después se dio la vuelta para ya salir del maldito pueblo. Llegó a la camioneta y vio al gallo entre los asientos, completamente tieso. Lo bueno que sólo había pasado una noche. Todavía no apestaba. Ya lo aventaría por la carretera.

Una mujer, con pocos meses de embarazada, lo alcanzó antes de irse y le dio 60 pesos para el trayecto: ya él le entregaría las ganancias del huevo.

—¿Y de qué pueblo es el padre? —preguntó don Heladio, si no había visto por ahí a ningún hombre en todo el año. La mujer volteó a la casa, apurada, y tras un gesto, se fue sin contestar. Se imaginó así a Vivianita.

Don Heladio, con sus cosas, los cartones y el gallo muerto, se fue por su camino. A su izquierda vio a la estatua de la Virgen, con todas las plumitas y flores que le dejaban. A lo lejos, Doña Clemen se persignó y lo siguió con la mirada, hasta que lo perdió de vista.

Ya pasando Aculco, Don Heladio volvió a notar un fuerte dolor en el abdomen que le pasaba por el intestino. Decidió pasar al baño de la gasolinera. Dejó los huevos en la troca, a un lado del gallo muerto, entregó sus cinco pesos y se sentó en el escusado. Ya le urgía vaciar la vejiga, pero le sorprendió una sensación rara, como una falta de gravedad. Cuando se palpó el pene con la mano, le pareció más ligero. Se siguió buscando el peso, pero no aparecían. Ya con la respiración acelerada y las palmas sudadas, se paró de golpe, y vio unos hilos azules que se asomaban.

Pasmado, volteó al espejo sin creer lo que veía: un vientre plano, un pene, y dos incisos en el pubis. No podía ser. Las hijas de su chingadísima madre le habían quitado la virilidad. ¿Por eso ya no necesitaban hombres? ¿Era eso lo que había en las ampollas? Se subiría a la camioneta y volvería a matarlas a todas. O se largaría a la chingada, lo más lejos posible. Mejor que nadie se entere.

Como si de pronto lo poseyera un sueño, se vistió, acelerado, y corrió por los huevos. Tomó un cartón y entonces volvió corriendo al baño. Cubrió el foco con la playera clara que llevaba puesta, para difuminar. Entonces, como loco, uno a uno, comenzó a acercar los huevos para observarlos frente a la luz. Primero hubo uno naranja. Tras comprobarlo, lo hizo añicos en el lavabo. Luego hubo otro naranja. Al azotarlo contra la porcelana con toda su fuerza, la clara le lamió toda la mano. Cada que sacaba uno naranja, lo azotaba ahí, donde se formaba una viscosidad de claras y yemas, cual vomitada de carretera en que se asomaban los añicos de las cáscaras. Finalmente, salió un huevo morado y se vislumbró la peor raíz lívida, el rojo que emanaba de un violento sol, un pollo en formación. Las gallinas, sin gallo, también podían llevar encargo.

Enrabiado y como aturdido, Don Heladio volvió a arrancarse el pantalón y lo aventó encima del escusado. Le zumbaban los oídos y los azulejos se sacudían. Se plantó frente al espejo, que rechinaba contra la pared, y tomó los hilos azules: jaló uno, luego el otro. Sintió un dolor punzante mientras veía cómo se entreabrían las heridas. Empezó a picotear la apertura con los dedos. Casi se desmaya. Sintió el calor tierno, con textura, con carne. Tomó la playera y la mordió fuerte para terminar de abrirse las heridas. Sus gruñidos de llanto y furia se escuchaban desde afuera. Cuando terminó de abrirse el pubis, tomó un huevo y lo insertó en la herida, del lado izquierdo. Después tomó otro y lo forzó en el lado derecho, aunque esta vez se estrelló el huevo: se hizo añicos en su carne.

En una aldea lejana, donde cada mañana la neblina hace diamantes en el césped, hay una comunidad de mujeres fieles a la Virgen María de Peña Blanca. Una noche triste, como todas, las mujeres del pueblo se vieron iluminadas por un extraño sueño. Una luz blanca invadió el reverso de sus párpados, que después se cristalizó en la silueta de la Virgen. Ahí, donde estaba la figura, aparecieron dos huevos, un vial y una cama de hospital. Cada noche desde entonces, cuando la luna colgaba en el cielo, la virgen revelaba una pista. Una víspera después de muchas, en el sueño surgieron polluelos. Otra noche, los huevos se volvieron cafés, con una piel suave y tersa; les salieron vellos y, de la figura ovalada, comenzaron a formarse niños. Ya listas para emprender la tarea que la Virgen les había encomendado, las mujeres juntaron variedad suficiente de semillas. Plantaron algunas y guardaron las demás; levantaron un muro y cubrieron el camino que llegaba hasta ahí. Todavía, en noches de fiesta, a lo lejos se oye cómo las mujeres levantan el canto y quizá, con algo de suerte, se alcanza a ver una pluma que toma vuelo para cruzar el muro y caer en el olvido.

María Cristina Hall

Poeta mexicoamericana, traductora del catalán y doctorante en ciencias políticas y sociales en la UNAM.

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