Un ecuatoriano y un mexicano entran a un bar

Un ecuatoriano y un mexicano entran a un bar

20/02/2021
Por Roberto González Elizalde

Este relato salpicado de sismos y cervezas nos deja ver las simplezas y complejidades de las relaciones, no solo de amor sino de amistad: ¿qué es de aquellas personas que impactan nuestra vida y luego ya no están?

A inicios de 2018 yo estaba decidido a hacerme de una carrera académica. Recién concluía una maestría, así que el paso natural y consecuente para mí era el de ingresar a un programa de doctorado. Dos años atrás me había mudado a CDMX y vivía por Copilco, muy cerca de un Superama que pronto se convirtió en una de esas torres departamentales que comenzaron a pulular por la zona (aunque esa construcción fue detenida —inéditamente— por protesta popular). Rentaba una habitación en una casa de un matrimonio afable y hospitalario cuya hija adolescente me miraba con la venenosa suspicacia propia de esa edad. Durante el tiempo en el que elaboraba mi proyecto de investigación y tomaba algunas clases, llegó un nuevo roomie. Se trataba de un cuarentón que estaba por concluir su doctorado en Urbanismo. De inicio no congeniamos mucho, ambos pasábamos la mayor parte del día empeñados en el cultivo de nuestra vida de academia en el perímetro, no de unos cubículos, sino de unos cuartos de azotea. Las mayores noticias de él me llegaban cuando se conectaba muy temprano para dar clase en línea a sus alumnos extranjeros y los rumores de su voz llegaban a mi cuarto; o los domingos por la mañana, cuando se escuchaba música de los Doors o de Amy Winehouse a un volumen demencial (eso sí, la selección musical era impecable). Su presencia también se hacía notoria por los hombres que, de cuando en cuando, aparecían en nuestra área común fumándose un cigarro para después entrar sigilosos al cuarto de Jaime.

Cierto día sonó la alerta sísmica. Salimos de inmediato. Sólo habían transcurrido algunos meses del horrible temblor de septiembre y todos nos sentíamos susceptibles. Ambos coincidimos en que con sólo estar en el exterior de nuestras habitaciones era suficiente precaución. Como no era mucho lo que se podía hacer mientras esperábamos con azoro que se dejara sentir el siniestro, nos pusimos a platicar. Él sacó una pipa muy pequeña y empezó a fumar yerba y me ofreció, pero no andaba con ánimos y sólo le agradecí. Supe entonces que venía del municipio de Loja, Ecuador; que en cuanto concluyera su posgrado regresaría ya que allá estaba su novio, quien se devolvió a tierra sudamericana tras el pasado sismo. “Le dio mucho pánico; qué le puedo hacer”. Le pregunté que si no lo extrañaba, me dijo que sí. “Pero bueno, siempre salen tires”, añadió. “¿Un tire?”, pregunté. “Sí, es decir, algo casual, ¿sí cachas?”. “Ahh, una cogida”, dije. “Exacto. Así que si de repente ves muchos hombres por aquí, ya sabrás a qué se debe”. Un tire; qué buena expresión. Argumentó que esos encuentros casuales no representaban nada para él salvo una forma de pasar el rato. “Y es que, Robertiño, tu disculparás, pero yo soy reputo”. Le contesté que no había nada que disculpar y seguimos hablando hasta que sentimos las oscilaciones del suelo. Yo me prendí de uno de los muros; él fumaba con una serenidad imperturbable.

Jaime y yo nos hicimos buenos amigos. Compartíamos un semejante espíritu ñoño y le hablaba de algunas de las lecturas que hacía. Me orientó en ciertos aspectos de mi ambición académica. En ocasiones comíamos juntos. Recuerdo una comida corrida muy austera en la unidad Copilco-Universidad donde servían una horrenda agua de tamarindo, pero allí me contó más sobre su infancia en Loja, de lo orgulloso que se sentía de su padre quién, junto a otros trabajadores del transporte público, lograron integrar un sindicato. Me habló de su enojo por el triunfo presidencial de Lenin Moreno, quien de zurdo sólo tenía el nombre, ya que una vez en el poder se destapó como un vil reaccionario (basta recordar que su gobierno entregó a Julian Assange). Observaba con atención el desenvolvimiento de las campañas electorales de Colombia (donde igualmente ganaría el ala conservadora) y de México (donde meses después arrasaría Ya-Saben-Quién). Elegante y seguro en sus modos, elocuente y de conversación fácil, Jaime era un tipo atractivo y no pasaba desapercibido. Era muy gracioso ver cómo la hija adolescente del matrimonio que nos alojaba se pasmaba de amor al verlo pasar. Cuando más adelante me cambié de casa, una compañera de clases puso el coche para la mudanza. Jaime me ayudó a colocar maletas así como bolsas con libros en la cajuela. Ya arriba del vehículo, con cierto aturdimiento en su rostro, ella me dijo: “Oye, pero qué guapo es tu amigo”. Creo que me sonrojé de puros celos. En una ocasión, Jaime y yo llegamos a ir al Sonora Grill de Coyoacán. Transmitían un partido de futbol. “Mira Robertiño, todos ellos me parecen guapísimos; me los daría a todos”. Me reía de sus ardores desfachatados y entonces poco me importaba el golpe a mi economía que representaba aquella salida (ganaba pocos dineros asistiendo a algunos profesores y haciendo trabajitos de corrección). Aunque Jaime decía que el asunto de su encanto no era algo de lo que se percatara, yo soy de otra opinión. Una vez, después de ir a una pizzería sobre avenida Universidad, hablábamos de cine, y salió el tema de Buñuel y que si Los olvidados y las miserias de la ciudad y que qué gran película, etc. Le conté que, en un documental, Buñuel afirmaba que lo mejor que le había ocurrido en la vida era haber llegado a la vejez, que una vez agotada la pulsión sexual podía concentrarse más y trabajar mejor. Él musitó algunas cosas. Nos despedimos. Al día siguiente lo noté inquieto. “No dormí anoche, Robertiño, lo que me dijiste de Buñuel me dejó muy preocupado; yo no quiero que se me deje de parar”. “Falta mucho para que eso ocurra, Jaime”, le respondí. “Por eso mejor disfrutar mientras se pueda, ¿verdad?”.

No creo equivocado aseverar que uno hace amigos cuando anda entre los 16 y 21 años, periodo en que se goza, no sólo de fuerzas y anhelos por compartir la vida, sino de tiempo para derrochar en las dulces simplezas con las que se forja el andamiaje de una amistad. Lo que más resentí cuando me mudé —ya mayorcito, estaba por cumplir 30— a la CDMX fue la dificultad de hacer amigos. Si bien tuve roomies con los que compartí el trago y las risas que aliviaron la tensión del recién llegado (cómo olvidar a aquel estudiante de Geología que organizó un concurso de comer chiltepines durante la ociosidad del domingo; o a la estudiante de Odontología a la que le ayudamos a moldear pinchemil muestras dentales para su tarea bajo la promesa de unos tacos de trompo; o a aquella roomie que se nos desapareció a su mamá y a nosotros, no contestaba el celular, nadie sabía nada de ella, y ya era de noche, y cuando íbamos decididos a abaratar al primer sospechoso —su novio—, la vimos llegar muy fresca a la casa y nos explicó que estaba en las islas de CU porque estaba con su tire, y otra de las muchachas se puso a llorar y le reclamó, y es que ni en CDMX, ni en ninguna otra ciudad de este país, una mujer puede ser intrépida), si bien no me hicieron falta los momentos de fraternidad, yo estaba convencido que mis amigos, los reales, estaban en Tampico.

La CDMX no me daba amigos, pero sí otras cosas…y gratis. Pude asistir a lecturas, recitales, presentaciones, algunas memorables como de Jerome Rothenberg, de Laurie Anderson. También fui a muchos conciertos. Por esos días me había ganado unos boletos dobles para asistir a ver a La Santa Cecilia, en el Lunario. Le escribí entusiasmado a una chica —quien, en ese entonces, me mantenía en el estatus de “conociéndonos” — para preguntarle si me quería acompañar. Me bateó. Le escribí a mi compañera de clases e igualmente recibí una negativa. No creo que Jaime quiera, me dije, sólo escucha música en inglés. Le comenté y le agradó la idea, pero más se emocionó cuando le dije dónde sería concierto. “Excelente, Robertiño, así podremos pasear en el metrobús de dos pisos”. Y así sucedió. Jaime me habló de arquitectura y sólo así me percaté del bello edificio de departamentos de Reforma 368 concebido por Mario Pani. El concierto fue excepcional, la banda promocionaba un disco de covers con canciones que los formaron, así que oímos en voz de la Marisoul a José Alfredo Jiménez, a Juan Gabriel, y Jaime casi llora cuando la banda interpretó Nuestro juramento. “Robertiño, esa la cantaba un paisano”, decía mientras bebíamos cerveza y comíamos hot dogs. De salida quiso continuar el cotorreo; yo, aguafiestas nato y además sin dinero, le dije que mejor volviéramos. Cuando llegamos a la estación de Auditorio, Jaime quiso comprobar aquella ¿leyenda urbana? del último vagón del metro. “Te veo en el transbordo; el penúltimo es el de los bugas”. Desde la ventanilla observé que platicaba animosamente con un muchacho. Mi vagón iba vacío.

Una noche me lo encontré a la salida de la Cineteca, había visto la última de Wes Anderson; yo, en plan ilustrado, fui a ver una reposición de Stalker (ajá, la de Tarkovski, porque esa es mi idea de diversión y desestrés de un sábado por la noche). Lo acompañaba una muchacha risueña y lindísima de nombre Laura, de la que pronto supe que venía de Costa Rica, y estudiaba igualmente un doctorado en Urbanismo. Me dijeron que pensaban ir por unas cervezas, que si no los acompañaba, y yo dije que sí porque quería seguir escuchando a Laura. Pasamos por varios sitios, pero casi todos estaban por cerrar. Conozco un lugar, dije yo, orgulloso de conocer aquel minúsculo tramo de la vasta CDMX. Recorrimos la calle Centenario y el bullicio de música y de gente y de olor a churros crecía conforme nos aproximábamos al centro. Llegamos al bar Bizarro. A ambos, chavorrucos rocanroleros, les encantó. De qué hablamos, poco recuerdo, porque ya estaba volado viendo la sonrisa de Laura, quien bebía un frappé de cerveza que yo le había recomendado. De repente Jaime, golpeando la mesa con ambas manos en un gesto exageradamente cómico, exclamó: bueno, esta plática está muy aburrida; hablemos mejor de sexo. En algún momento salió el tema de la higiene. Jaime se declaró un obsesivo de la pulcritud. Yo dije que estaba bien, pero que no había que exagerar. Laura comentó algo así como que antes de un encuentro invariablemente les pedía una ducha a sus amantes. Yo, estúpidamente infatuado, le pregunté:

—Amantes… ¿tienes varias parejas?

Ella se carcajeó con esa risa tan encantadora. Por supuesto, se refería a amantes en general. Que no se atrevía a probar el poliamor. Aún.

Pasaron días. Apliqué a dos programas de doctorado; en ambos fui descartado. Me desanimé. Me cambié de casa porque necesitaba un espacio más económico donde vivir. Jaime estaba por regresar. “Robertiño, si lo tuyo es escribir, dale a eso”. Todavía salimos a comer un par de ocasiones más, pero al final terminé perdiendo el rastro de Jaime. Ese año tan raro resultó más llevadero gracias a su compañía. Cuando en 2019 ocurrieron una serie de disturbios en Ecuador, pensé en escribirle. Pero pasó el tiempo, América Latina continuó su marcha incierta hacia el futuro, y me sentí mal porque los meses se sucedían y yo permanecía sin escribirle. Sin justificar mi desidia (o sí), puedo decir que los vínculos afectivos no tienen por qué ser estables, ni duraderos. Como alguien me dijo alguna vez, en esta ciudad uno hace amigos para platicar. En cambio, en mi ciudad natal, yo tenía amigos para hacer comunidad. Y ambos casos son manifestaciones diferentes y válidas del mismo sentimiento amistoso. Mis amigos de CDMX me regalaron eso. Y pues sí, mi entrañable Jaime, aquí sigo, escribiendo.

Roberto González Elizalde

Escritor y periodista. Autor de la novela breve El oro y la vergüenza (2017), y del libro de cuentos Todo es muy simple (2019).

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