Trayecto. Ilustración de Sofía Fernández Castelló
Ilustración de Sofía Fernández Castelló

Trayecto

21/09/2021
Por Sofía Morfín

De lunes a viernes ella se levanta más o menos a la misma hora, camina por Santa Mónica hasta la estación Nápoles donde toma la línea uno del Metrobús y se baja en Hamburgo, diez paradas después. De ahí recorre Liverpool hasta desviarse en Barcelona, la calle en que se encuentra ese cuchitril de oficina donde ejecuta un trabajo monótono y sin sentido pero que adora porque le permite fantasear. Entonces analiza los micro aconteceres que se repiten con precisión odontológica en su trayecto diario: situaciones que parecen estar a puntito de suceder, pero no terminan de cuajar. 

Un crop top bordado con huequitos que exhiben seductoramente el brasier insiste en situarse en la parte más visible de su closet, rogándole que se lo eche encima, y ella se muere de ganas de hacerlo porque sabe con exactitud qué muchacho no podrá dejar de mirarle el vientre plano y las chichis, pero termina poniéndose una camisa de botones –encaja mejor con el espíritu de su ocupación– y un suéter tan abultado que deja absolutamente todo a la imaginación. Baja cuatro pisos y deja que la pesada puerta del edificio se cierre sola. Camina por el centro de la calle y rodea el socavón en potencia que los vecinos deben haber reportado al menos quince veces. El hueco ha ido creciendo con las lluvias, es un ojo oscuro que separa el concreto suave como oblea húmeda y que ella siente ganas de pisar para retar a alguien, probablemente a sí misma, pero no lo hace porque si se quiebra sepa dios donde acabará, ¿qué habita bajo las calles de esta ciudad? Tendrían que ir a rescatarla en helicóptero, o tal vez se quedaría ahí para siempre; los vecinos le bajarían canastas con comida y ella se uniría a la banda de niños que han caído por coladeras abiertas y que nadie logró sacar…

Aborda el Metrobús con una esperanza elusiva de tomar asiento para no encontrar disponible más que uno o dos lugares para discapacitados. Se plantea fingir un rengueo y sentarse sin levantar la cara, en fin, diez paradas lo ameritan y de pronto cree merecerlo, pero cierta proclividad a la decencia se lo impide. De encontrarse con una persona sin piernas se apenaría tanto que le sería imposible dejarle el lugar y tendría que soportar la humillación de levantarse más tarde con su falso cojear.

Desciende del transporte y, mientras avanza, repite el coro de una canción en su cabeza, cualquier tonadita pegajosa que escuchó de pasada en una cafetería. En la esquina de Liverpool con Versalles pasa frente al garaje de un viejo que se sienta viendo a la calle, casi pisando la banqueta, como si estuviera en un pueblo y no en la colonia Juárez. Siente ganas de pararse a saludarlo, pero se sabe impostada. Además, cuando está por hacerlo, de la azotea de la casa surgen los ladridos neuróticos de un perro que le saca susto porque parece que se le caerá encima del impulso que trae, pero de milagro se detiene a tiempo con sus patas traseras. Ella se imagina que la pequeña bestia resbala y se deposita perfectamente entre sus brazos, y que ella se la devuelve al viejecillo que sonríe con su boca desdentada… Pero nada de esto sucede, porque ella sigue su camino sin sostenerle la mirada al viejo.

El local inmediato es una tortillería que huele cálido. Ella quiere comprar una tortilla para comérsela hecha rollito o para calentarse los cachetes helados por el viento, pero ¿hacer fila nomás para eso? Le da pudor pedir sólo una, se imagina la molestia de la seño o, peor, que la seño se la regale muy amable y ahí sí se muere de vergüenza. 

Ya a punto de entrar a la oficina hace su única pausa del trayecto, porque no perdona su Nescafé en unicel ni la mirada larga que le regala al jovencito que cobra, que se ve es hijo o sobrino o tal vez nieto de la marchanta que además de Nescafés vende tamales y pan dulce. Él le sonríe y ella siente el impulso de abrazarlo, o de pedirle el celular, o de plantarle un beso en el tatuaje de dragón que le rodea el cuello, pero no viene al caso porque ella tiene una licenciatura y casi treinta años mientras el morro debe rondar los veintiuno, usa expansores negros, tiene un tatuaje de dragón en el cuello y unos brazos flacos y fuertes que la ponen nerviosa. Ella sabe que él se llama Johny, pero jamás le dice por su nombre porque no se lo preguntó directamente, así que se ocultan en intercambios formales:

– Oiga, güerita… 

– Dígame, joven…

 

Una mañana despertó pensando en Johny. El crop top le gritó con sus hilos color salmón que dejara de hacerse guaje, así que se lo puso, se miró al espejo y supo que era imprudente salir así incluso a su propia cocina. Para no acobardarse, decidió que olvidaría deliberadamente el suéter, chamarra, gabardina o bufanda que pudiera taparle algo de ese cuerpo que estaba de presumirse. Tuvo que interrumpir su maquillaje al sonar de la alarma, apurarse escalera abajo y seguir enchinándose la pestaña mientras caminaba rumbo al transporte. Este malabar la convirtió en la primera vecina en tropezar con el bache Socavón En Potencia. De milagro el suelo no colapsó, pero sí su pantalón que se rasgó en ambas rodillas. Nadie vino a su rescate… se levantó como pudo para alcanzar el Metrobús quince minutos más tarde de lo habitual, subió cojeando y, sin mirar alrededor, se dejó caer con descaro en el lugar de discapacitados. Ánimo, pensó para sí, y se irguió con dignidad diez paradas después para continuar su camino. Con intención de mejorar su situación energética, se detuvo un instante frente al viejo que se comía un pollo rostizado con las manos sin importar que aún no daban las nueve de la mañana. Apenas pronunció el “bu” que antecede al “en día”, el perro neurótico se dejó caer como bólido sobre ella y no cayó majestuosamente entre sus brazos, sino que le aterrizó en el cuero cabelludo con tal brío que le enmarañó el pelo mientras con sus garras le abría surcos en cráneo y frente. El viejo, lejos de apenarse, los miró placido mientras roía el pollo con una leve sonrisita que sólo podía significar que estaba orgulloso del desempeño de su canino. Cuando logró sacarse al animal de encima, pequeños hilillos de sangre le deslizaban por la cara como a Jesucristo en la coronación de espinas. Ella, furiosa y consciente de que no traía suéter, gabardina o bufanda con qué solucionar el problema, se metió en la fila de la tortillería para pedir, más bien exigir, una única tortilla a precio de gratis para arrancarle una mordida y después hacerla pelota y ponérsela en la frente con el fin de limpiarse un poco. 

En este estado caminó decidida mas no muy elegante hacia el puesto de Nescafés. En ese momento, el muchacho le daba la espalda y platicaba con su tía madre abuela y ella supo que ya nada la detendría. Johny volteó y sus ojos se clavaron en el atuendo que ella planeó con esmero para tal efecto y, lentamente, fue subiendo la mirada hasta encontrarse con ese rostro que veía cada mañana sin falta a la misma hora. Su gesto mutó rápido a uno de sorpresa.

– Pero, güerita, ¿qué le pasó?

– Johny…

Y ella envolvió el dragón entre sus manos. 

Sofía Morfín

Colaboradora y lectora de Mi Valedor. Le gusta escribir cuentos y analizar cualquier cosa en un Excel.

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