
Las memorias nos acompañan, nos abrazan y se tiñen de detalles, en especial cuando alguien muere, como esa noche en que las estrellas parecían envolverlo todo…
El abuelo de Marcela murió ayer. El último sobreviviente de una docena de hermanos que nacieron y crecieron en Capulálpam, en la Sierra Norte. Esta madrugada ella salió en la primera corrida rumbo a Oaxaca. Me hubiera gustado acompañarla pero no pude. Hoy tenemos que instalar las luces para un concierto. Hace mucho que no me sale jale y necesitamos el dinero. Tampoco se pudo llevar a Julián, a pesar de que el niño lloró hasta el cansancio. No era buena idea que hiciera un viaje tan largo, sólo para el entierro de alguien a quien no conoció. Pero le hacía ilusión ver el pueblo del que tanto le habla su madre. Sobre todo de las estrellas.
Sólo una vez pudimos visitarlo juntos. Estaba embarazada. Faltaba un mes para que diera a luz. Fuimos para festejar el cumpleaños noventa del abuelo. Fue la última vez que lo vio. Estuvimos apenas un fin de semana. Llovió casi todo el tiempo. Tanto, que un día antes de partir, dejaron de entrar las camionetas que llevan de vuelta a Oaxaca. Por fortuna, dos de los primos de Marcela, que habían venido de Estados Unidos para celebrar al abuelo, tenían que estar la mañana siguiente en el aeropuerto. Así que alguien se ofreció a llevarlos en una camioneta. Aprovecharíamos el viaje y volveríamos también a Oaxaca. Como aún llovía, hicimos unas capas de plástico. Pero esa noche, de pronto, el cielo al fin se abrió. Y tuve la visión más alucinante que puedo recordar. Las estrellas. Eran millones de ellas, como si todas se hubieran reunido en ese pueblo, en esa noche particular, para iluminar la oscuridad. Por un momento sentí como si estuviera en el espacio. Nos despedimos del abuelo que nos acompañó por una vereda hasta donde abordamos la camioneta. Marcela se lo quedó mirando, ahí parado, cubierto con el plástico. Iluminado por las estrellas.
Julián no podía quedarse solo en casa y lo traje conmigo. La idea de ayudar en el montaje de las luces mermó su malestar por no haber ido con su madre. ¿Y cómo era el abuelo?, me preguntó. Le dije que era un hombre sabio, como todos los viejos. Me pidió que se lo describiera, para poder imaginarlo. Entonces, me quité la chamarra y se la di a Julián, junto con mi celular. Recogí una gran bolsa de plástico y me enfundé en ella. Me paré en el centro del escenario, donde probábamos las luces. Al niño le pareció buena idea tomarme esta foto para enviársela a mamá.
Askari Mateos. Oaxaqueño, autor de Cuarenta Grados (FETA, 2010) y El principio de Pascal (Surplus Ediciones, Nortestación Editorial, 2018). Fundador de Las Tlayudas. Le gusta mucho caminar porque así invoca las epifanías.
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