
Los objetos que vamos acumulando a lo largo de la vida tienen voz, tienen memoria, tienen un peso en nuestras vidas. Isabel Zapata medita en esto y en lo que significan nuestros recuerdos, en especial aquellos guardados en un caja.

Me pesan las cosas que tengo. Más bien, me pesa la posesión de los objetos que acumulo y que van invadiendo los metros cuadrados que puedo llamar míos. Los motivos se remontan a 2007, cuando hubo que desmontar una casa y con ella desmontar la vida que ocupaba la casa, la que compartíamos mamá, las perras y yo. Esos días estuvieron fuera del tiempo o en un tiempo detenido en el patio, en el cochambre de la cocina, en la tierra que dejaban las patitas de las perras cuando volvían del jardín recién llovido…
Las cosas se adueñan de mí, como si el baúl de fotos o la vajilla blanca de la abuela fueran un recordatorio de mi propia mortalidad. Me encuentro el tintero de vidrio grueso en un cajón (no me acordaba que lo tenía) y me pesa lo que significa que esté guardado ahí. Ese tintero está marcado por la enfermedad de los dueños que ha tenido hasta llegar a mí; tiene tumores en los pulmones y en el páncreas. Quiero conservarlo, pero no quiero volver a verlo nunca.
La copia Aguilar de las obras completas de Cervantes de donde mamá me leía por la noches. La foto de cuando cumplí siete años y papá nos llevó a comer al San Ángel Inn, yo con mi vestido blanco y el pelo hasta la cintura, mamá con su saco de pana café disfrazada de profesora, mi hermano Pedro instalado en la adolescencia y atrapado en un blazer azul marino que seguramente detestaba. Pero felices. Seguramente mis padres habían bebido y entrado en esa dicha. Nosotros tuvimos permiso de comer una isla flotante y corríamos por los jardines, hacia la fuente, a buscar a los gatos. ¿Fue realmente un buen día? Lo fue en ese simulacro de papel y luz.
¿No es extraño que las cosas sobrevivan a sus dueños? Yo no debería tener diarios ajenos, vajillas de hogares que han desaparecido, fotografías de tiempos anteriores a mí que alguien recortó siguiendo el capricho de su propio recuerdo (recortar fotos para moldear la memoria es tradición familiar: mamá dejo cientos de fotos descabezadas).
Antes de morirme, voy a quemar mi casa.
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