
Jazmina Barrera nos habla sobre los dioramas, no solo en el arte, sino en la propia vida: esos momentos en que atisbamos el universo privado de alguien más a través de una ventana…
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Louis Daguerre, el creador del daguerrotipo, inventó poco tiempo antes los dioramas: escenarios que, al igual que la fotografía, dependían de efectos de profundidad y transparencias, y también de un efecto similar al de la cámara oscura. Los dioramas de Daguerre eran algo así como pinturas en tercera dimensión, que traían a la vida catedrales o paisajes por igual.
A principios del siglo XIX, Carl Akeley recuperó la técnica de Daguerre y utilizó los dioramas para escenificar distintos ecosistemas naturales en el Museo de Historia Natural de Nueva York. En una época en la que no había televisión y los viajes eran difíciles y caros, los dioramas permitían al público experimentar un momento de la vida en el desierto, la selva o la sabana.
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Los dioramas son ventanas. En ellos el marco debe ser más pequeño que la pared de fondo para crear la sensación de que detrás hay un paisaje infinito. Los dioramas son ventanas abiertas a un instante.
En el Museo de Historia Natural de la Ciudad de México hay un diorama titulado Desierto de noche. En él, los animales nocturnos del desierto, el cacomixtle y el zorrillo, buscan comida en la arena, y un búho bate las alas sobre la punta de un nopal, bajo el cielo estrellado y sin nubes.
En la fotografía titulada Turnos nocturnos se alcanza a ver, a través de una ventana, a un hombre en una oficina frente a una computadora. En el departamento de abajo un hombre y una mujer pedalean y escuchan las indicaciones del instructor de spinning. El reloj en la pared del salón marca las 7:34. Debe ser invierno, porque no es tarde pero ya está oscuro.
La ciudad de noche es un ecosistema muy diferente a la ciudad de día, tan distintos uno del otro como el desierto de noche y el desierto de día. Los animales en la noche, los humanos en la noche, tienen otros hábitos.
La fotografía no deja claro si el hombre frente a la computadora está trabajando, si está viendo pornografía, si está en Facebook o escribiéndole una carta larga a un amigo que no ha visto en mucho tiempo. El diorama no permite saber si el búho está arrancando el vuelo o aterrizando sobre el nopal.
No queda más que especular qué sucede detrás de los marcos: del diorama, de la fotografía, de las ventanas. Todo son conjeturas sobre el tiempo de antes y después. Esta es la única manera de ver a los otros animales (humanos o no), de tener acceso a sus costumbres y sus vidas: a través de una ventana, sólo por ciertos instantes. Puede resultar frustrante no saber, estar siempre detrás de algún marco, pero esta perspectiva, imposible de evadir, tiene al menos una ventaja: las ganas (cuando no la necesidad) de imaginarlo.

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