
Bárbara Pérez nos cuenta que la naturaleza no sigue nuestras reglas y nosotros no sabemos vivir sin ellas. Esa sensación ilusoria de orden da sentido a nuestra vida, hasta que algo viene y lo desbarata de nuevo…

Las cosas no tienen sentido hasta que alguien las usa para inventar uno.
Hay que cortar las hojas y las ramas que no dejan de crecer y, como no dejan de crecer, no hay que dejar de cortar. Así, con perseverancia, podemos controlar la forma. Pero un día, tarde o temprano, las raíces rompen el pavimento.
El descanso guarda el peligro de regresar al impulso absurdo de la naturaleza, que no sabe lo que hace cuando lo hace, que no sabe por qué crece hacia donde crece, que no sigue nuestras reglas bien pensadas sino las suyas irracionales, y que es absurdo llamar reglas.
No juega nuestros juegos sino los suyos, que es absurdo llamar juegos porque no tienen reglas ni sentido. Y nos enfurecen, porque sin reglas no nos queda nada más que nosotros mismos.
Queremos moldear el impulso para que se adapte mejor a las fantasías de la mente. Así intentamos calmar el pavor frente a nuestro propio sinsentido. Porque nuestras reglas también son arbitrarias y salvajes, pero las podamos de tal forma que parecen lógicas, redondas y uniformes.
Algunos de nuestros juegos duran más que otros y mantienen por más tiempo la ilusión de contención. Pero los juegos se terminan y con ellos las reglas y con ellas el sentido. Y en lo que comienza uno nuevo y nos encontramos frente a un campo vacío que ya solo es espacio, tenemos que afrontar la falta de significado.
Pero el vacío guarda la promesa de la resignificación; la excepción confirma la regla y el sinsentido revela el sentido.
Mientras tanto, las hojas no dejan de crecer.
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